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Dos miradas

En el entusiasmo del soldado valiente se esconde la debilidad democrática del Estado que Margallo representaba

Han levantado una gran polvareda las declaraciones de los "favores" que España debe a determinados países por haber tomado posición a favor del Gobierno central en el asunto catalán. Enseguida que Margallo dijo la palabra mágica, la traducción de "favores" se convirtió en contraprestaciones materiales que tanto podían ser pagadas con contratos estratégicos como con jamones de Jabugo, tal como dibujaba el amigo Ferreres, en una habitación con vistas al Vaticano.

El exministro de Exteriores tuvo que apresurarse a decir que no hablaba de bienes ni de servicios sino que los "favores" consistían en "pedir comprensión". Un "¿verdad-que-no-vamos-a-lastimarnos?" al estilo de los diplomáticos.

No me sorprendió que Margallo actuara así. Y tampoco me sorprendió que lo confesara. Porque forma parte del aire patriótico con que el gobierno del PP enfila la cosa de la independencia, y porque -cara a su público- afirmaba con cierto orgullo de dignatario comprometido la responsabilidad con la que afrontó el problema. Pero dijo "nadie sabe el esfuerzo que nos ha costado esto", y aquí sí -más allá del autobombo algo sobrado- me maravilla la gran cantidad de energía invertida en demostrar, lo que según su criterio, debería ser evidente: que la Tierra es redonda y que no puede montarse un referéndum. En la propia defensa del trabajo realizado, en el entusiasmo del soldado valiente, se esconde la debilidad democrática del Estado que Margallo representaba.

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