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MIRADOR

Miquel Iceta y Ángel Gabilondo

Atreverse a navegar solo

Marçal Sintes

Miquel Iceta debería replantearse la relación con un PSOE que anda como los cangrejos

Por lo visto, Miquel Iceta ha decidido, al menos por ahora, aplicar a su querella con Susana Díaz aquel dicho del bueno de Benjamin Franklin, uno de los padres de la independencia de Estados Unidos, según el cual “nunca existió una buena guerra ni una mala paz”.

Mientras la comisión gestora del PSOE purga a los que rechazaron humillarse en beneficio de Mariano Rajoy, entre los que se encuentran los socialistas catalanes, estos aguantan el chaparrón con trabajada serenidad. El primer secretario del PSC insiste en que ellos no quieren romper nada, ni modificar el ‘Protocolo de Unidad’ entre el PSC y el PSOE que desde 1978 regula las relaciones entre ambos. Susana Díaz, que mueve los hilos del PSOE, quisiera acabar con la asimetría que entraña el antiguo acuerdo (mientras el PSC forma parte los órganos del PSOE, el PSOE carece de representantes en los del PSC).

Como se recordará, la penúltima gran crisis entre PSC y PSOE se produjo en el 2013, cuando los catalanes desobedecieron y avalaron en el Congreso de los Diputados el derecho a decidir, al que acabarían renunciando después. Era en tiempos de Pere Navarro. Luego vino la ‘Declaración de Granada’, que no es más que un caldo tibio, unos papeles que nada resuelven, como ha quedado demostrado.

Miquel Iceta, al mando del PSC menos catalanista de la historia, resulta que es quien, paradójicamente, está metido hasta las cachas en la peor crisis con el PSOE de la historia.

Pese a que el detonante ha sido el lío terrible de la investidura de Rajoy, en el fondo de la discusión de ahora sigue palpitando la cuestión identitaria. Sobre la mesa está el rechazo del PSOE a reconocer la condición nacional de Catalunya. Un rechazo más visceral que nunca -el PSOE era tras morir Franco bastante más abierto que hoy-, entre otras causas por la evolución -o regresión- del socialismo en Andalucía hacia un regionalismo espeso que funde lo español y lo andaluz, y añade generosa catalanofobia.

Los 'susanistas' pretenden liquidar el pacto del 78 para que cada cual, socialistas catalanes y españoles, aguante su vela, sin meter ni voz ni voto en los asuntos del otro. Cuanto menos pinte el PSC, mayor será el poder andaluz y de Díaz en el PSOE.

En esta fase del conflicto, el PSC se niega a cambiar nada y es comprensible y lógico que lo haga, aunque sea solo por táctica. No obstante, no veo por qué el PSC no habría de explorar cómo reformular las cosas. Iceta debería abrir la mente y replantearse la relación con un PSOE que se ha puesto a andar hacia atrás como los cangrejos.

¿Cada uno en su casa y tan amigos? ¿Por qué no? ¿Por qué no recuperar, en consecuencia, el grupo del PSC en el Congreso? ¿Por qué no tratar de hacer juntos lo que se pueda y navegar separadamente cuando así se prefiera? Claro que eso supone dos esfuerzos, sobre todo mentales: para perder el miedo a la libertad, a ser soberano, por una parte, y, por otra, admitir que en España, tampoco en la España socialista, el federalismo con tanta fe propugnado por el PSC ni está ni se le espera.

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