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Yo, mujer europea

Marta Roqueta

Recuerdo mi primera fiesta universitaria como algo desagradable. Fui con unas amigas a una popular discoteca. Dentro del recinto, me manosearon por todas partes. No di abasto a la hora de defenderme. Mientras bailaba con mis amigas, un hombre se puso entre ellas y yo y me acorraló contra la pared. Otro hizo lo mismo cuando iba a pedir una bebida en la barra: me separó del grupo con un tirón y me preguntó si quería enrollarme con él. Cuando relaté estos hechos a varias personas, las respuestas fueron similares: “Mira que ir allí…”. Curiosamente, ya había ido a esa discoteca antes y no me había pasado nada. Claro que fui con un amigo. También recuerdo el consejo de mujeres de mi familia cuando les contaba que me iba a determinadas fiestas populares: “Vigila, porque cuando yo iba te metían mano”.

Pensé en todas estas situaciones cuando leí el artículo “Hombres migrantes y mujeres europeas”, publicado en ‘The Economist’ a propósito de las agresiones sexuales acontecidas en Colonia durante las fiestas de fin de año. El artículo defiende que hay que enseñar a los refugiados e inmigrantes –en concreto a los musulmanes– a respetar valores europeos como la tolerancia o la igualdad entre sexos. Afirma: “Las mujeres europeas gozan de su derecho a llevar lo que quieran, ir a donde quieran y tener sexo o no tener sexo con quien quieran. Nadie debería coartar estas libertades”. El artículo se acompaña de datos extraídos de encuestas sobre lo que los hombres tunecinos, marroquíes, iraquíes o jordanos piensan sobre el papel de la mujer en su sociedad. Introduce las cifras con un “hay un abismo cultural entre los países de procedencia de los inmigrantes y la rica, liberal y secular Europa”.

El artículo reconoce que las mujeres alemanas llevan años denunciando situaciones de acoso sexual en fiestas multitudinarias como la Oktoberfest. El matiz es que no habla de “hombres” (ni europeos, ni cristianos, ni de ningún origen o religión concreta) sino de “multitudes borrachas”. Por ende, no propone la educación en los valores europeos de estas masas borrachas, sino la instalación de cámaras de seguridad para disuadir a potenciales agresores.

Lo que más choca de este texto es la rapidez con la que identifica las causas que llevan a hombres extranjeros a agredir sexualmente a mujeres europeas y la facilidad con la que naturaliza aquellos casos en los que los potenciales agresores son hombres locales. La Unión Europea publicó en 2014 un estudio de prevalencia de la violencia contra las mujeres en todos sus Estados miembros. Según el estudio, en la rica, liberal y secular Europa una de cada tres mujeres ha sufrido violencia física y/o sexual, y el 5% de las europeas han sido violadas.

Con todo ello no quiero decir que exculpemos a los extranjeros que cometen agresiones sexuales. Como si a mi, mujer europea que ha sido agredida por hombres europeos, me dolieran menos los ataques que pudieran cometer sobre mí los migrantes. Lo que propongo es que, si de verdad queremos acabar con las agresiones sexuales que sufren las mujeres, además de castigar a los culpables, deberíamos ir más allá de la cultura, la religión o los orígenes socioculturales de los agresores y empezar a analizar las relaciones entre ambos sexos que se establecen en las sociedades en las que se han educado. Los europeos y los no europeos.

Podríamos fijarnos en qué roles se adjudican a seres humanos macho y seres humanos hembra y qué características físicas y psicológicas constituyen que un individuo se considere ‘hombre’ y otro individuo ‘mujer’. También en cómo se organizan las relaciones sexuales. Por ejemplo, si la sexualidad de la mujer está oprimida o bajo qué circunstancias se considera aceptable. O si la sexualidad masculina es vista como una necesidad imperiosa que hay que satisfacer a toda costa, y si ser un hombre “de verdad” implica someter sexualmente a una mujer. En consecuencia, podemos analizar si el consentimiento de una parte de la sociedad prevalece por encima de la otra.

Si sólo ponemos el foco sobre los agresores en función de su cultura o el método que emplean en agredir a una mujer, lo único que estaremos haciendo es regular quién puede hacer un uso gratuito e impune del cuerpo femenino y cuál es la mejor forma de hacerlo. No es un tema baladí, puesto que el control de la mujer –y en especial, de su reproducción– ha sido utilizado en muchas sociedades para prevenir injerencias de hombres de otras comunidades.

La profesora emérita de Antropología Social de la Universitat Autònoma de Barcelona Verena Stolcke realizó una detallada investigación sobre las relaciones entre claseraza y género en la Cuba colonial en el marco de su tesis doctoral. En su estudio, constató el control sobre los matrimonios ejercido por el gobierno. En especial, comprobó la dominación sobre la sexualidad de las mujeres blancas, debido a su vinculación con la preservación de la pureza racial de las élites. Las mujeres ‘de color’, en cambio, podían ser objeto de uso y disfrute de los hombres blancos.

En Myanmar, monjes budistas han impulsado en los últimos años leyes para prohibir el matrimonio de mujeres budistas con hombres musulmanes, así como para introducir medidas de control de la natalidad en mujeres de minorías étnicas. Estas medidas se enmarcan en la opresión sistemática perpetuada por el gobierno del país contra la minoría rohingya, que practica el islam. Una de las justificaciones de los grupos de monjes extremistas para los ataques es la violación de mujeres por parte de musulmanes, en un país donde el ejército al servicio del gobierno (budista) ha sido acusado por varias organizaciones internacionales de utilizar las violaciones a mujeres de minorías étnicas como arma de guerra. Según denuncian varios medios, estos budistas extremistas, además, amenazan a las asociaciones que llevan a cabo políticas en favor de los derechos sexuales de las mujeres en ese país.

Estos ejemplos pueden ayudarnos a entender por qué sectores de nuestra sociedad que nunca antes habían alzado la voz para defender los derechos de las europeas –y que incluso han combatido su avance cuestionando la veracidad de las agresiones que reciben o culpabilizando a las víctimas– sean ahora de los más preocupados con las agresiones sexuales de hombres “musulmanes”. Curiosamente, ha tenido menos eco la marcha de condena de las agresiones de Colonia realizada el sábado 16 de enero, en la que participaron hombres musulmanes bajo el lema “Syrians Against Sexism” (Sirios contra el sexismo).

Es cierto que los gobiernos europeos tienen muchos frentes abiertos a la hora de gestionar la integración de ciudadanos de otros países o de otras culturas. Avanzar hacia la igualdad de todas las mujeres –migrantes, autóctonas, cristianas o musulmanas– que viven dentro de sus fronteras sin caer en el racismo o la xenofobia es uno ellos. El riesgo es llevar a cabo políticas que sólo sirvan para restringir los derechos de una comunidad en nombre de la seguridad de una parte de la sociedad que seguirá tan vulnerable como siempre.

Ya que hablamos de mujeres europeas, resulta bastante humillante ver como tu dolor, o el de tus conciudadanas, es utilizado por hombres para desacreditar a otros hombres.

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