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Ada Colau i Gerado Pisarello durante el pleno del Ajuntament

Colau, Nogueras, Arrimadas y Gabriel

Marta Roqueta

Mientras aún son pocos los partidos que incluyen el feminismo como parte fundamental de sus programas electorales y políticas públicas, mujeres de toda ideología son objeto de burlas, comentarios, críticas o ataques más relacionados con su condición de mujer que no con sus ideas o aptitudes políticas.

Toda figura pública, sea hombre o mujer, está sometida a una valoración positiva o negativa de una forma constante. Sin embargo, ello no excluye que hagamos una reflexión sobre qué tipo de críticas reciben, cómo y cuándo se producen y cuál es el grado de violencia inherente en ellas.

Analizar qué tipo de críticas reciben nuestras representantes políticas –y, sobre todo, cuál es la respuesta que generan– nos da una información muy valiosa sobre qué roles, actitudes y representaciones seguimos considerando pertinentes para las personas de distintos sexos. Resulta interesante, por ejemplo, observar la significación de las palabras ‘tieta’ o ‘padrina’ para definir a Carme Forcadell o Muriel Casals, en contraposición a la figura del ‘cuñado’ que en algunos círculos sirve para definir el programa político de Ciudadanos.

La mandona Colau

En más de una ocasión, el exalcalde de Barcelona Xavier Trias se ha referido a la actual alcaldesa de la ciudad, Ada Colau, como una “mujer mandona”. La crítica de Trias resulta chocante teniendo en cuenta que la función de un líder político es ésa, mandar. Barack Obama quiere regular la venta de armas de fuego a pesar de la oposición del Congreso y no por ello consideramos que es un mandón. Existen muchas formas de calificar dirigentes como Bachar el Asad o Hosni Mubarak y ‘mandones’ no figuran entre ellas.

La repercusión negativa del término ‘mandona’ y su uso común para referirse a mujeres que exhiben habilidades de liderazgo es problemática. Al calificar como negativa una característica que en los hombres es positiva –o inherente si son figuras de autoridad–, estamos dando a entender que tal vez ésa no sea una actitud deseable para una mujer.

Arrimadas y Levy, las ‘it girls’

Buena parte de los nuevos políticos españoles (Pedro SánchezAlberto GarzónAlbert Rivera) hacen gala de atractivo físico. Por ende, se ha discutido sobre la imagen de los representantes públicos como parte de la espectacularización que está sufriendo la política española –con bailes televisados y visitas en casa de Bertín Osborne. Sin embargo, la connotación negativa de la categoría “joven, guapo y sobradamente preparado” ha sido mucho más nociva para ellas.

Durante 2015, Inés Arrimadas (Ciudadanos) y Andrea Levy (PPC) han adquirido protagonismo en la política catalana. La información sobre ellas en los medios de comunicación ha sido a menudo contada con un estilo más próximo a la crónica rosa que no de la política. Sus relaciones sentimentales con hombres de ideología independentista han sido destacadas en algunos de sus perfiles.

En general, las candidatas de Ciudadanos se presentan como un puñado de ‘it girls’ (chicas a la moda) que sirven los planes de expansión de Albert Rivera. En cambio, los medios han sido mucho más prudentes al describir y representar las relaciones que el líder naranja establece con los hombres de su partido.

Hay quien apunta que hay partidos que utilizan mujeres atractivas para vender su mensaje. Aunque así fuera, eso no justifica que los medios compren esa idea y la incorporen a su discurso.

Las rubias de CDC y las feas de la CUP

La excesiva familiaridad con la que se trata a mujeres en posiciones de poder lastra su imagen como figura de autoridad. En pleno debate en 'La Sexta Noche' hace un par de sábados, Xavier Sardà no dudó en dirigirse con un ‘rubia’ a la concejala de CDC en Cardedeu Míriam Nogueras.

La valoración gratuita de la apariencia física de las dirigentes y la construcción a partir de ella de su identidad como sujeto político refuerzan la concepción que el cuerpo de la mujer es un asunto público. Si bien Arrimadas, Levy o Nogueras han sido definidas a menudo por su ‘buen aspecto’, las representantes políticas de la CUP o de la izquierda abertzale han sido juzgadas por justo lo contrario. Su estética alejada de los cánones de belleza hegemónicos se interpreta como un signo de fealdad, hasta el punto que ‘ser fea’ se considera un hecho característico de las mujeres de esas formaciones. Si bien los hombres de la CUP y de Bildu también siguen dicha estética, ésta se asocia a la ideología o a un estilo de vida y no influye en su valoración como seres sexuales.

Tras la decisión definitiva de la CUP de no investir a Mas, se produjeron ataques sistemáticos hacia mujeres de la formación anticapitalista por parte de usuarios de las redes sociales, la mayoría mediante insultos claramente sexualizados (‘puta’). Entre todos los ataques, destaca la demonización de Anna Gabriel. Se la consideró la responsable última de la no investidura de Mas, muy en sintonía con la imagen de manipulación y maldad que la tradición cultural ha asociado a las mujeres.

En internet, esta persecución ha sido también observada en el caso de mujeres implicadas en el mundo de los videojuegos (‘Gamergate’) o de autoras de columnas de opinión en publicaciones periódicas, tanto en el mundo anglosajón como en España. La hostilidad con la que son recibidas aquellas que dan su opinión o que se implican en luchas políticas alimenta la percepción que el espacio público es un lugar peligroso para ellas, y que es mejor que o bien no alcen la voz o bien no participen en el debate.

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