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La rueda

Un ejército de mujeres silenciosas

Olga Merino

La situación ideal sería que, como síntoma de normalidad, el calendario no tuviese que señalar ningún Día de la Mujer Trabajadora. Parece una inmensa contradicción, pero si las féminas disfrutamos hoy en día de elevadas cotas de igualdad, independencia y capacidad de decisión, lo debemos en gran parte al esfuerzo de una generación precedente de hembras a quienes la sociedad no considera trabajadoras.

En el sentido pecuniario de la palabra, trabajaron poco: apenas desde la primera juventud y hasta el matrimonio y el primer hijo. En cambio, los huesos se les reblandecieron en la brega doméstica a cambio de casi nada. Un pluriempleo sin horario ni remuneración: cocineras, costureras, contables, enfermeras, psicólogas…

Ellas, que transitaron de la tutela paterna a la del marido, no quisieron que sus hijas se reflejaran en el mismo espejo. Niña, estudia. Y así las chicas, al igual que los hermanos varones, sólo aprendimos a planchar una camisa y a freír un huevo al independizarnos.

Una generación de mujeres silenciosas, nacidas durante la guerra o la inmediata posguerra y cuya identidad solo se ha construido en el sacrificio, en la entrega. Los números de innumerables familias no cuadrarían a final de mes si ellas no se aprestasen a ser el canguro de los nietos, si no fuera porque ellas se encargan de la custodia de padres ancianos y dependientes. Toda la vida dándose. A menudo les faltan meses de cotización para tener derecho siquiera a la pensión no contributiva. Nada. Como mucho, la tarjeta rosa del autobús.

Mujeres que ya no son jóvenes y, sin embargo, todavía se ponen rímel para ir al Mercadona. No sé por qué ellas me recuerdan un microcuento que escribió hace años la argentina Ana María Shúa en el libro Casa de geishas: «Las mujeres se pintan antes de la noche. Los ojos, la nariz, los brazos, el hueco poplíteo, los dedos de los pies. Se pintan con maquillajes importados, con témperas, con lápices de fibra. En el alba, ya no están. A lo largo de la noche y de los hombres se van borrando».

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