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ANÁLISIS

Los 11 de El Raval, o no...

Joan J. Queralt

Las historias de espías, agentes encubiertos y demás trabajos de cloaca en manos de John LeCarré son obras maestras. El divertimento o la denuncia de los bajos fondos se torna en tragedia cuando la tinta no es de imprenta, sino de sentencia condenatoria de los que han sido víctimas de insidias y chalaneos de servicios de seguridad que, como no es infrecuente, se chotean hasta del lucero del alba para seguir mantenido sus chiringuitos, abiertos y sin control.

Algunas de estas intrigas han hecho que 11 musulmanes inmigrantes de El Raval se hayan convertido en carne de cañón, de intercambio o de contrabando de favores entre servicios de información, con la consecuencia de dar con sus huesos en la cárcel, según las informaciones periodísticas solventes, tal como informa EL PERIÓDICO. Los servicios de información de un país tercero se han reído de sus colegas y de fiscales y de jueces españoles.

Estos pobres diablos fueron delatados por un quimérico terrorista arrepentido en el último minuto y les denunció, en 2008, por querer realizar un gran atentado en Barcelona. Recogidas pruebas indiciarias, todo menos sólidas, fueron condenados gracias a su delator en el juicio correspondiente. Ello nos tiene que hacer reflexionar sobre los llamados testigos protegidos y su verificación, verificación de difícil constancia. Junto a estos testigos protegidos, de hecho confidentes y, por tanto, a sueldo de las fuerzas de seguridad, aparecen los informes de inteligencia, criticados por jurídicamente improcedentes y carentes de solidez, dignos, de prestarse a un concurso literario de segunda. Los juicios resultantes no figuran, aun acabando en absolución, entre lo más granado de la jurisprudencia.

Porque no se debe pasar por alto un extremo. Este tipo de juicios, de terrorismo o no, pero sensibles para concretas políticas de potencias que se dicen amigas, están supervisadas por ellas y a ellas hay que dar cuenta. Un ejemplo en la memoria de todos fue el peregrino caso del Comando Dixan -con pseudoperitajes de agentes norteamericanos-, tan ensalzado por algún expresidente del Gobierno.

En este intercambio de información, los miembros de la peculiarmente denominada comunidad de inteligencia se dicen lo que se dicen, cuando se lo dicen, a quien se lo dicen y en la medida de que lo dicen. Así, el famoso testigo protegido F-1 en el caso de El Raval hizo quedar mal a la Guardia Civil, pues no era terrorista, ni parece serlo tampoco a día de hoy. Según las informaciones públicas -no secretas- disponibles, se trata de un delincuente habitual, con causas más o menos abiertas en varios países, incluido el suyo de origen, Paquistán. Los delitos son variopintos, pero relacionados todos con la trata ilegal de personas, delito repugnante.

Un sujeto así, que va de país en país, sin nunca caer en las redes de la justicia formal, saliendo de calabozos por las puertas traseras, debería haber llamado la atención de quien correspondiera a la vista de que responde al prototipo del confidente: un delincuente, que denota un carácter miserable y que vende a los suyos como modus vivendi es más, no puede ser otra cosa, que un infiltrado que, a lo mejor, se cree un émulo de James Bond. A los 11 de El Raval les falló todo, todo menos la condena. Esperemos que, ahora, en instancia de revisión, se tenga la gallardía de reconocer y reparar el error.

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