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Dos miradas

Carles Capdevila dominaba los resortes del mundo del espectáculo y sabía crear una empatía colosal con la gente que quería oir las cosas que él contaba

No le había visto nunca actuar en público hasta hace un par de años, en una de esas charlas que daba para adolescentes. Tengo que decir que el dominio del espacio, la modulación de la voz y el discurso que transmitía, en la línea de las actuaciones que crean un ambiente, meditado y ajustado y con la precisión de un guion cómico, lograban lo más difícil, que es hacer reír. 

Antoni Bassas ha hablado de "monólogos", al referirse a las intervenciones de Carles Capdevila, y me parece acertado. También ha dicho que tenía "bolos" pendientes en una gira americana. Es decir, el Capdevila que se reformuló en los últimos años y que tuvo un gran predicamento dominaba los resortes del mundo del espectáculo y sabía crear una empatía colosal con la gente que quería oír las cosas que él contaba con una mezcla de aparente displicencia, de ironía y de los tradicionales recursos de la comedia.

EUFORIA COMPARTIDA

Poco después de aquella actuación coincidimos en la final de la Champions de Berlín. Él había ido con su padre. Solo disfrutas del fútbol de verdad si vas con los padres o con los hijos. Sabes que, en aquellos instantes de partido (y más en una final), el mundo se detiene para que recuerdes quién te llevó a un campo por primera vez y cuál fue la primera vez que tú llevaste a aquellos que quizá uno día lo recordarán. Esa noche, Carles Capdevila estaba más contento de haber compartido el triunfo del Barça con el padre que de la eufórica victoria.

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