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Cuotas masculinas

Marta Roqueta

De todas las medidas para incrementar la presencia de mujeres en los órganos de representación, gobierno o liderazgo de instituciones públicas o privadas, las cuotas femeninas son, de largo, la iniciativa más polémica.

A pesar de que estudios en el ámbito político catalán como los realizados por la politóloga Tània Verge muestran que las cuotas ni afectan la calidad de la política ni promocionan a mujeres incompetentes –hablé de ello en este artículo –, los datos no parecen convencer a los detractores de la medida.

El argumento que más esgrimen es que promocionar a alguien en base a su sexo va en contra de los principios de la meritocracia. Sin embargo, en cuanto a sexos se refiere, ¿es nuestra sociedad verdaderamente ‘meritocrática’? La conclusión a la que he llegado es que no. Que existen una serie de mecanismos inherentes a nuestro sistema que favorecen el desarrollo profesional de los hombres y, a la práctica, actúan como cuotas masculinas.

A grandes rasgos, las cuotas femeninas son mecanismos coyunturales claramente identificables que se aplican en el momento de realizar la acción –crear listas electorales, escoger miembros para un consejo de administración– y tienen un efecto inmediato. Su finalidad es correctiva: garantizar que la representación de un organismo se ajuste a la diversidad de la sociedad tanto como sea posible. Las cuotas masculinas, en cambio, son mecanismos de naturaleza estructural, y como tales se desarrollan antes de realizar la acción, tienen una durada más larga en el tiempo y su resultado distorsiona la representación de la sociedad.

ROLES SOCIALES

Pensemos, por ejemplo, en el desigual reparto de las tareas domésticas. Resulta más fácil escalar puestos en una empresa o hacer carrera política cuando otra persona te plancha la ropa, cría a tus hijos, cocina y te cuida cuando estás enfermo. También deberíamos echar un vistazo a cómo seguimos fomentando en niños y niñas actividades y cualidades diferentes que pueden influir a la hora de escoger futuras profesiones. Así, una niña con dotes de liderazgo puede ser tachada de mandona con más facilidad que un niño.

Deberíamos analizar, también, cómo la cultura sigue transmitiendo la noción de que la autoridad sigue siendo un atributo masculino, al igual que la genialidad, y cómo nos influyen estas representaciones a la hora de seleccionar candidatos para ocupar puestos con altas responsabilidades. En muchos ámbitos, las mujeres tienen que trabajar más para conseguir el mismo reconocimiento.

EL HOMBRE COMO NORMA

Una de las percepciones que más cimientan las cuotas masculinas es que el hombre se considera el sexo por defecto. Existe el llamado ‘Principio de la Pitufina’, referido a aquellas series de televisión o películas donde la mayoría de sus integrantes son hombres que tienen diferentes personalidades, mientras que suele existir un solo personaje femenino cuya función es ser ‘la chica’. Sucede, por ejemplo, en la serie de TV3 ‘Polseres vermelles’ o en ‘Los Pitufos’, sin ir más lejos. Esta situación traslada el mensaje de que los hombres son sujetos individuales con varios atributos, mientras que la mujer suele ser una ‘variación’ o ‘excepción’ de este patrón.

En tantas otras películas o series, todos o la mayoría de personajes que pueden ser hombres o mujeres son hombres. Sólo son personajes femeninos aquellos que, en un marco heteronormativo, tienen roles tradicionalmente asociados a las mujeres: interés romántico del protagonista, persona que el héroe tiene que proteger, etc.

En 2010, un editorial de la revista ‘Nature’ alertaba del hecho que se seguían utilizando más sujetos macho que hembra en pruebas clínicas. Según la publicación, la repetición de este patrón conllevaba que, a la larga, se hubiera recopilado menos evidencia científica sobre la salud de las mujeres.

Teniendo en cuenta estos ejemplos, pensar en una mujer como tertuliana de televisión, experta a entrevistar, candidata a diputada o presidenciable puede requerir un esfuerzo extra, y, por lo tanto, puede aumentar la sensación de que estamos buscando una cuota. Eso también puede repercutir negativamente a la hora de valorar los fallos de las candidatas. Es más fácil que su incompetencia se asocie a su condición de cuota/mujer, algo que no sólo marcará la valoración de sus futuras acciones sino también las de las mujeres que accedan a puestos similares al suyo.

Así pues, si alguien quiere que los puestos con más responsabilidad estén ocupados por los mejores y es además contrario a las cuotas femeninas, debería proponer medidas que eliminen o neutralicen las masculinas. Y, sobre todo, deberá tener en cuenta que la mayoría de las acciones tardarán años en tener efecto.

Considero que las cuotas femeninas son una solución a corto plazo de efectividad limitada. Corrigen algunas alteraciones fruto de las cuotas masculinas y visibilizan nuevos roles que las niñas y jóvenes pueden adoptar en el futuro. Aún así, siguen sin poder romper la asociación del hombre como norma, ni tampoco corrigen la distinta valoración de una misma aptitud en función del sexo de la persona.

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