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'Estiu 1993' me ha dejado una de las escenas más gloriosas que he visto en muchos años


Una niña ha perdido a sus padres, ambos muertos en poco tiempo. No llora. Va a vivir en casa de un tío y de su familia. Se traslada de la ciudad a una Garrotxa idílica y salvaje. No sabe cómo reaccionar, pero no llora. De hecho, todavía no tiene conciencia de la trascendencia de la tragedia. Su abuela trata de envolver el dolor con un consuelo religioso. Pero la niña sabe que ese no es su lugar en el mundo.

Con el fin de protegerse, decide construir una coraza, el material de la cual oscila entre el enojo, la malevolencia infantil y el descubrimiento de la naturaleza. Ensimismada, solo vive instantes fugaces de felicidad. Como dice el poeta Ted Kooser, «hay días en que el miedo a la muerte / es tan ubicuo como la luz». La niña, desvalida, tiene miedo y se defiende como puede. Pero si la muerte no tuviera una presencia tan evanescente y pastosa, «quizá no me habría / dado cuenta de esta mariquita». Es así como la niña fabrica la coraza. Vive porque el vacío la acosa.

Este es un resumen incompleto de la película 'Estiu 1993', de Carla Simón. Me dejo muchas cosas, como la colosal escena de Bruna Cusí cuando explica a la niña el porqué de la muerte de la madre, o como la solidez de David Verdaguer. Muchas cosas. Pero sobre todo me dejo el final. La niña llora, ahora sí, cuando descubre que hay una nueva coraza a punto para afrontar el mundo. Es una de las escenas más gloriosas que he visto en muchos años. No se la pierdan, por favor. 
 

Temas: Películas Cine

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