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Porno y feminismo

Marta Roqueta

El martes 31 de mayo, Podemos organizó en Madrid un debate sobre pornografía y feminismo en el que participaron la actriz porno Amarna MillerBeatriz Gimeno, encargada del área de Igualdad del partido en la Comunidad de Madrid, y Clara Serra, responsable del área de Igualdad de Podemos. 

Muchos de los comentarios contrarios a la iniciativa publicados en las redes sociales cuestionaban la autoridad de Miller para hablar de feminismo en tanto que, como actriz porno, contribuía a perpetuar una imagen denigrante para la mujer. Varias políticas del PSOE criticaron la iniciativa por las redes sociales, así como también lo hizo la Red Estatal de Organizaciones Feministas, que llegó a mofarse de los postulados de Miller.

Teniendo en cuenta que el feminismo no va muy sobrado ni de aliadas ni de aliados, siempre me ha sorprendido la facilidad con la que algunas feministas determinan qué es o no feminista y qué mujeres pueden hablar de él. Los medios de comunicación siguen realizando prácticas que contribuyen a la perpetuación de muchas de las desigualdades que sufrimos, ya sea invisibilizando los esfuerzos de las deportistas, negándonos la autoridad al no incluirnos en tertulias (sigan #OnSónLesDones) o utilizando nuestro cuerpo como cebo para pescar visitas.

Pero nadie me ha dicho que, como soy periodista, me calle y me vaya a casa, porque qué voy a saber yo de igualdad. Tampoco se lo han dicho a las mujeres que se dedican a la política, a pesar de que los partidos han perpetuado e institucionalizado el rol secundario de la mujer mediante la constitución de sus listas, el diseño de presupuestos o la implementación de políticas públicas. De lo contrario, no existiría la campaña #NoVotesMachismo.

Si las mujeres no pudiéramos opinar sobre feminismo en función de si el sector en el que trabajamos es machista o no, ahora mismo no podría opinar sobre ello nadie. Sin embargo, a algunas se nos valora por hacerlo y se nos anima a que sigamos. A otras, se les niega la palabra, incluso desde algunos colectivos feministas. Suelen ser mujeres que desempeñan trabajos sexuales -prostitutas, actrices porno- o que pertenecen a colectivos que se perciben como muy oprimidos, como las musulmanas.

De todas las cuestiones abordadas bajo una perspectiva de género, la pornografía es una de las más controvertidas, debido a su capacidad para moldear el deseo sexual. Se suele debatir, de forma bastante airada, si es o no machista, si las imágenes que muestra fomentan la violencia hacia la mujer y cómo debe regularse. Se llega a decir que no hay nada que hacer con él, o que no vale la pena perder el tiempo porque hay problemas más importantes.

Aún así, el porno es un producto cultural y, por lo tanto, deberíamos analizarlo. Y debería hacerse en base a los mismos parámetros con los
que estudiamos otras manifestaciones culturales. Ya sean para niños o adultos, la mayoría de los productos que consumimos –películas, series de televisión, publicidad, obras de arte, videoclips, canciones– presentan imágenes sexistas de las mujeres o que pueden fomentar la violencia hacia ellas.

Lo que determina en muchos casos su perpetuación en el imaginario colectivo y su materialización en actitudes y actos concretos no es tanto la representación en si como su incorporación acrítica en el relato. Ya sea por parte de los creadores, que no la consideran problemática, como de la audiencia, que la percibe como normal, justificable o deseable.

LA MIRADA 

El concepto ‘mirada masculina’ (‘male gaze’, en inglés) sirve para describir el punto de vista más habitual que adopta un relato audiovisual, que suele ser el de un hombre blanco y heterosexual.

Mirar el mundo a través de los ojos de un hombre no tiene porqué ser malo, pero se convierte en un problema cuando sólo tenemos acceso a
esta interpretación de la realidad. Una de las acciones más efectivas para romper esa mirada hegemónica en la cultura es dar voz como creadoras a personas no incluidas en esas categorías, así como introducir nuevas temáticas o formas de expresión.

La pornografía no se escapa de esta problemática. Muchas veces, lo que nos molesta del porno no es tanto lo que vemos sino las prácticas de la industria que lo produce. Por eso me parece un error que haya grupos feministas que excluyan del debate a las actrices, o que no se anime a más mujeres a implicarse en la industria. Sobre todo ahora que se habla más de géneros como el posporno, que representa relaciones alternativas entre sexos, así como cuerpos e identidades sexuales no normativos.

EL RECEPTOR

Nuestra experiencia condiciona cómo consumimos, digerimos e interaccionamos con un producto cultural. La educación sexual que recibimos es bastante escasa y suele estar llena de tabúes. De hecho, es habitual que los adolescentes utilicen el porno como forma de saber más sobre sexo.

Además, como sociedad seguimos teniendo un problema para discernir cuáles son los límites del consentimiento en una relación sexual, sobre todo el de las mujeres.Ser feminista no implica estar libre de tabús sexuales. Es más, suelen ser estos tabús los que impiden que analicemos el porno con la misma precisión y efectividad con las que analizaríamos la película de superhéroes Civil War.

Puestos a hablar del fomento de fantasías masculinas heterosexuales que denigran a las mujeres, esta película de Disney y Marvel dirigida al público infantil y juvenil naturaliza la idea de que las peleas entre mujeres son una forma de ‘entretener’ a los machos heterosexuales. Y lo hace mediante una conversación trivial de tan sólo treinta segundos.

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