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Pequeño observatorio

La medida adecuada del ruido

Josep Maria Espinàs

Felicity Barringer publica un texto en The New York Times, reproducido por El País, en el que cuenta que hay un bosque de sequoyas en California donde hay tal silencio que se puede oír el ruido de una babosa al bajar por un árbol. La imagen es muy buena. Es una defensa del silencio en los parques, que la autora considera vital. Supongo que quiere decir muy importante, porque el silencio absoluto no es una forma de vida.

En un gran bosque es bonito que exista el silencio propio de un gran bosque, un silencio relativo, porque los sonidos que pueden oírse tienen que ser preferiblemente los habituales. Los ruidos que hay que evitar son los raros. Adentrados en una gran masa de árboles, es extraordinariamente agradable oír el ruido del aire al remover las hojas. Y el de una rama envejecida que se rompe sola y cae; incluso los golpes lejanos del hacha de un leñador, y el canto de un pájaro invisible en la penumbra.

Un visitante del parque ha dicho: «Aquí casi no hay ruido». Este casi es muy aclaratorio. Reconoce que hay un poco de ruido, el que necesitamos los humanos para sentirnos vivos. Porque el silencio absoluto es para nosotros una señal de muerte. Las referencias sonoras nos acompañan, nos ayudan a entender que compartimos la vida que hay a nuestro alrededor. No imaginamos un mundo totalmente silencioso. Sería terrible. Como en todo, la dosis es lo que cuenta: dónde se produce el ruido y qué tipo de ruido. En algunos laboratorios hay cajas herméticas, en las que el ruido -al menos el audible para el ser humano- no existe.

La periodista hace una afirmación destacada que (quizá no es suya, sino del que confecciona el diario), literalmente, no es cierta: «El ruido es nocivo para la vida salvaje (y humana)». Es una lástima que no se precise más: un ruido innecesario y excesivo sí puede perjudicar. El rastro de pequeños ruidos que deja un animalito es útil para un depredador. En la naturaleza hay ruidos ecológicos. Y en la ciudad hay ruidos que nos afectan negativamente, otros nos avisan de un peligro, y otros que nos permiten vivir un rato feliz, como los cantos multitudinarios en un campo de fútbol.

El problema del gran parque de California es que es famoso por su notable silencio. Y, naturalmente, la gente quiere ver esa maravilla. Barringer cuenta que se han construido amplios aparcamientos y que los helicópteros con turistas van y vienen. Pronto no podrán oírse los ruidos naturales del bosque.

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