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Además de los permisos correspondientes, será necesaria una intervención mastodóntica para retirar la piedra que sella el descanso de Dalí


El esperpento daliniano podría vivir esta semana, si no aparece de repente el sentido común, el episodio más delirante de los últimos años. Como seguramente ya saben, un juzgado de Madrid ha aceptado la queja de una supuesta hija del pintor y ha ordenado la exhumación del cadáver. Hasta aquí, todo normal, entendiendo como normal la fijación de una señora por pasar a la historia como heredera del surrealista. Y acceder a una parte de la herencia, debemos suponer, y ampliar la familia, lo que que le hace «muchísima ilusión». 

El problema es que Dalí no está enterrado en un nicho convencional, como la mayoría de los mortales. El cadáver embalsamado está dentro de un ataúd que está precintado en una caja de zinc colocada en una cripta del Teatre-Museu de Figueres, tapada con una losa que pesa una tonelada y media. «No es una exhumación en una tumba normal en un cementerio», dijo la alcaldesa. Y se entiende. Haría falta, primero, un visto bueno de la Fundación y una autorización de la Comisión de Patrimonio (ese museo es un Bien Cultural de Interés Nacional) y, sobre todo, una intervención mastodóntica para retirar la piedra que sella el descanso de Dalí.

Todo ello, a una juez de Madrid tanto le da. Dice «procédase» y se ha de proceder. Este jueves, a las 9.30 de la mañana y si el 'seny' no lo remedia, veremos cómo se las apañan, los funcionarios judiciales, para dar cumplimiento a las órdenes imperativas. El surrealismo, ahora lo sabemos, era eso.
 

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