Ir a contenido

España en territorio comanche

Ramón Lobo

España tiene soldados desplegados en territorio comanche, potencialmente más peligroso que Afganistán. La misión de la ONU en El Líbano no ha cambiado desde 2006, pero el país y la zona sí; y mucho. Sobre todo Hizbulá, el partido de Dios, que ha internacionalizado su lucha. Ya no es defensiva, contra Israel, excusa que le permitió conservar sus armas tras los acuerdos de paz de Taif que pusieron fin a la guerra civil libanesa (1975-1989); ahora es ofensiva, contra la insurgencia suní que trata de derrocar al régimen de Bashar el Asad en Siria.

El riesgo de conflicto entre Israel y Hizbulá se mantiene. Si no hubo guerra entre ellos en estos siete años no fue por la misión de la ONU, que parece decorativa, sino porque el calendario de las partes marca espera. A ese riesgo se suma otro: que la guerra de Siria se duplique en El Líbano, un país rico en lenguas, costumbres, culturas y religiones que hace décadas decidió convertir lo que parecía una fortuna en un lastre para la convivencia.

Desesperanza

Humana Haddad, periodista y destacada poeta libanesa, me dijo en el 2006 en su despacho de Beirut, muy cerca de la antigua línea verde: «Educo a mis hijos para que puedan vivir en el extranjero». No es la única. Resulta demoledor, una muestra de desesperanza radical. Cualquier paz parece un aplazamiento para otra guerra.

El Gobierno español ha retirado la mitad sus tropas. La razón dada es técnica: la crisis económica, los recortes. El repliegue, anunciado en 2012, cuando la guerra civil de Siria parecía romántica y no había contaminado a El Líbano, se ha efectuado de manera discreta y coordinada con la ONU. Nada que ver con la salida de Kosovo que la ministra Chacón dio a conocer en un telediario sin informar antes a sus socios de la OTAN.

El almirante Teodoro López Calderón, jefe de operaciones del Estado Mayor de la Defensa, dijo esta semana que no habrá más repliegue, que se mantienen los 558 militares españoles restantes. El plan es salir en 2014.

La decisión de Hasan Nasralá, jefe de Hizbulá, grupo chií que domina el sur y el valle de la Bekaa, de luchar junto a las tropas de Asad ha abierto la caja de Pandora. Esta semana hubo combates en Sidón, una de las tres principales ciudades de El Líbano junto a la capital y Tiro. En la refriega con un clérigo salafista, emparentado con algún sector yihadista de la insurgencia anti-Asad, murieron 12 soldados. La lucha partió el país en dos. También han explotado dos bombas caseras colocadas en una autopista.

Son recordatorios de que la guerra en Siria es también una lucha confesional entre sunís y chiís-alauís, y que no tiene fronteras. Asad es alauí, como la mayoría de su Ejército; los alauís son una secta chií. Esta guerra, paralela a las otras, a las más visibles como la que Occidente libra contra Irán, deja sorpresas como el distanciamiento entre el grupo palestino Hamás y Hizbulá. La noticia ha pasado desapercibida.

Hamás (suní) rompió hace meses con Asad y trasladó su oficina política a Jordania. Ahora se distancia de Hizbulá, su modelo de lucha y suministrador de armas, tecnología de cohetes e ideas guerrilleras. Les unía un cierto internacionalismo; ahora les separa la religión.

Algo está cambiando en Oriente Próximo mientras que Israel, EEUU y la UE siguen atrancados en la misma retórica. La retórica y la propaganda generan seguridad, son mundos conocidos.

Se entiende en el caso de Israel. Ese discurso duro, sin fisuras, es parte esencial de su guerra defensiva, de sus campañas de desinformación. Está en su interés a corto plazo; sabe lo que dice y por qué lo que dice. EEUU da la sensación de ir a remolque desde el 11-S, de haber israelizado su política exterior: ejecuciones extrajudiciales con drones, prisioneros sin juicio ni derechos. Washington no sabe o no quiere leer la nueva partida que se juega en la zona, descubrir sus ventajas.

El discurso israelí

La victoria del moderado Hassan Ruhani en Irán, el embrollo sirio y la actitud de Hamás deberían abrir espacios para negociar la cuestión nuclear y reanimar el proceso de paz con los palestinos. Es lo que no quiere el primer ministro israelí Binyamin Netanyahu. Necesita un enemigo exterior y hacer desaparecer a los palestinos. El discurso político en Israel ya no está en la solución de los dos estados, sino en la anexión de gran parte de Cisjordania.

Los palestinos son los grandes olvidados en este cambio estratégico en Oriente Próximo, los grandes perdedores. Dejaron de estar en la agenda internacional tras los atentados de Washington y Nueva York.

Desde entonces todo es terrorismo, Yihad, conmigo o contra mí, pérdida de derechos. Los palestinos ya son casi como los saharauis: un pueblo olvidado.

0 Comentarios
cargando