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Los hombres también sufren

Marta Roqueta

Uno de los aspectos que más me gustó del libro ‘Teoría King Kong’ fue la habilidad de su autora, Virginie Despentes, de retratar las miserias que el sistema sexo-género en Francia causaba tanto a mujeres como hombres sin perder de vista que ellas son las que más sufren la opresión de dicho sistema.

A medida que el debate sobre la construcción del género cala en la opinión pública, proliferan discursos relacionados con la construcción de la masculinidad tradicional que tienden a centrarse en los perjuicios que ha causado a los hombres, pero que no reconocen los privilegios que les otorga. Una estrategia que me parece inefectiva si lo que queremos es librar a machos y hembras de las ataduras del género.

Bajo esta tendencia, a partir de ideas como “el machismo afecta a las mujeres, pero también a los hombres”, se generan argumentos relativistas que sitúan al mismo nivel los agravios sufridos por los individuos de ambos sexos. Sin tener en cuenta las relaciones de sumisión y de dominación que se establecen entre ellos –o llegando a la conclusión de que ambos se oprimen el uno al otro por igual–, ni las dificultades que tiene el femenino para ser representado o visibilizado en el espacio público.

La autoridad simbólica que el sistema en el que vivimos otorga al hombre puede facilitar la apropiación de los postulados feministas por parte de interlocutores masculinos. Una de las formas más habituales es el ‘mansplaining’, la explicación de algún concepto de forma condescendiente por parte de un hombre hacia una mujer. Se manifiesta, por ejemplo, en sermones sobre cómo debemos afrontar la lucha por nuestros derechos. ‘Recomendaciones’ siempre basadas en su experiencia y en su posición social, raras veces intentando comprender las discriminaciones que sufrimos a diario. En general, estas aportaciones suelen ser tan inútiles como molestas.

Cuando una de nosotras cuestiona las actitudes de sus interlocutores masculinos en debates sobre igualdad de género o quiere debatir sobre sus privilegios, es habitual que éstos se sientan agredidos –encima que se preocupan por problemas de mujeres– y nos ataquen, sin ni siquiera querer entender por qué les hemos hecho ese comentario. Es frecuente escuchar, también, que determinadas opiniones con las que no comulgan “hacen daño al ‘verdadero’ feminismo”. Hay decenas de corrientes feministas, pero ellos saben cuál es la verdadera y qué es lo mejor para defenderla.

De todas las formas de apropiación, la más perniciosa es la que sirve para que los hombres a favor de la igualdad puedan revalorizar su pene. El hombre que defiende los derechos de la mujer se presenta en algunos relatos como el hombre “guay” o, aún peor, el hombre “verdadero”. Se trata de un discurso que, lejos de considerar a la mujer como igual, establece nuevas formas socialmente aceptables de tratarla, y sigue visibilizando la condición masculina por encima de la femenina.

Los hombres deben y pueden participar para acabar tanto con las discriminaciones de género como con la noción de género en si misma. Sin embargo, no contemplo ninguna vía de éxito que no sea escuchándonos –no esperando nuestra palmadita en su espalda–, renunciando a sus privilegios –y reflexionando sobre los problemas que generan a mujeres y hombres–, luchando para que otros hombres también lo hagan y ejerciendo el feminismo en aquellos espacios en los que tienen influencia.

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