Ir a contenido

Tribuna

No es eso, compañero

Jordi Martí Grau

Lamento tener que irrumpir hoy en las páginas de EL PERIÓDICO, pero el artículo que el lunes firmaba en este diario Antonio Balmón no me ha dejado demasiado margen. Quien me conoce sabe que soy un gran defensor del debate político, de la confrontación pública de ideas por muy alejadas que estas parezcan estar. Como miembro de la ejecutiva del PSC, siempre que ha sido necesario, he defendido y argumentado en este marco mis puntos de vista. Por este motivo, la lectura de El derecho a existir del PSC ha sido como una bofetada de principio de curso. Sinceramente, me cuesta entender la aspereza que destila este escrito. En política

-que es de todo menos una ciencia exacta- cualquier idea tiene que poder estar sometida a la crítica, pero hay un límite que no se debería traspasar nunca: sustituir las razones, los argumentos, por los ataques personales.

En el PSC sobra gente, pero no sobran sus ideas. La afirmación de Balmón es sencillamente terrible. Sí, puedo llegar a imaginar una situación en la que a alguien se le invite a marcharse por sus ideas: no hay sitio, por ejemplo, para quien exprese ideas discriminatorias hacia cualquier colectivo de la sociedad. Pero si las ideas no son el problema, el motivo de la exclusión es infantil: porque alguien, sencillamente, no me cae simpático. Y llegados a este punto, una pregunta: ¿quién es nadie para atribuirse la capacidad de distinguir entre buenos y malos militantes? Si algunos atributos de la condición humana como la vanidad o mirarse el ombligo son razón para excluir a alguien del PSC, ¿no tendremos que acabar marchándonos todos? Los argumentos de arena de Balmón, lamentablemente, se escurren entre sus dedos y por eso acaba recurriendo al ataque personal, tildando a destacados dirigentes del socialismo catalán de profesionales de la polvareda. Lamentable.

Nos dice Balmón que al PSC se le ha acabado la hora del patio y que hay que volver al aula, donde toca acción y una sola voz. Más allá de la tristeza que me produce el uso de la metáfora educativa -las aulas son hoy un inmenso escenario de la diversidad de la sociedad catalana-,

quiero insistir en que solo existe una manera de ir afinando una posición común, en las antípodas de su artículo: diálogo, diálogo y diálogo. Antonio, si realmente estás convencido de que todas las ideas que conviven en el PSC tienen cabida, el discurso debe ser compartido y acordado. Esta es la tradición del PSC, la base de sus éxitos: la de un partido que ha ido tejiendo complicidades con sectores sociales bien diferentes y puntos de vista ideológicos diversos. Ciertamente, con las tensiones inherentes a esta pluralidad pero con el convencimiento permanente de que siempre falta gente y no ha sobrado nunca nadie. En un partido que se ha ido empequeñeciendo hasta extremos preocupantes, imponer la democracia interna de manera sistemática como método para acallar a los díscolos o directamente invitarlos a irse es renunciar a aspirar al liderazgo de la sociedad. El partido sin amos que defendían los fundadores significa entender la dirección desde el liderazgo y no desde el autoritarismo.

Pasarse al enemigo

El artículo de Balmón se apoya sobre otro argumento preocupante: los culpables de la situación actual del PSC son los que nos metieron «en un agujero inmenso» -supongo que se refiere a los siete años de Gobierno de progreso en Catalunya- y, encima, algunos de estos mismos responsables son los que ahora le niegan al partido el derecho a existir. ¿Nos está diciendo Balmón que los siete años de gobierno de izquierdas, con el presidente Montilla incluido, son el agujero negro del socialismo catalán? Es muy saludable ser crítico con la propia acción de gobierno, pero llegar a este extremo es pasarse al enemigo. Es lo peor que se puede hacer para la recuperación del socialismo en nuestro país y el mejor argumento para nuestros adversarios. Es cierto que durante aquellos años se cometieron errores -forzar la caída de Pasqual Maragall después de haber permitido el pacto de Zapatero con Mas alrededor del Estatut fue uno de ellos-, pero pensar que los males de hoy solo son herencia del tripartito es eludir la responsabilidad con el presente. Antonio, no es eso, compañero, no es eso. Menos buscar culpables y más tender puentes de diálogo; menos ataques a deshoras y más razonamientos sólidos; más debate y pluralidad y menos autoritarismo. Y, ahora más que nunca, más primarias.

Una breve referencia a Barcelona. Nuestra ciudad ha sido, sin duda, el espacio de síntesis del socialismo catalán, allí donde el PSC modeló el perfil singular que lo acabó llevando al Govern de Catalunya. La sociedad barcelonesa, con toda su infinidad de matices, ha sido el caldo de cultivo de un partido de izquierdas de amplio espectro, capaz de sumar y agregar a todos los colectivos que anhelaban justicia social y una ciudad vibrante y cosmopolita como capital de Catalunya. El liderazgo indiscutible de Maragall estuvo acompañado de gente como Marta Mata, M. Aurèlia Capmany o Oriol Bohigas, pero también de otros como Antonio Santiburcio, Juanjo Ferreiro o Paco Narváez. Muchos piensan que el tiempo del PSC se ha acabado y que la actual tensión entre Catalunya y España finiquitará el socialismo catalán tal y como se forjó en el año 1978. Las cacareadas dos almas condenadas a vivir separadas por siempre jamás. Me entristece ver que mientras Balmón señala culpables y asegura que en el PSC sobra gente, olvida el trabajo que hay que seguir haciendo: más que nunca se necesitan fuerzas de izquierda capaces de aglutinar al máximo en una sociedad cada vez más plural. Es, hay que insistir, la tradición genuina del PSC, la que unió construcción nacional y justicia social, del mismo modo que articuló una alianza entre las clases populares y los sectores más dinámicos de la sociedad. Esto es lo que hicieron, entre otras, todas estas voces que hoy irritan al número dos del PSC. Renunciar a su capital es no entender la importancia de la tradición de un partido como el nuestro.

En Barcelona hemos iniciado acertadamente un camino que debe trasladarse también a Catalunya: las primarias abiertas para escoger candidato a la alcaldía. Hay quien cree que es un buen método para tiempos de calma. A mí me parece que cuando hay un debate vivo, con alternativas y estrategias diferentes, el mejor camino es dar voz al ciudadano. Catalunya, y más en los tiempos actuales, necesita un PSC fuerte que no se abrace a ninguna bandera, sino a los anhelos y necesidades de los ciudadanos a los que aspira a representar. Cuantos más seamos, más nos acercaremos.

0 Comentarios
cargando