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Análisis

'Més justa i més guapa'

Xavier Martínez Celorrio

Somos una ciudad atractiva para los negocios, pero ¿debemos aceptar niveles asiáticos de desigualdad?

La identidad de orgullo y prestigio de Barcelona empezó cuando el equipo de Maragall inició la campaña Barcelona, posa't guapa en el lejano 1985. Aquel programa permitió rehabilitar y mejorar el 31% de los bloques de viviendas de la ciudad, además de cohesionar la ciudad con un urbanismo más social y digno. Eso fue en los años 80 y 90. Eso era redistribuir riqueza para igualar los barrios y la ciudadanía. Ese ha sido el modelo de éxito de Barcelona. Un modelo que luego se emborrachó de narcisismo fashion posmoderno, olvidando lo más importante.

¿Qué fue lo importante de ese modelo? Redistribuir riqueza y hacer aumentar la igualdad para que, una generación después, ya en los años 2000, se eleve el nivel educativo, cultural y de innovación de la ciudad. Así, la ciudad se hizo más productiva, creativa y competitiva, siendo hoy una ciudad global de envidiable atractivo. De ahí su éxito turístico. En suma, las políticas de Maragall produjeron más igualdad y justicia social, que es la base del desarrollo. Aquí y en todas partes. Ahora tenemos el mismo dilema y el mismo imperativo: producir más igualdad social para ganar el futuro.

Invertir en igualdad

El pleno de la nueva alcaldesa Ada Colau aprueba un plan de emergencia para invertir en infancia y luchar contra la pobreza. Invertir en igualdad hoy, para recoger los frutos en el mañana. Ese debería de ser el consenso de la Barcelona 2015-20, asumido por todos los partidos que dicen ser democráticos. Porque si no combates la desigualdad y la pobreza, si no restituyes la cohesión social destruida por la crisis y el rescate bancario, no haces sino reproducir la servidumbre y el poder de clase. Porque la desigualdad y sus efectos dañinos son el explosivo que destruye la democracia con ondas expansivas que tardan en llegar, pero llegan.

La alcaldesa Colau, arropada por ERC y PSC, dan el primer paso por unas políticas más ambiciosas de lucha contra las desigualdades. El desafío es enorme. En el 2014, el índice Gini de desigualdad en Barcelona es de 36,6, el mismo nivel de desigualdad que tienen Camboya y Vietnam. Demasiado e inaceptable. La economía urbana de Barcelona juega en la primera división de la economía global. Entre 2008 y 2012, y a pesar de la crisis, es la décima ciudad del mundo y la cuarta europea que ha atraído más proyectos de inversión. Somos una ciudad global y atractiva para los grandes negocios, pero ¿debemos aceptar unos niveles asiáticos de desigualdad? Es la respuesta que los partidos democráticos han de dar hoy en el pleno.

Hoy se aprueba un plan de choque pero las decisiones políticas han de ir más allá. Más allá, incluso, de una renta municipal garantizada que cubra las necesidades vitales básicas. El gran objetivo es revertir la segregación dual que ha abandonado a sus franjas periféricas (Norte-Besòs y Zona Franca-Ciutat Vella). Barcelona solo será guapa si se hace socialmente más justa y colaborativa. Será la mejor forma de amarla.

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