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NÓMADAS Y VIAJANTES

El efecto kosovar

Ramón Lobo

Kosovo es un territorio emocional para los serbios. Cuando pronuncian el nombre, surge una voz del inconsciente, grave, profunda que no admite desavenencias. Muchos de los que se exaltan jamás estuvieron en Kosovo, un territorio empobrecido que durante años fue tierra de castigo y apartheid; un basurero de funcionarios inútiles, corruptos y disidentes. Allí nació el mito de la primera nación serbia en la Edad Media y allí murió en 1389 junto al rey Lázaro en la batalla de Kosovo Polje ante el imperio otomano. No fue solo una derrota serbia, como se reclama; también lucharon croatas, húngaros, bosnios y albaneses. Lo cuenta Ismaíl Kadaré en Tres cantos fúnebres (Alianza).

Slobodan Milosevic jugó con la mitología, manipuló miedos e historia disfrazado primero de comunista, después de nacionalista cuando solo era un oportunista con sangre en las manos. Suprimió la autonomía de Kosovo en 1989 y provocó cuatro guerras balcánicas en pos de la Gran Serbia. Las perdió todas; la más dolorosa, la de Kosovo, que declaró su independencia el 17 de febrero de 2008. Para Serbia es una amputación inaceptable.

Aunque solo han pasado cinco años y las propagandas no han acallado sus voces, Kosovo y Serbia han alcanzado un acuerdo de 15 puntos para normalizar sus relaciones. Es un gran éxito diplomático de la maltrecha UE. No ha sido fácil; han sido necesarias diez rondas de negociaciones, mucha mano izquierda.

El pacto es audaz: Serbia no necesita reconocer Kosovo como Estado, pero le concede autoridad legal sobre todo el territorio. A cambio, las autoridades de Pristina ofrecen un alto nivel de autonomía a las zonas del norte del río Íbar (donde se concentra un tercio de los 170.000 serbios que permanecen en Kosovo). Decidirán sobre educación y sanidad. Habrá una única fuerza policial, pero el jefe del norte lo elegirán los alcaldes serbios.

Problemas mayúsculos

Para un país tan pequeño --10.887 kilómetros cuadrados; el tamaño de Asturias-- los problemas son mayúsculos. El Íbar que divide la ciudad de Mitrovica, es también la linde mental. Al sur, los albaneses, Kosovo independiente; al norte, los serbios irreductibles. Belgrado avivó ese fuego pese a que los intereses del norte perjudican al resto de los serbios diseminados por Kosovo, dos tercios, que aceptan la situación y disponen de un grado de autonomía local.

El norte trata de descarrilar el acuerdo, demanda un referendo. En los debates en el Parlamento de Belgrado reaparecieron los fantasmas, la voz colectiva, los mitos y la emoción. Más allá del teatro -al final aprobó lo pactado-, Serbia está dando pasos importantes para salir del sótano. El presidente Tomislav Nikolic, que hace pocos años militaba en el campo del ultranacionalismo, ha pedido perdón por la matanza de Srebrenica. Es un gesto enorme porque procede del campo ideológico que alimentó aquellas guerras y matanzas. Este espíritu podría ayudar a resolver Bosnia-Herzegovina, partida en áreas étnicas, y Macedonia, divida entre eslavos y albaneses.

En la guerra de 1998-99, Slobodan Milosevic expulsó de sus casas a la mitad de la población de Kosovo. El 90% de los 1.9 millones de kosovares es de origen albanés. Tras el bombardeo de la OTAN y la derrota serbia, la comunidad internacional no supo qué hacer. Decidió esperar.

Milosevic perdió el poder en una mini revolución en octubre de 2000 y fue enviado al tribunal de La Haya un año después. Serbia comenzó su transición democrática. La apertura terminó abruptamente en 2003, en los albores de la invasión de Irak, con el asesinato del primer ministro Zoran Djindjic. Serbia retornó a la caverna. Pese a tener un presidente democrático, Boris Tadic, el Parlamento y el Gobierno estaban controlados por los ultranacionalistas. Kosovo no quería regresar con los maltratadores. Así, en un callejón sin salida, nació un país tutelado, sin capacidad de generar riqueza más allá del tráfico de armas y de drogas.

Han pasado cinco años y España reafirma su negativa a reconocer Kosovo. Somos los únicos de la UE junto a Eslovaquia, Rumanía, Chipre y Grecia. La Moncloa, no importa el inquilino, teme que un reconocimiento aliente los independentismos catalán y vasco. Es una sandez, un error histórico. Kosovo fue víctima de un sistema de segregación, padeció una violación masiva de los derechos humanos y crímenes de guerra. Las cifras son claras: el 90% es de origen albanés y quiere la independencia.

El verdadero peligro era Montenegro, que se independizó de la antigua Yugoslavia en 2006. No había violencia histórica, solo un complejo mapa étnico (43% de montenegrinos; 32% serbios, otras minorías). El referendo fue organizado por Javier Solana, entonces mister PESC. Exigió una participación por encima del 60% y que los síes superaran el 55%. Salió muy justo, pero salió. Nadie dijo nada; pasó desapercibido. Los nacionalismos, sea cual sea el apellido, no necesitan hechos ni pruebas; les bastan las emociones.

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