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No es turismofobia, es 'barcelonafilia'

Eva Arderius

Hagamos un 'reset' turístico para volver a empezar porque ahora la ciudad necesita coger aire

Último domingo de mayo, mediodía. Caminando por el paseo Joan de Borbó juego a buscar autóctonos y no tengo mucha suerte. En la arena casi no hay sitio, entre las toallas detecto tres chicas barcelonesas, creo que lo son porque no se bañan, no quitan el ojo de su bolsa y tienen la misma cara de circunstancias que yo, pensando si ha sido una buena idea venir hasta la Barceloneta para romper la palidez del invierno. Durante el rato que paso tomando el sol los vendedores de mojitos, de masajes y de pareos juegan, casi inocentemente, al gato y al ratón con las patrullas de la Guardia Urbana. En  la acera, cuatro vehículos más de la policía local ejercen de coche escoba de los 'manteros'. Unos y otros están aburridos de la misma operación diaria. Los agentes esperan que los vendedores se vayan y evitar la incómoda foto del 'top manta' en la playa. Los 'manteros' esperan lo mismo, que los policías dejen libre la zona para empezar a trabajar. Unos y otros inmóviles bajo el sol esperan, sin saber exactamente qué.

El paisaje marítimo se completa con contenedores al límite, empleados municipales de la limpieza trabajando intensamente y paradas de bus repletas de turistas con la T-10, la tarjeta de transportes subvencionada, en la mano. Todas estas imágenes me llevan a pensar que sería útil saber cuánto le cuesta a la ciudad todos estos servicios. La factura exacta de lo que pagamos por el aumento de papeleras, el refuerzo de limpieza, las instalaciones de lavabos y las horas extras de la policía durante el verano es una cifra que desconocemos.

CONTRADICCIONES

Me gustaría tenerla para poder juzgar mejor el turismo, que reconozco que me genera muchas contradicciones. Cada vez más. Quizá vivir en Sant Antoni, uno de los barrios que recibe más presión turística, las ha agudizado. Quizá también esto ha hecho que piense que recibir muchos visitantes (sorprendentemente no se sabe exactamente cuántos) ya no es una bendición divina. El turismo es lo que es, una circunstancia con la que nos ha tocado vivir, quizá demasiadas veces, amargamente.

Reconozco que he dejado de mirar a estos vecinos temporales con ojos de dólar. Admito que el turismo genera trabajo, llena las mesas de bares y restaurantes y da vida al taxi y otros servicios pero puede que no tanto como nos pensamos. Puede que el turismo no sea la gallina de los huevos de oro. Por eso nos podemos permitir hacer un 'reset' (también en el debate político). Ahora nos podemos permitir parar y volver a empezar. Subamos sin miedo la tasa turística o busquemos otros impuestos similares, pongamos límites de verdad, marquemos aforos más estrictos en las atracciones turísticas, miremos con lupa los apartamentos y recordemos que lo barato sale caro y con el turismo 'low cost' la factura para la ciudad puede que resulte altísima. ¿Que no vienen tantos turistas? No creo que sea un problema, la ciudad necesita coger aire. Y pensar esto no es tener 'turismofobia', es sentir 'barcelonafilia'.

Temas: Turismo

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