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Las malas prácticas financieras

La banca juega ...y pierde: los 'swaps'

Òscar Serrano

La justicia da la razón a los confiados clientes a los que las entidades colocaron un producto de alto riesgo

Los llamados swaps (literalmente, intercambios) y otros productos financieros de similar naturaleza como collars bonificados, clips o IRS, han acabado siendo motivo de conflicto entre las entidades financieras y sus clientes. En los tribunales se acumulan las denuncias contra bancos y cajas por la comercialización de esos supuestos seguros y cada vez son más habituales las sentencias que condenan a las entidades y dan la razón a las personas afectadas.

Centenares de sentencias admiten hoy que los swaps se comercializaron de forma irregular y con abundancia de engaños por parte de bancos y cajas bajo la falsa apariencia de seguros. Nada más lejos, son productos financieros de alto riesgo y sujetos a fluctuaciones, trasplantados artificialmente desde el ámbito de los profesionales de las operaciones especulativas al de la economía doméstica. Productos que hicieron caer en una trampa a personas que buscaban una solución a sus dificultades financieras, ya que su verdadera naturaleza nunca fue aclarada por las entidades financieras que se aprovecharon de la necesidad de aquellas.

Las abundantes resoluciones judiciales que condenan las malas artes que han empleado las entidades para obtener beneficios de la contratación de swaps por parte de sus clientes nos confirman sin duda quién tiene razón en este conflicto. Es el caso de M., un pequeño empresario del sector del mármol cuya condición de víctima del engaño durante más de un año puso en peligro la viabilidad de su empresa, el futuro de las personas que en ella trabajaban, e incluso, fruto de la tensión acumulada, su matrimonio.

M. nunca había pensado adquirir ningún tipo de producto financiero, y si lo hizo fue por un consejo personal del director de su oficina bancaria, a quien durante años había confiado todas las gestiones relacionadas con su negocio. En los años de bonanza económica, cuando todo iba bien, M. pensó que sería buena idea adquirir una nueva nave para ampliar la actividad de su empresa. Tras encontrar un espacio idóneo, se dirigió a su oficina de confianza, donde negoció la hipoteca que le permitió, finalmente, adquirir la nave.

Todo parecía funcionar como estaba previsto hasta que las primeras sacudidas que anunciaban la crisis económica coincidieron con una serie de fuertes subidas del euríbor que encarecían mes a mes el importe de la cuota hipotecaria, que el banco reclamaba puntualmente. Cada día más asfixiado, M. fue de nuevo a su oficina bancaria y pidió ayuda y consejo al director, una persona en la que confiaba plenamente y que siempre le había ofrecido buenos consejos. Fue entonces cuando, por primera vez, M. escuchó una palabra que llegaría a aborrecer: swap.

El director le explicó que lo que necesitaba era un swap. Según le dijo, se trataba de un seguro que lo protegería contra futuras subidas del euríbor. Incluso, en el supuesto de que el euríbor superase un determinado porcentaje, sería el banco quien abonaría la diferencia entre ese porcentaje y el tipo máximo contemplado por el seguro. Concretamente, le explicó: «Cuando usted contrata el swap, establecemos un porcentaje X como tipo máximo. Si el euríbor está por encima, usted solo paga hasta X y el banco le abona en su cuenta el importe correspondiente a la diferencia que haya entre X y el euríbor». Y le aseguró que era una muy buena opción.

La pesadilla empezó a entreverse cuando, después de lograr máximos históricos, el euríbor comenzó a experimentar descensos, como ya se sabía desde hacía meses en círculos financieros. Un descenso tras otro hasta situar el índice de referencia por debajo del valor X. Fue entonces cuando los swaps mostraron su verdadero rostro y los sobresaltados clientes descubrieron un aspecto del producto que nadie les había explicado: si el euríbor cae por debajo del porcentaje asegurado, son ellos los que tienen que abonar al banco la diferencia.

Y aún hay más. Entre fórmulas de difícil comprensión por quien no esté acostumbrado a transitar los herméticos caminos de las altas finanzas, la letra pequeña de los swaps hipotecarios incluye la obligación de pagar importes absolutamente abusivos y desproporcionados si se quiere cancelar el producto y acabar con la sangría que, liquidación tras liquidación, asfixia la economía de centenares de miles de familias y empresas de toda España.

M., como otros muchos, no se conformó y decidió acudir a los tribunales. Tribunales que han empezado a fallar a favor de las víctimas de la codicia de esas entidades bancarias otorgando la nulidad de contrato. Unas resoluciones que, de momento, les eximen de seguir pagando. Y es de justicia que así sea, porque los bancos omitieron su obligación de poner a disposición de los clientes toda la información a la que les obliga la Unión Europea, absolutamente necesaria para poder ponderar, de forma equilibrada, los beneficios ofrecidos frente a los riesgos latentes. En este caso, en unos litigios que, una vez más, enfrentan a sacrificados Davids contra los Goliats de una banca acostumbrada a jugar y ganar siempre, esta acabará siendo la parte derrotada.

*Abogado del Col·lectiu Ronda.

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