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La cita de Brasil

La doble cara de los Mundiales

J. L. Pérez Triviño

La pasión por el fútbol remite tanto a una miniaturización de la guerra como a los lazos emocionales

Si me preguntasen qué significa para mí la Copa del Mundo de Fútbol -o los Mundiales, como coloquialmente la conocíamos y aún nos referimos a ella-, tendría dos tipos de respuesta. La primera, más emocional y espontánea, y en algún sentido ingenua. La segunda, más reflexionada, más crítica y definitivamente cáustica.

En efecto, en una respuesta más emocional los Mundiales significan para mí retrotraerme a la infancia, al grupo de amigos que contábamos los días previos a su comienzo, a las apuestas por saberse  las alineaciones de cada selección, las sedes y los estadios, y al seguimiento ilusionado de los partidos en una televisión aún en blanco y negro. Sin embargo, en un análisis más racional y teniendo en consideración los aspectos deportivos pero también los económicos, los sociales y los políticos, la conclusión sería muy distinta, si no opuesta.

Desde un punto de vista económico, los Mundiales son en la actualidad un gran negocio en el que están implicadas grandes multinacionales del deporte, así como las compañías que patrocinan a la

FIFA y las grandes cadenas de televisión que pugnan por los derechos de retransmisión. Tras los Juegos Olímpicos, la Copa del Mundo es el evento deportivo que más ingresos genera para una entidad deportiva, en este caso la FIFA. Se calcula que en este Mundial los ingresos llegarán a 4.000 millones de dólares. ¿A qué se dedica este dinero? Más allá de las dudas acerca de su uso, expresadas, entre otros, por Maradona, una parte va a parar a las federaciones participantes, que a su vez dedican una porción a primar a los respectivos jugadores. En el caso de España ha sido especialmente vergonzoso conocer que la Federación Española de Fútbol gratificará con 720.000 euros a cada jugador si ganan el torneo. ¿Y de dónde obtienen sus fondos algunos miembros de la FIFA? Como se está viendo estos últimos días en las informaciones sobre la elección de Catar como sede del Mundial del 2022, las sospechas de corruptelas para favorecer en las votaciones a ese país empiezan a ser demasiado verosímiles.

Desde un punto de vista político también es discutible que una competición entre estados sea compatible con el espíritu del deporte, básicamente una competición entre individuos, no entre naciones o entes estatales que casi parecen enfrentarse bélicamente. Que en la actualidad los grandes eventos deportivos se hayan desviado de esta idea originaria del deporte ha generado críticas, porque se han convertido en vehículos de expresión del nacionalismo deportivo, y consiguientemente sirven para profundizar en los sentimientos de división entre naciones. Y es que el fútbol es, desde esta perspectiva política, la continuación de la guerra por otros medios.

Por último, desde un punto de vista social, y centrándonos en este Mundial, también existen dudas acerca de su oportunidad en una sociedad como la brasileña, que pese a  su crecimiento económico reciente sigue albergando enormes bolsas de pobreza y desigualdad. A falta de ver como se desarrollará la competición deportiva, probablemente el Mundial de Brasil será recordado por las masivas protestas sociales como reacción a la caótica gestión económica del campeonato, trufada de ineficiencia, gastos superfluos y difícilmente justificables y amplias sospechas de corrupción.

Sin embargo, y a pesar de estas valoraciones extradeportivas, ¿por qué todavía los Mundiales generan tanta expectación? Creo que, entre otras, hay dos explicaciones. La primera remite a la vinculación entre fútbol y guerra, vista antes. El fútbol puede ser visto como una miniaturización de la guerra, no de la guerra contemporánea con drones y armas químicas o tecnológicas, sino de la batalla tribal, sin artificios, del cuerpo a cuerpo. El carácter belicista del fútbol también se refleja en las camisetas, correlato de las banderas en los ejércitos. Aquellas suelen tener un sentido simbólico que se completa con el escudo, donde se blanden los elementos identitarios del club, su procedencia, sus galones o la apelación a los dioses o héroes que los amparan. Aunque sea de forma inconsciente, para el aficionado al fútbol la adhesión a su equipo -en este caso, a su selección-es el vestigio de esa raíz tribal que todavía tenemos los seres humanos. Y la Copa del Mundo, con toda su parafernalia, constituye la exacerbación de este componente primitivo que anida en nuestro cerebro.

La segunda explicación es más optimista, pues los Mundiales suponen un motivo para apasionarse con el juego y a la vez ahondar  los lazos sociales con los conciudadanos. Y es que los Mundiales constituyen para los aficionados de medio planeta una vuelta a su pasado emocional, a su infancia, pues, como decía Rilke, es ahí donde reside la verdadera patria de los seres humanos.

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