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La encrucijada política

Jordi Pujol Ferrusola, a su llegada a la Audiencia Nacional, este martes.

Catalunya, España y la corrupción

Enric Marín

La resolución del conflicto entre soberanismo catalán y poderes del Estado será previa a la definición de cualquier nuevo escenario político español

La actualización del caso Pujol, las nuevas ramificaciones de la corrupción del PP y las nuevas evidencias de las groseras formas de intervención gubernamental sobre el poder judicial han hecho subir un escalón más el grado de irritación de la opinión pública. No debería sorprender que el trato dado por algunos medios televisivos de Madrid al caso de la familia Pujol haya recordado la insistencia con que siempre se recordaba la condición catalana de Javier de la Rosa cuando estalló el caso KIO. Cierto. En cualquier caso, este trato estereotipadamente étnico solo sirve para reforzar más los prejuicios anticatalanes fuera de Catalunya.

Aquí el impacto emocional provocado por la penosa autoinmolación de Jordi Pujol fue enorme y, por eso mismo, el descrédito local de la familia Pujol ya hace tiempo que llegó al punto de saturación. En un primer momento se pudo pensar que la destrucción de la figura histórica del presidente Pujol podía desactivar el movimiento independentista, pero el resultado fue exactamente el contrario: aceleró la caducidad del autonomismo. La acumulación de casos que salido a la luz en los últimos años ha fijado dos convicciones que se han convertido en mayoritarias en la sociedad catalana.

En primer lugar, que la corrupción sistémica es una característica de la segunda restauración borbónica. Y, en segundo lugar, que, en tanto que subsistema, la autonomía catalana ha sufrido las mismas patologías estructurales que han afectado al conjunto del Estado. Ni más, ni menos. En todo caso, la densidad y el volumen de la corrupción ha sido más o menos proporcional a la concentración de poder político y económico presente en cada territorio.

"Y TÚ MÁS"

Llegados a este punto, los casos de corrupción ya no sirven de arma arrojadiza. El clásico "y tú más" ya se ha convertido en ridículo. Pero sería ingenuo pensar que la acumulación de casos producirá automática y inevitablemente una reacción regeneradora en la sociedad y en los partidos. El ejemplo italiano del escándalo Tangentopolis es suficientemente ilustrativo. La indignación puede desembocar en la resignación fatalista o en la protesta antipolítica. O en una paralizante combinación de las dos. Para que la indignación social metabolice en fuerza colectiva con capacidad transformadora son precisos proyectos renovadores capaces de alterar las reglas del juego. Y el compromiso de actores políticos suficientemente fuertes.

Y aquí encontramos otro punto de divergencia entre Catalunya y España. Políticamente, el punto de divergencia más crítico y relevante. La implosión del sistema de partidos catalán está generando un nuevo mapa político en el que el soberanismo es ampliamente mayoritario sobre la base de dos mayorías complementarias: la independentista y la de izquierdas. Con las lógicas fricciones y contradicciones, estas dos mayorías, en parte coincidentes, acumulan suficiente fuerza transformadora como para imaginar un proyecto renovador capaz de superar las limitaciones que han acabado caracterizando la monarquía parlamentaria española.

POLÍTICA DE EXCLUSIONES

Por el contrario, la salida a la crisis del bipartidismo en España ha sido muy diferente.  De forma bastante precisa se han acabado definiendo dos campos: por una parte, un bloque conservador mayoritario articulado por el PP, buena parte del PSOE y Ciudadanos. En el otro campo encontramos una amplia y muy heterogénea minoría. Las posibilidades de negociación entre estos dos bloques es prácticamente nula. Y la incapacidad y la falta de voluntad del bloque mayoritario para concretar una respuesta política a la reivindicación del derecho a decidir planteada de forma mayoritaria desde Catalunya acaba actuando como factor cohesionador de este mismo bloque dinástico… La política española se define, básicamente, por exclusiones.

Días atrás el diario 'El País' ofrecía este titular en primera plana: 'PSOE y Ciudadanos responden unidos a la corrupción del PP'. Más allá del carácter informativamente insubstancial del enunciado, el planteamiento ilustra de forma involuntaria las limitaciones de la política española para crear un escenario que permita superar la crisis de credibilidad generada por la corrupción sistémica. No se precisa de gran perspicacia analítica para ver que sin una mayoría alternativa al PP no se podrá hacer posible ningún nuevo escenario.

Y esa mayoría es imposible sin la participación de lo que mejor o peor representa Podemos. Pero hoy esa posibilidad no la contemplan los dirigentes del PSOE, Menos aún el partido de Rivera. De manera que todo invita a pensar que la resolución del conflicto democrático entre el soberanismo catalán y los poderes del Estado será previa a la definición de cualquier nuevo escenario político español.

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