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Al contrataque

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La guillotina democrática de Macron

Antonio Franco

Los franceses han visto en el dirigente una oportunidad para romper muchas malas inercias y él parece estar preparado para intentarlo

Los franceses tienen tantos defectos como los demás, pero a veces cuando se enfadan saben pegar buenos puñetazos en la mesa y reaccionar. Lo de Macron me parece prometedor. Los franceses han visto en él una oportunidad para romper muchas malas inercias y él parece estar preparado para intentarlo. Como no soy partidario de la pena de muerte, me parece buena idea que los inventores de la guillotina hayan llevado a los colegios electorales unos sucedáneos suyos democráticos que, sin derramamientos de sangre, entre las elecciones presidenciales y lo que llevamos de legislativas se han llevado por delante a una buena parte de los luises y las mariantonietas que medraban. Las finas hojas de las papeletas han caído sobre sus cuellos mandándoles a hacer puñetas.

Así, se han sacado de encima, de golpe, a muchos rajoys y a muchos de los que se le parecen y vivían en otras bancadas. Y también a muchos tibios, quizá más decentes pero que en los últimos años han perdido mucho tiempo no haciendo evolucionar las cosas con un poco más de radicalidad. Porque Francia como país tiene incoherencias insostenibles que cuando los reformistas llegaban al poder parecían problemillas que podían aplazarse para no enfadar a los electores que debían reelegirles.

UNA SOLA PALABRA: ¡CAMBIEMOS!

Macron se ha cargado de un puntapié cosas tan arraigadas como el tabú que obliga a tanta gente a no ser exigente y someterse a la llamada lógica del voto útil, casi siempre inútil a medio y largo plazo. A dejarse enredar por quienes predican que son expertos en mantener el orden, que es como llaman ellos a la sumisión a sus imposiciones sociales, a sus connivencias con el mundo económico no electo y al mantenimiento de su hegemonía de grupo. Lo ha hecho con una invitación de una sola palabra que sus rivales ya no tienen derecho a usar: ¡cambiemos!. Y para empezar ha nombrado un Gobierno de gente capaz de todos los colores, pero en el que quien se ocupará de la sanidad es médico, el de los temas ecológicos es un experto reconocido en la materia, el de Interior ha administrado una de las grandes ciudades difíciles, y un ministro de Hacienda que si hace una amnistía fiscal –que no la hará– y encima luego se dictamina que era inconstitucional, esa noche dormirá fuera de palacio.

¿Puede decepcionar este ensayo? Claro que sí. Pero Macron intenta que si decepciona sea intentando de verdad replantear cosas. Lo digo no siendo de los que en principio votan a quienes tienen, como él, prioridades liberales –es decir, poco intervencionistas– ante las desigualdades. Pero soy de los que quieren la sustitución de líderes obsoletos y desean políticas que permitan ilusionarnos por una posible regeneración ética de nuestros representantes y profundicen en una modernización de la democracia. Y estoy dispuesto a mirar hacia Francia con un poco de esperanza. 

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