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Montaña de sal en Sallent.

Perder el miedo a la industria

Albert Girbal Puig

Es un hecho comprobado que ni el urbanismo, ni el territorio, ni la política han sido amantes de la industria. Resulta más fácil planificar para los servicios, implementar un equipamiento lúdico o aprobar una legislación para el turismo que ensuciarse las manos para permitir que la industria se consolide en nuestro país. Así ha sido siempre y así sigue siendo y prueba de ello es que son ya muchas las voces que claman al cielo para conseguir situar de nuevo a la industria como verdadera locomotora de nuestra economía.

Desgraciadamente en Catalunya la industria ha quedado reducida casi a un concepto de patrimonio histórico y son pocas las iniciativas que persisten en el intento de seguir apostando por cualquier actividad industrial. Uno de los casos más paradigmáticos se vive en la Catalunya central donde se acumulan dos de los grandes recursos naturales de nuestro país. Por un lado, la potasa, un fertilizante natural de capital importancia para la agricultura mundial y por otro lado, la sal, que tiene más de 14.000 aplicaciones industriales.

Estos dos recursos son hoy la base de una industria minera que genera 4.000 puestos de trabajo y que desarrolla un impresionante proyecto de modernización, que incluye inversiones de 500 millones de euros con ramificaciones tecnológicas, logísticas y en infraestructuras. Este proyecto, sin embargo, está hoy en riesgo tanto por la falta de un marco regulatorio que le dé seguridad (apenas se está tramitando un Plan Director Urbanístico) como por una serie de problemas judiciales derivados de un pasado poco claro que ahora exige detener la actividad.
No debemos olvidar que la historia industrial de Catalunya está cargada de problemáticas medioambientales, laborales, sociales pero tampoco podemos pasar por alto que la industria que subsiste hoy nada tiene que ver con aquella actividad que tan mala fama le ha dado. Hoy, una industria como la minería del Bages es un referente en cuanto al cumplimiento de normativas, el compromiso medioambiental y al compromiso con el territorio, incluso asumiendo parte de aquella mochila histórica que tanto dolores de cabeza les está llevando.
El país debe entender esta nueva realidad y estas nuevas necesidades y no podemos perder tiempo a la hora de dar el apoyo necesario a la actividad industrial, con los compromisos que haga falta y con las exigencias que sean, pero tampoco podemos continuar poniendo en riesgo la poca industria que persiste en Catalunya y menos en cuanto ésta es un icono de nuestra internacionalización y referente de motor económico en zonas del centro de Catalunya.

Seguro que siempre se deberán gestionar las posiciones de los detractores de la actividad industrial pero las administraciones no pueden permitirse el lujo de dudar ante oposiciones que en realidad no representan la mayoría del territorio que ha puesto en la industria todas sus expectativas de futuro. Siempre es lo mismo: retrocedemos ante el primer obstáculo sin tener en cuenta todo lo que nos estamos perdiendo.

Hoy Catalunya tiene un proyecto industrial de primer nivel que por primera vez nos puede situar en el mapa internacional de los recursos naturales. Ni podemos encogernos ni podemos dejar de apostar por una industria que, sí o sí, debe volver a ocupar el primer lugar de nuestra economía. De una vez por todas debemos perder el miedo a la industria como un símbolo del país.

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