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Pequeño observatorio

Aquello pasado de la buena letra

Josep Maria Espinàs

Es fácil observar que está en decadencia lo que se llamaba «tener buena letra». No sé si en las aulas infantiles se enseña hoy caligrafía. De mi tiempo escolar, recuerdo que los pequeños alumnos eran clasificados por la precisión del trazo y la limpieza de la letra. Las letras que escribíamos en los dictados debían estar bien dibujadas.

Si no me equivoco, Ana López, diplomada en grafopsicología, se dedica a educar la escritura. Dice que una grafología deficiente es el indicio de algún problema y que trabaja también con los alumnos sobre la autoestima, las emociones, la familia, los amigos, la timidez... Yo pertenezco a la antigua generación, en la que se exigía a los alumnos que las letras estuvieran perfectamente dibujadas. Nos disciplinaban con ejercicios de ortografía. No podíamos imaginarnos, entonces, lo que acabaría pasando: que la valoración estética de la ortografía sería superada por la valoración psicológica.

Por otra parte, tengo la impresión de que hoy la atención dedicada a la letra es escasa. En algunos exámenes, si el profesor lee las respuestas manuscritas puede dudar de lo que lee. Si confío en mi experiencia lectora de cartas, hay palabras que no entiendo. Añadamos que las firmas pueden ser muy creativas pero difícilmente identificables. Me doy cuenta de que yo mismo he pasado a hacer una letra más pequeña que antes, y no sé si es por la edad o porque escribo con una excesiva rapidez. Además, existe la generalización de la informática. Hemos llegado al punto de que, prácticamente, ya solo se teclea. La letra escrita a mano ha entrado en crisis. Y al final de estos escritos impersonales a menudo ya no hay ningún signo de identidad.

La rapidez de esta comunicación es fantástica. La máquina corrige incluso las faltas de ortografía. Nunca se habían recibido los textos de diversos escritos con la misma letra. Un tipo de letra que tanto sirve para reclamar una deuda como para una efusión sentimental.

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