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Mirador

Métaselo donde le quepa

Ramón de España

Los onanistas virtuales han metido la pata con el palo del selfi y lo van a pagar caro

Sostenía Andy Warhol que la masturbación no es más que hacer el amor con la persona a la que más quieres en este mundo. Es imposible llevarle la contraria mientras la masturbación siga siendo el acto discreto que siempre ha sido en su versión literal, pero hoy día vivimos en una sociedad en la que impera la masturbación metafórica, que se practica en público y exige una audiencia para resultarle satisfactoria al onanista social adicto a FacebookTwitterInstagram y otras redes que se han entregado a ella con un entusiasmo digno de mejor causa. Superando conceptos caducos sobre la jerarquía moral y la importancia, o no, de lo que se dice y se hace, internet ha logrado que las opiniones de un premio Nobel y las de un cenutrio compartan espacio virtual porque todos somos importantes, cada uno a su manera, nadie es superior a nadie y todos tenemos derecho a propagar nuestras opiniones, a mostrar la jeta (o el culo) a través de la red y, ya puestos, a insultar y amenazar a quien nos caiga mal. Se acabaron los tiempos en que nuestra capacidad de influir en la sociedad se limitaba a enviar cartas a los periódicos, donde, encima, había que identificarse y saber construir frases con sujeto, verbo y predicado. Esta intolerable muestra de severidad ya no la aguanta nadie: si uno quiere emitir sus ideas (o sus rebuznos), ya no necesita intermediarios, le basta con entrar en Twitter y resumir su visión del mundo en 140 caracteres.

Cierto es que para mantenerse alejado de este imperio del ego basta con situarse a una prudente distancia de las redes sociales, pero sus usuarios han encontrado la manera de trasladar su existencia virtual a la física, y para ello les ha bastado con un palo enganchado al teléfono móvil cuya presencia empieza a ser de una ubicuidad preocupante. Más les valdría haberse quedado en la red, cómodos y calentitos, porque el palo para selfis, digámoslo claro, representa cruzar una línea que nunca debería haber sido rebasada: la que separa el mundo virtual del real. Como utensilio físico, el palo de marras se hace notar de manera inevitable, obligando a la sociedad a defenderse.

Vamos a ver, la figura del selfi ya resulta ofensiva por lo que tiene de masturbatoria. Hacerse fotos a uno mismo delante de La Gioconda o de Las Meninas ya pretende destacar la presencia del humano sobre la de la obra maestra. Posible pie de foto: «La Gioconda y yo». No, demasiado discreto: «YO y La Gioconda». Ya me gusta más. Y si reúno a mis amigos y le pongo el palo al móvil, la cosa mejora: «Admirable grupo de seres humanos frente a lienzo viejuno». Insuperable. ¿Qué fue de la costumbre de entrar en un museo con las manos vacías, observar los cuadros en silencio y llevarse de ellos un recuerdo mental? ¡Bah, una pijada propia de carcamales! Si no te haces un selfi delante de La Gioconda es como si nunca la hubieras visto.

Ya en los años 60, Ray Davies se burlaba, en su canción 'People take pictures of each other', de los que retrataban su entorno humano «solo para demostrar que se quieren, solo para probar que realmente existieron». Con el tiempo, el entorno se ha reducido prácticamente a uno mismo. Y la sociedad te lo permite mientras no intentes colarte en el mundo real con algo tan primario como un palo. Ya ha empezado a tomar medidas al respecto: prohibición del palo en algunos museos y salas de conciertos, así como en festivales de música pop. Los onanistas virtuales han metido la pata con el palo del selfi y lo van a pagar caro, espero.

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