Ir a contenido

Gente corriente

Inmaculada Balsells: "Un buen día me dije: '¿Y quién soy yo sin la guitarra?'"

Gemma Tramullas

Tuvo que esperar 15 años para que sus padres le regalaran una Fleta (una guitarra del lutier Ignacio Fleta, equivalente a un stradivarius). Con ella se dedicó a dar conciertos por el mundo durante 20 años, pero los aplausos no la llenaban.

-¿Cuándo empezó con la guitarra?

-A los 12 años. Hice la carrera en el conservatorio de la calle del Bruc y, cuando terminé, estuve dos años en París con Alberto Ponce, alumno de Emili Pujol, un gran musicólogo, guitarrista y compositor. Con el maestro Pujol me unía una amistad personal. Fue un gran humanista.

-¿También fue su alumna?

-Sí. Él tenía una masía cerca de la Granadella, en Lleida, y me daba clases en el campo, debajo de un pino. «¡Qué maravilla la naturaleza, que nos brinda esta alfombra de flores!», exclamaba. Yo me sentaba en una piedra, con la espalda apoyada en un pino: «¡Este es el mejor trono que existe!», decía, y empezaba la clase.

-Caramba, qué lujo.

-También estudié con Narciso Yepes en Chamonix (Francia). Tanto él como el maestro Pujol eran personas excepcionalmente sencillas, que habían conservado la curiosidad infantil y eran capaces de maravillarse por todo.

-Empezó su carrera como solista a los 21 años.

-Estuve dando conciertos por Europa y parte de América hasta los 40...

-¿Y qué pasó?

-Siempre me preguntaban: «¿Qué tal, Inmaculada? ¿Cómo estás?» Y yo siempre respondía: «Muy bien, con la guitarra…». Siempre era yo con la guitarra. Y un buen día me dije: «¿Y quién soy yo sin la guitarra?». Entonces la dejé.

-¿Qué es lo que no la satisfacía?

-Cuando estudias ocho horas diarias de guitarra estás en tu mundo, en una urna de cristal. Cuando das un concierto llegas, actúas, aplauden y sales. Yo echaba de menos la parte humana, la real, y empecé a hacer voluntariado en la ONCE y en la planta de oncología infantil de Vall d'Hebron, acompañando a las madres y a sus hijos en su dolor.

-Pero acabó volviendo a la música.

-Sí, pero de otra manera. Me abrí a la humanidad de la música a través del maestro Manuel Soler Galera, con el que trabajé 13 años. Él me enseñó que no se trataba de 'yo sé y doy lo que sé y lo que yo quiero', sino de ponerme yo al servicio de los demás y no los demás a mi servicio.

-¿Y eso en qué se concreta?

-En varias cosas. He creado una plataforma de conciertos que llamo En cada concierto un encuentro. Son conciertos vivenciales, en los que la música se une con las artes (poesía, pintura...) y con el pensamiento, con el objetivo de facilitar la expresión de las emociones y la interrelación entre las personas. Las vivencias creativas sirven para despertar lo que tú llevas dentro para que puedas elegir el camino que te gusta.

-También da un taller semanal de guitarra en la cárcel de Wad-Ras.

-En la cárcel entré a través de la Fundació Art Solidari y en este caso se trata de redescubrir la sensibilidad que cada una tiene a través de la reflexión, del canto, de componer canciones y de tocar la guitarra. Es un recreo musical creativo que les ayuda a mantener una ilusión, y eso ya de por sí te da una libertad. Fíjese en Mandela: durante todos los años que estuvo preso, su espíritu fue libre.

-Hay mucho espíritu preso en cuerpos que andan libres por ahí.

-Desde la mañana hasta la noche estamos programados, parece que siempre tengamos que estar haciendo algo para sentirnos bien. Si esta monotonía no te satisface, en lugar de hacer como si no pasara nada, párate un momento y respira tranquilamente, te ayudará a aflojar la tensión. A partir de ahí, cada uno puede hacer lo que más le guste: escuchar música, pintar, cantar, bailar...

-Los niños cantan y bailan de forma espontánea.

-Los niños son sabios y se trata de recuperar esa esencia. Cuando hablamos, controlamos, pero cuando cantamos lo hacemos con el corazón. En mis talleres con niños, aparte de cantar, bailar y pintar, ellos crean cuentos que grabamos en un CD para que se lo lleven a casa y los compartan con la familia.

-¿Toca para usted?

-Solo cuando me apetece. Por la mañana hago un poco de meditación y toco melodías improvisadas. Solo hacen falta dos acordes para expresar un sentimiento de preocupación o de alegría, no es necesario haber estudiado en el conservatorio. Ahora cierre los ojos y relájese. Le tocaré el Estudio número 15, de Sor...

0 Comentarios