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Reflexión tras los casos recientes de Francia y España

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El peligroso encanto de las primarias

Joan Tapia

La fórmula funciona mejor en EEUU, donde los partidos tienen estructuras más laxas que en Europa

En España, la única de las grandes democracias europeas en la que las cúpulas partidarias tienen un poder omnímodo por la inexistencia del diputado de distrito –una de cuyas funciones es conectar las direcciones con la calle–, es natural que todo intento de democratizar los partidos sea bien recibido.

Tras la derrota socialista ante Aznar en el 96, Joaquín Almunia recurrió a las primarias internas para insuflar ánimos al partido. Las primarias las ganó Josep Borrell y se generó un gran entusiasmo, aunque el experimento acabó mal: mayoría absoluta de Aznar en el 2000.

El intento fue meritorio y el PSOE quedó como el único partido que intentó abrirse a una mayor participación. Pero fueron primarias cerradas, solo para militantes, muy diferentes de las estadounidenses, en las que puede votar mucha más gente. La traslación más seria de las primarias abiertas a Europa la hizo el Partido Socialista Francés en el 2007, tras el gran fracaso de Lionel Jospin, que en el 2002 no logró pasar a la segunda vuelta. Nuevo ensayo de primarias tras un fracaso. Ségolène Royal, la elegida, perdió ante Sarkozy, pero el PS las repitió en el 2012 y François Hollande las ganó y logró la presidencia de la República. 

El impacto fue tal que la derecha francesa también decidió apostar por las primarias para las presidenciales del 2017. Pero las cosas se han torcido. Las primarias de la derecha las ganó –por sorpresa– François Fillon contra Sarkozy y Alain Juppé, pero luego Fillon ha quedado devaluado por su inclinación a la cleptomanía y la derecha –al estar investido en primarias– no ha podido sustituirlo. Luego las primarias socialistas las ha ganado Benoît Hamon, un candidato del ala izquierda que va cuarto en las encuestas y al que Manuel Valls, el exprimer ministro y aspirante perdedor, se niega a apoyar porque dice que las diferencias políticas son insalvables. 

Es probable así que los dos contendientes de la  segunda vuelta –la nacionalista Marine Le Pen y el centrista europeísta Macron– no solo no sean de uno de los dos grandes partidos, sino que no habrán salido de unas primarias. Un dato a reflexionar.

LA ELECCIÓN DE PEDRO SÁNCHEZ

Volvamos a España. Tras las derrotas del PSOE en el 2011 y las europeas del 2014, Rubalcaba dimitió. Y para elegir secretario general se recurrió a las primarias. Pero, atención, no a unas primarias para candidato a presidente –lo lógico– sino para jefe del partido. Se abría así un gran interrogante:  ¿qué pasaría si el secretario general salido de primarias se encontrara luego con un candidato a presidente elegido por el mismo sistema? Fue una decisión algo manicomial, tomada en medio de una crisis existencial y propuesta por Eduardo Madina. Pero el elegido fue Pedro Sánchez, que logró ser también candidato a presidente. Lo posterior es reciente. Una parte relevante de la cúpula socialista acabó apartando -por rivalidades internas y diferencias políticas- a Pedro Sánchez y el PSOE está hoy con una gestora y a la espera de unas primarias diferidas. Sin garantías de que no reproduzcan la guerra intestina que condujo al espectáculo del comité federal del 1 de octubre, que acabó siendo un gran éxito televisivo. 

La conclusión es que las primarias ayudan a abrir los partidos pero no deben ser santificadas. Funcionan bien en Estados Unidos donde los partidos tienen estructuras muy laxas y donde el ganador se convierte automáticamente en líder del partido. Hacen que la política sea menos tributaria de los aparatos, aunque sin ellas Trump no habría sido nunca el candidato republicano. Pero son más complicadas en Europa, donde el candidato elegido debe coexistir con un aparato partidario potente. Y en el caso del PSOE el disparate es monumental pues conlleva dos primarias: para secretario general y para candidato a presidente. Sobra una y la crisis actual viene -en parte- de ahí. Algunos –y alguna– no tragaron que Sánchez fuera las dos cosas.

El PSOE tiene un plus, ha sido el único que ha apostado por primarias. Pero si llevan a la parálisis, o al fracaso, los electores preferirán partidos más convencionales. Las primarias, como los antibióticos, deben saber administrarse. Y para abrir los partidos a la sociedad sería más relevante el diputado de distrito. Pero en esto ni el PSOE, ni Podemos, ni el PP, ni los nacionalistas, están por la labor. El PSC de Miquel Iceta, y Ciudadanos, han apuntado tímidamente en esa dirección. Pero es más cómodo mandar sobre diputados -funcionarios de lista que sobre diputados de circunscripción que no necesitan ser tan obedientes. 

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