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Cuaderno de viaje en Tierra Santa

BENDICIÓN SACERDOTAL DURANTE LA PASCUA JUDÍA

Plegarias y ametralladoras

Marçal Sintes

En Jerusalén es inevitable sentir latir juntas la vida y la muerte, la paz y la guerra, la hermandad y la rabia, la fe y la desesperanza

Al fondo de la sala se encuentran los magníficos 'El pelele' y 'El quitasol'. Presiden la muestra 'Francisco Goya: Daydreams and Nightmares' (Francisco Goya: fantasías y pesadillas). Los acompañan otras pinturas y grabados, estos últimos, una selección de las series 'Los caprichos' y 'Los desastres de la guerra'. Si en los primeros el pintor aragonés desliza una ácida crítica contra la sociedad de finales del XVIII, en los segundos, un Goya ya mayor muestra las atrocidades, la brutalidad, la indignidad, la humillación de la guerra. Lo hace con una crudeza desoladora. Renunciando a cualquier artificio o embellecimiento.

Contemplo los grabados de Goya en el Museo de Israel, en Jerusalén. En el mismo recinto se custodian los Rollos del Mar Muerto. Junto al museo se alza el edificio de estilo prosaico de la Knesset, el bullicioso parlamento del país.

Constituye un amargo guiño que la crueldad goyesca se exhiba justamente aquí, en Israel, en Jerusalén, el lugar de la tierra que a lo largo de los siglos, los milenios, posiblemente ha acumulado más dolor, un dolor agudo y continuado, sostenido. Dolor sobre dolor. Resulta cuanto menos paradójico que, entre otros apelativos, a la ciudad se la llame 'Princesa de la Paz'.

Se me haría realmente difícil vivir en Jerusalén. Todo es demasiado denso y demasiado complejo

Estos días de Semana Santa son días cristianos por excelencia. Los creyentes recorren la Vía Dolorosa, algunos acarreando aparatosas cruces de madera. Las estaciones conducen hasta el Santo Sepulcro. En la entrada, unas mujeres besan y limpian la Piedra de la Unción, sobre la cual, según el Nuevo Testamento, fue extendido el cuerpo de Jesús al ser bajado de la cruz. Que la piedra no sea el original no quita fuerza a las emociones. Más allá está el sepulcro. Y, en el otro lado, el agujero, rodeado de un anillo de plata, en el que se alzó la cruz. Es difícil no conmoverse estando aquí, no sentir algo, por poco creyente que uno sea.

LUGAR SAGRADO PARA CRISTIANOS Y JUDÍOS

Cargados de armas, grupos policiales sellan los accesos a la Explanada de las Mezquitas, donde se encuentra la Cúpula de la Roca, con su dorado resplandeciente, uno de los emblemas de la ciudad. Se abrirá uno solo de los pasos y exclusivamente tres veces al día. Mientras los judíos rezan ante los sillares inmemoriales, al otro lado del muro, en el interior de la Cúpula de la Roca, lo hacen los musulmanes. Aquí los no musulmanes tienen prohibido entrar, a pesar de que es un lugar sagrado también para cristianos y judíos. «¿Usted es musulmán?». «Así no puede pasar. Váyase». La larga cola que se llega a formar y el control de seguridad pueden hacer que, si consigues entrar en la explanada de las mezquitas, solo puedas quedarte unos minutos. Cuando vence el plazo te echarán con gestos y gritos.
 
Se me haría realmente difícil vivir en Jerusalén. Todo es demasiado denso y demasiado complejo, demasiado trascendente y rugoso. ¿Y si no tuviera más remedio? Pues seguramente subiría de vez en cuando al mirador del Monte de los Olivos, desde donde al caer el sol se puede sentir el silencio y saborear la belleza de la ciudad.

La religiosidad, sobre todo la judía, lo empapa todo. Como si la Ciudad Vieja irradiara su potente magnetismo a otros barrios

La religiosidad, sobre todo la judía, lo empapa todo. Es como si la Ciudad Vieja irradiara su potente magnetismo a otros barrios de Jerusalén. Si es 'sabbat' o, por ejemplo, se celebra la Pascua judía –que coincide este año con Semana Santa–, se cierran las tiendas y locales a cal y canto. La actividad se aproxima a cero, aunque en la ciudad viven también musulmanes, cristianos y no creyentes. Desaparecen los vehículos de la calle –solo encontrará taxistas no judíos– y, por ejemplo, los televisores y ascensores o no se pueden utilizar o bien se les ha programado de manera que funcionen automáticamente. Si uno está en Jerusalén es inevitable verse afectado por las costumbres religiosas judías. Así, por ejemplo, desde los helados italianos hasta las hamburguesas del pequeño McDonald’s de la céntrica calle de Ben Yehuda cuentan con su certificado oficial que son kósher, es decir, elaborados atendiendo a las normas alimentarias del judaísmo.

UN MONTÓN DE MILITARES Y POLICÍAS

Si uno camina por Jerusalén, por la Ciudad Vieja o por fuera, se le hará imposible no sorprenderse del montón de militares y policías a pie, en coche, en moto o a caballo que encontrará, a menudo armados. Tropezarán también con una gran multitud de judíos ortodoxos, con sus levitas y sombreros negros, sus tirabuzones y barbazas. A veces les acompañan su familia, con las mujeres vestidas como hace 200 años. Los hijos no suelen ser uno o dos, sino cuatro, cinco, seis...

En Jerusalén es imposible aislarse de todo ello, no sentir latir juntas la vida y la muerte, la paz y la guerra, la hermandad y la rabia, la fe y la desesperanza... Las oraciones y las ametralladoras.

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