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'Compresagate'

Marta Roqueta

Ya hace una semana de la polémica alrededor de la moción del grupo municipal de la CUP de Manresa que hablaba de la información sobre métodos de recogida de la menstruación que se ofrecía a las jóvenes de la ciudad. Una parte de la opinión pública, medios de comunicación inclusive, han reaccionado a la moción como reaccionaría una clase de primaria cuando alguien dice la palabra ‘culo’. Al debate no han faltado ni el ejército de cuñados que nos ha evangelizado sobre cómo debemos cuidarnos cuando tenemos la regla, ni las hordas de mujeres cuqui que aseguran que las de las CUP son unas hippies un poco marranas.

En Cataluña se están impulsando medidas sanitarias que van más allá de atender patologías agudas desde hace años. Se habla de los factores sociales que pueden influir en la salud de las personas, se difunden hábitos de vida saludables, se debate cómo hacer partícipe a la persona del cuidado de su salud, se refuerzan los vínculos ente los diferentes niveles de atención... Por eso no entiendo por qué genera tanto revuelo que en un pleno municipal se debata sobre la información que se da a las jóvenes para que tengan cuidado de su cuerpo durante la menstruación, uno de los factores biológicos que más influye en la salud de la mitad de la población. Entre coña y coña, ¿sabemos cómo se informa a las jóvenes, quién lo hace y si esta formación se imparte a todos los centros?

Incorporar a la mujer a la vida pública y a la primera línea política implica visibilizar cuestiones que afectan nuestro día a día y que hasta ahora se relegaban al ámbito doméstico. Prueba de ello es que los productos de recogida de la menstruación, sean tampones, compresas o copas menstruales, no están contemplados como productos de primera necesidad, y se les aplica un IVA del 10%, cuando es evidente que muchas mujeres, cuando tenemos la regla, no podríamos realizar con normalidad la mayoría de actividades cotidianas si no utilizáramos estos productos. El salto de la esfera privada a la pública implica discutir, además, hasta qué punto es la sociedad, y no nosotras, la que debe cambiar aspectos de su funcionamiento para adaptarse a nuestra realidad física. Uno de los grandes obstáculos para la utilización de copas menstruales, por ejemplo, son las pocas facilidades en lavabos públicos para lavarlas.

Mejorar la educación sexual

En el documento, la CUP alerta de los problemas que genera enfocar los talleres sobre salud sexual y reproductiva sólo desde un punto de vista sanitario, “sin entrar en profundidad en las muchas inquietudes vivenciales que la llegada de la fertilidad supone para chicos y chicas”. El texto habla de problemas para aceptar el propio cuerpo o del riesgo que supone no cuestionar algunas de las creencias sexistas referentes a la sexualidad con las que conviven los jóvenes, en especial los chicos. De hecho, la falta de educación sexual de muchos hombres facilita la proliferación de webs de supuestos gurús de la seducción que hacen negocio vendiendo métodos para ligar repletos de clichés sexistas como si de métodos basados en el rigor científico se trataran. 

La educación sexual influye en cómo percibimos las relaciones sexuales más de lo que podría parecer. Por ejemplo, si gran parte de las explicaciones se centran el en coito, corremos el riesgo de limitar la obtención de placer femenino, puesto que hay mujeres que no alcanzan el orgasmo con la penetración y esta práctica sexual no es la primordial en las relaciones lésbicas. Tampoco lo es en algunas relaciones de personas con alguna discapacidad física. La educación sexual también puede contribuir a romper tabús o a perpetuarlos. ¿Sólo hablamos de sexo anal en el ámbito de las relaciones entre hombres homosexuales? En parejas heterosexuales, ¿por qué solemos suponer que la mujer es la receptora?

Considero importante, pues, que empecemos a discutir desde la política cómo ayudamos a los jóvenes a mantener relaciones sexuales seguras, placenteras e igualitarias. En Suecia, hace ya sesenta años que la educación sexual se imparte como una asignatura más, adaptada a las diferentes edades del alumnado. Muchos centros educativos no sólo ofrecen información sobre cómo evitar embarazos no deseados o prevenir enfermedades de transmisión sexual, sino que hablan de cuestiones como el consentimiento o las distintas formas de relaciones sexoafectivas.

La mitificación de lo ‘natural’

El gran pero de la moción de la CUP es la asunción de que los métodos considerados más artificiales –compresas y tampones–, son perjudiciales para la salud de las mujeres, mientras que los demás –copas menstruales, compresas de ropa o esponjas marinas– son innocuos por el simple hecho de contener más componentes naturales o de no estar comercializados por grandes empresas.

La Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA en inglés) califica las esponjas marinas usadas para la menstruación como un “dispositivo con un riesgo significativo” que requiere una aprobación previa antes de ser comercializado. El año pasado, la FDA lanzó un comunicado desmintiendo que los tampones contuvieran sustancias perjudiciales para la salud.

Una de las principales objeciones al uso de tampones es su asociación con el síndrome de shock tóxico (SST). Si bien el vínculo entre ambos aún no es claro, la FDA informa que el número de casos de SST se redujo significativamente a partir de los años ochenta, tras la retirada del mercado de unos tampones superabsorbentes. Así, en el 1980 el Centro de Control y Prevención de Enfermedades (CDC en inglés) registró 814 casos de SST, mientras que en 1997 había registrado cinco. En los EUA, la tasa de mortalidad es del 3%, según informa la CDC. Se recomienda utilizar tampones con el grado de absorción que más se adapte al flujo que tenemos, y cambiarlos cada 4 u 8 horas. En el caso de las copas menstruales, los mismos fabricantes aconsejan cómo usarlas y lavarlas para evitar la posible aparición de SST, que sería algo muy raro.

La medicalización de etapas como la menstruación, el embarazo, el parto o la menopausia; el negocio alrededor de los productos para público femenino,  –con la llamada tasa rosa al frente–, y la gestión de los residuos que generan los productos higiénicos que utilizamos son cuestiones que hay que abordar para mejorar nuestro bienestar. Pero ello no significa ni renunciar a los avances que la medicina nos ha aportado ni adoptar de forma acrítica cualquier método de recogida de sangrado que se nos presente como natural.

El proceso de fabricación de todos ellos, así como sus componentes, deben estar sujetos a un fuerte escrutinio por parte tanto de la administración pública como de las mujeres que los utilizamos. Igual de importante es divulgar correctamente los resultados, para hacer frente a muchos de los mitos y creencias pseudocientíficas que rodean la mayoría de ellos.

Temas: CUP

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