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El desafío independentista catalán

Puigdemont y Rajoy, en la Moncloa, en abril del 2016.

La historia no os absolverá

Luis Mauri

Los nacionalismos identitarios se sustentan en la excitación de las emociones individuales y colectivas. Son refractarios a la razón

En el mundo desarrollado y globalizado del siglo XXI, el nacionalismo identitario, que hunde sus raíces en el XVIII y el XIX, es un acto de fe. Como la fe religiosa, la fe nacionalista se aferra al romanticismo frente al racionalismo. Se sustenta en la excitación de las emociones individuales y colectivas. Es refractario a la razón

El hecho de que en la Europa actual un determinado grupo social crea ser más noble, honesto, laborioso, culto e incluso aseado que otro u otros grupos sociales vecinos no resiste el mínimo test de racionalidad. Ese autorretrato feliz y complaciente solo puede sostenerse sobre los cimientos de la fe. Y su condición antirracionalista lo convierte en terreno abonado para la manipulación de las masas en función de los intereses, opacos cuando no espurios, de sus dirigentes. 

No haría falta aclararlo, pero dada la excitación mágica que cunde en el país, no está de más subrayar que esta observación afecta a todos los nacionalismos identitarios que tenemos más a mano: el nacionalismo inglés del 'brexit', el catalán del 'procés', el español de la negación de la realidad o el vasco del agravio comparativo financiero.

LA CIRCUNFERENCIA

Mariano Rajoy llegó el sábado pasado a la reunión anual del Cercle d’Economia en Sitges con un mensaje categórico para la burguesía catalana: abandonen ustedes la equidistancia. La equidistancia es un concepto de uso común en matemáticas y geometría. Se refiere a un punto o un plano que se encuentran a la misma distancia de otros dos puntos o planos. Miren una circunferencia: todos sus puntos equidistan del centro.

Pero cuando Rajoy abomina en Sitges de la equidistancia, está claro que no pretende iniciar una tertulia científica con los empresarios y altos directivos a los que se dirige. Les está reclamando que se alineen sin remilgos con la posición del Gobierno central frente al Ejecutivo independentista de la Generalitat.

Ahí tienen dos gobiernos nacionalistas de signo opuesto, frente a frente como dos carneros. Como en las disputas de religión, ningún bando tolera el agnosticismo. Tanto en las confrontaciones religiosas como en las nacionalistas, el agnóstico, el crítico, el racionalista acaba encarnando un punto de unión entre los contendientes: ambos lo marcan como el peor de los enemigos.

Equidistancia, reclama Rajoy. ¿Equidistancia significa suscribir la política catalana de su Ejecutivo y del PP?

O conmigo, o contra mí. Ese es en realidad el mensaje que encierra la exhortación de Rajoy en el Cercle. Es cierto que hace ya tiempo que los colmillos asoman bajo la autodenominada 'revolución de las sonrisas'. El borrador de la ley de desconexión que el Gobierno de JxSí prepara con tanto sigilo patea con ganas el eje medular de la democracia: atenta contra a la división de poderes (el Ejecutivo secesionista designaría a dedo al presidente del Tribunal Supremo de Catalunya), convoca unilateralmente y por mayoría parlamentaria simple un referéndum que quebraría no solo la Constitución sino también el Estatut, y tramita por la vía de urgencia la ley de desconexión para hurtar al Parlament el debate en condiciones de esa norma.

UN PUNTO ENDEMONIADO

Es cierto todo eso. Como también es cierta la trágica e ineludible responsabilidad que tienen Rajoy, su partido y su Gobierno en que el conflicto catalán haya llegado al punto endemoniado en el que se encuentra. Equidistancia, reclama hoy Rajoy. ¿Equidistancia significa suscribir la política catalana de su Ejecutivo y del PP? ¿Significa dar por buena la recogida callejera de firmas contra el Estatut, una norma aprobada por el Parlamento catalán y las Cortes españolas y refrendada por los electores en Catalunya? ¿O bendecir la mutilación de ese mismo Estatut violentando al propio Tribunal Constitucional? ¿O aplaudir el menosprecio permanente de las inquietudes y necesidades de buena parte de la sociedad catalana?

La irresponsabilidad de Estado del partido de Rajoy marcará un registro en la historia. Una marca que ni siquiera podría rebajarse atribuyéndola a la ineptitud o la ignorancia. La política catalana del PP no es fruto de la torpeza, sino del cálculo espurio: ya en tiempos de Aznar, el partido concluyó que podía gobernar en España sin necesidad del voto catalán. Su eterno rival, el PSOE, no solo no podía permitirse ese lujo, sino que correría grave riesgo de quiebra si se azuzaba el conflicto con Catalunya. A partir de ahí, el complejo político-mediático del PP se concentró prioritariamente en tensar la cuerda. Y en convidar a bodas a su reflejo nacionalista en Catalunya.    

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