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El Prat y el 'procés'

Controles de seguridad del aeropuerto del Prat

Mentiras de bajos vuelos

Emma Riverola

Interpretar toda la realidad a través de un prisma único y reduccionista escamotea la fuerza de otras luchas

Eulen presentó la oferta económica más ventajosa para Aena y ganó el concurso de la seguridad del aeropuerto de El Prat. Felicidades a los directivos que se hicieron con la licitación. Mala suerte para los trabajadores, que pasaron a sufrir unas condiciones más precarias y sueldos menores para los nuevos contratados. 900 euros al mes y la responsabilidad de proteger la seguridad de los pasajeros, también de la amenaza terrorista. Eulen gestiona la seguridad de más de dos docenas de aeropuertos. Entre ellos, los de Lleida-Alguaire y Andorra-La Seu d’Urgell, que dependen de la Generalitat. De hecho, el exdirector del primero denunció el pasado enero pagos irregulares de Aeroports de Catalunya a Eulen.

Ganar concursos a base de asfixiar a los trabajadores no es una práctica exclusiva de Eulen. Tampoco es un fenómeno acotado al ámbito público. Entre las muchas herencias de la crisis queda el abuso de los fuertes (llámense grandes empresas) hacia los débiles (llámense trabajadores, llámense pequeñas y medianas empresas). Así, mientras unos han recuperado o aumentado los beneficios de los buenos tiempos, otros siguen con sus sueldos menguados e instalados en la precariedad.

Podemos discutir el oportunismo de una huelga que ha perjudicado a miles de personas, pero no la justicia de la reclamación. La voracidad de ciertas prácticas empresariales aumenta al mismo tiempo que la herida de la desigualdad se torna más profunda.

Que los cocineros del procés hayan jugado a las conspiraciones con el conflicto, que hayan escupido culpas a sus enemigos habituales, incluida Ada Colau (a quien Ramon Tremosa, eurodiputado del PDECat, situó en un consejo de administración de El Prat que no existe), es un ejemplo más de su intento constante de secuestrar cualquier debate y modelarlo a conveniencia. Interpretar toda la realidad a través de un prisma único y reduccionista escamotea la fuerza de otras luchas. Los derechos de los trabajadores, de todos los trabajadores, no se defienden ondeando banderas. Y menos ensordeciendo sus voces.
 

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