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Una escapada literaria

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Con pasión, por favor

Rosa Ribas

Cada vez más necesitamos personas por las que no dudemos en interrumpir nuestras vacaciones


Muchos que vivimos fuera pasamos las vacaciones en ese lugar que, a pesar de los años de ausencia, seguimos llamando casa. Este año han sido 15 días, que parecían muchos al anotarlos en la agenda y resultaron ser solo 15 días cuando volví a mirarla con incredulidad mientras esperaba el embarque para el avión de regreso. Días contados, valiosos, tiempo para ver a los amigos, a la familia, para reencontrarse, si es posible, con la ciudad.

Quince días sin obligaciones. Y sin viajes. No sé cómo sería en otros tiempos, pero actualmente los escritores viajamos mucho. Presentaciones, encuentros, congresos, clubs de lectura, conferencias marcan nuestras agendas. A la mayoría nos gusta, pero es cansado.

Viajar, sea en las condiciones que sea, es una actividad fatigosa. Por lo menos para mí. Por eso no me apetece viajar en mi tiempo libre, no tengo madera de turista.

Tras pasar unas horas con Octavi Serret, el librero de Valderrobres,
el desánimo es menor

¿Por qué cuento todo esto? Porque este año interrumpí mis vacaciones, la ociosidad y mis ganas de sedentarismo en Barcelona para ir a presentar un libro a la librería Serret en Valderrobres. Casi cuatro horas de viaje en autobús para llegar a este bellísimo pueblo de Teruel, aunque el librero siempre diga a los que entran en su tienda que vengo desde Fráncfort. De Fráncfort a Barcelona son 1.331 kilómetros. Desde Barcelona hasta Valderrobres dice Google que son 222. Los números capicúa encontrados por casualidad, como ahora, me producen una extraña fascinación, una sensación de bienestar que no sé cómo explicar. El número 222 no me parece solo bonito, sino que me lleva a mi infancia, a las cajas de galletas de Solsona, «la galleta que se pide por su número», cantaba el anuncio. Pero no. No es esta conjura de números capicúas, mágicos y nostálgicos, lo que hace que llegue a Valderrobres un viernes por la tarde. Es que me ha invitado Octavi Serret.

Y cuando te invita alguien como él, vas.

UN LIBRERO VOCACIONAL

Por dos razones. Una es profesional: sabes que en su librería vas a firmar muchos libros. En cuanto llegas, te sientas detrás de un mostradorcito, a tu espalda se apila el material de papelería, material amigo, un muro de bolis, rotuladores, lápices y gomas de borrar. A tu izquierda, otro muro de libros, parte de la librería. A tu derecha, el librero, detrás de otro mostradorcito completamente cubierto de periódicos y libros. Cada vez que entra alguien, escuchas entre tímida y ufana cómo le cuenta tus libros a los que vienen porque saben que estás invitada y también a los que querían comprar cualquier otra cosa pero, como dice Octavi, «aunque no lo supieran, venían a comprar tu libro».

Esta es la segunda razón para no perderte nunca una cita en Valderrobres: poder ser testigo de cómo este librero vocacional vive su amor por los libros. Ver en acción a alguien que empezó a ser librero a los 15 años, para vivir rodeado de libros y poder leer todos los que le vinieran en gana. Que lleva más de 30 años haciéndolo y, además, agitando la vida cultural de toda la comarca, lo que le ha hecho merecedor de muchos premios, el más reciente, la Creu de Sant Jordi. Que no mira el reloj para cerrar la tienda. En definitiva, alguien con pasión.

VALORARLO CUANDO ES EL MOMENTO

Entre tanta gente aburrida, rutinaria, quejica a nuestro alrededor, necesitamos personas así en nuestra vida, gente apasionada, que contagie entusiasmo por lo que hace. Personas a las que, a pesar de los contratiempos y las decepciones, todavía les brillen los ojos al hablar de sus proyectos. Son como fuentes de energía. Después de pasar unas horas en Valderrobres, de charlar con el librero, de llevarte también tú un paquete de libros que te ha recomendado, sientes que la fatiga y el desánimo son menos.

Por eso, si tienen la suerte de tener a alguien así cerca, cuídenlo. Son personas que irradian energía, pero no son inagotables. Valórenlas y háganselo saber. Pero ahora, no cuando, quizá cansadas o decepcionadas, tengan que bajar la persiana, real o metafórica, para siempre. Entonces todo serán quejas, bonitos y sentidos epitafios, lamentos atónitos, ¿cómo es posible que lo hayamos perdido? Pues porque lo hemos dejado perder, porque la pasión y el entusiasmo también necesitan alimentarse, tanto material como anímicamente, porque el agradecimiento y el reconocimiento son necesarios. Necesitamos cada vez más personas por las que no dudes en interrumpir las vacaciones, tomar un autobús y viajar cuatro horas, porque sabes que regresarás cargada de libros y de nuevas energías. Más gente con pasión, por favor.

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