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Dos miradas

Hay que hablar del suicidio. Con serenidad, con profundidad, rechazando y persiguiendo las incitaciones indecentes

Hay expertos que dicen que es mejor hablar de ello y otros que dicen justamente lo contrario. Me refiero a esa cosa que se llama Ballena azul y que propone la superación de determinados retos hasta que se llega a la comisión del suicidio. Los primeros afirman que los jóvenes tienen la información al alcance mucho antes  de que los adultos se den cuenta y que es mejor intervenir y discutir sin rodeos que esconder la cabeza bajo el ala. Los segundos avisan de que hablar demasiado de ello fomenta su práctica.

Es lo que ocurre, en general, con el suicidio, tanto si detrás de él hay un personaje de cerebro enfermizo que se inventa yincanas macabras como si el acto responde a un impulso individual. Es un asunto delicadísimo que solo los afectados saben hasta qué punto es un proceso doloroso y terrible, y más aún si se da en un entorno juvenil. El misterio que se esconde tras una decisión tan drástica, que invalida todas las alternativas, ha generado un gran caudal de literatura filosófica. El libro O no ser. Antologia de textos sobre el suïcidi, editado por Edicions de la Ela Geminada, expone varios ejemplos. Desde Camus («No hay sino un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio») a Cioran («Proviene de la tragedia interior más espantosa»), pasando por quien lo justifica, como Hume, o quien lo rechaza, como Agustín de Hipona. Hay que hablar de eso, pues. Con serenidad, con profundidad, rechazando y persiguiendo las incitaciones indecentes. 

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