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ANÁLISIS

misiles en el desfile militar de Corea del Norte.

Kim y Trump tocan tambores de guerra

Georgina Higueras

La situación en la península coreana se hace cada día más tensa. Kim Jong-un y Donald Trump, los dos líderes más impredecibles del planeta, tocan tambores de guerra, mientras Japón y Corea del Sur contienen la respiración.

Con un arsenal de entre 9 y 15 cabezas nucleares, las fanfarronadas del régimen norcoreano --el domingo celebró el 105º aniversario del nacimiento del llamado presidente eterno, Kim Il-sung, con la exhibición de una película que simulaba la desintegración de una ciudad norteamericana por un misil norcoreano— han dejado de considerarse un mero intento de llamar la atención. Las de Trump no le van a la zaga. El día 12, el presidente norteamericano, en referencia al portaaviones ‘Carl Vinson’ y sus buques de apoyo, declaró que estaba enviando a la zona una “armada muy poderosa” para disuadir a Pionyang de cualquier intento agresor. Esa flota, sin embargo, se dirigía a Australia para participar en unas maniobras.

La llegada a la Casa Blanca de Trump, quién durante la campaña electoral mostró dispuesto a “comerse una hamburguesa” con el tercer mandatario de la única dinastía comunista de la historia, ha desatado toda una batería de agresivos gestos norcoreanos, que parecerían indicar que la confrontación está cercana. A su vez, los enviados de Trump al nordeste de Asia han repetido en las tres capitales –Seúl, Tokio y Pekín—que “la era de la paciencia estratégica se acabó” y que ahora se han puesto sobre la mesa todas las soluciones posibles, incluida la militar, para poner fin a los programas nuclear y de misiles balísticos de Pionyang.

LA TOZUDEZ

Aunque finalmente Corea del Norte se ha abstenido de celebrar el nacimiento de su fundador con una nueva prueba atómica, cuyos preparativos detectaron los satélites espía de EEUU, la tozudez del régimen en proseguir con su rearme estratégico parece haber agotado también la paciencia de Pekín. China ya no quiere que se le asocie con Kim Jong-un y se ha sumado a las sanciones impuestas por las Naciones Unidas, incluido el bloqueo de las ventas de petróleo y la suspensión de las compras de carbón y de los vuelos que conectaban Pionyang con Pekín.

Este acorralamiento hace temer a Japón y Corea del Sur que el régimen, como amenazaba el jueves el diario oficial 'Rodong', desate un “superpoderoso ataque preventivo”. No podrá alcanzar las costas de EEUU, pero sí las bases estadounidenses estacionadas en esos dos países, de ahí la urgencia por buscar una solución. Seúl, con más de 10 millones de habitantes, se encuentra a solo 55 kilómetros del paralelo 38, la línea que divide la península coreana en dos estados antagónicos. Esta corta distancia hace vulnerable la capital surcoreana frente a un ataque convencional (y no digamos nuclear) del Norte, que tiene el cuarto Ejército más numeroso del mundo, con 1,1 millones de hombres.

A estas alturas ya no resulta inverosímil que Pekín deje caer a su insubordinado vecino y permita la reunificación de la península. A cambio, Washington tendría que comprometerse a no instalar en ella el sistema de defensa aérea THAAD y a retirar, al menos parcialmente, su contingente de 28.500 soldados que tiene destacados en el Sur.

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