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Una polémica recurrente

¿Juega Messi dopado?

J. L. Pérez Triviño

Debería permitirse el uso controlado de estimulantes en el deporte de élite en categorías específicas

No se alarmen. La respuesta es negativa, pese a que en la adolescencia Messi fue tratado con la hormona del crecimiento para remediar un problema que le habría hecho tener una altura inferior a la media. Creo que nadie dirá que un tratamiento terapéutico como ese dirigido a un menor de edad puede ser calificado de dopaje. Afortunadamente para todo aficionado al buen fútbol, Messi superó sus problemas de altura y se ha convertido en uno de los grandes futbolistas de la historia.

Peor suerte ha tenido otro gran futbolista, Ronaldo. Hace poco anunció su adiós al fútbol profesional. En los últimos años había bajado considerablemente su calidad futbolística debido a sus graves lesiones de rodilla y a problemas de sobrepeso. Muchos se habían mofado de su estado físico y le apodaban «el Gordo». Sin embargo, al anunciar su retirada reveló que hace cuatro años descubrió que sufría hipotiroidismo, un desajuste en la glándula tiroides que explica sus cambios de peso. Para su desgracia, el tratamiento médico implicaba el uso de hormonas prohibidas por las normas antidopaje. La pregunta que surge es: ¿qué sentido tiene esa prohibición cuando el uso que se va dar a las hormonas no es tanto mejorador como terapéutico? Es decir, ¿qué diferencia habría con el problema de estatura de Messi?

A la perplejidad del caso Ronaldo habría que añadir la del caso Contador. Como es sabido, al ciclista de Pinto se le descubrió, a partir de unos análisis en el último Tour de Francia, una escasísima cantidad de clembuterol: 50 picogramos. Está demostrado científicamente que tal cantidad no produce ninguna mejora del rendimento deportivo, pero pese a esto ha pendido sobre él una posible suspensión de dos años.

Los recientes casos de dopaje entre deportistas españoles están poniendo en duda los notables éxitos conseguidos estos últimos años. Al respecto hay un convencimiento generalizado contrario al dopaje. Sin embargo, creo que hay razones morales para oponerse a la prohibición del dopaje, esto es, a que los deportistas no puedan utilizar sustancias o técnicas que mejoren sus resultados. Aun sin espacio para un mayor desarrollo, no me parece que sea contrario a las reglas del deporte (especialmente a la igualdad y al fair play) ni que suponga problemas de salud irresolubles. Una legislación permisiva, con controles médicos y categorías distintas de pruebas -unas para deportistas dopados y otras para no dopados-, sería perfectamente igualitaria y evitaría muchos riesgos sanitarios. Así el público podría elegir entre pruebas disputadas por unos u otros. Si en muchos deportes hay distinciones por peso, edad, sexo o rendimiento de los motores... ¿por qué no una categoría basada en el dopaje? Que sea el público quien decida a quién da su apoyo y afición.

Pero dado que existe una normativa antidopaje, hasta que esta no se modifique o sea derogada los deportistas no tienen más remedio que someterse a ella. Quienes no lo hacen adquieren una ventaja injusta respecto de sus compañeros y rivales que optan por cumplir las normas. Ahora bien, esto no significa aceptar acríticamente dicha normativa. Los casos de Contador y de Ronaldo muestran palpablemente algunas inconsistencias en la legislación. Pero no son las únicas. Hay otras: la falta de distinción entre usos terapéuticos y mejoradores; la inclusión entre las sustancias prohibidas de algunas que no son mejoradoras del rendimiento (por ejemplo, el alcohol); decantarse por una responsabilidad objetiva en lugar de sancionar por la intención de doparse; la incoherencia entre prohibir el dopaje y tolerar prácticas o entrenamientos manifiestamente peligrosos o la posible afectación de los controles antidopaje en derechos fundamentales de los deportistas.

Los problemas de la lucha contra el dopaje no acaban aquí. Dada la peculiar psicología de los deportistas, siempre en busca de récords o mejores resultados, es difícil pensar que el dopaje vaya a desaparecer. La lucha contra el dopaje no está siendo precisamente un éxito. Más bien, la actual prohibición lleva a la clandestinidad, que no solo aumenta el riesgo para la salud, sino que tiene consecuencias parecidas a las de la ley seca norteamericana de los años 20 del siglo pasado. Y es que los efectos dañinos sobre la salud pueden ser mayores con la prohibición que con la tolerancia acompañada de control médico y la información a los deportistas.

En definitiva,por razones morales, deficiencias jurídicas y dificultades prácticas de la persecución, sería preferible levantar la prohibición del dopaje y dedicar las inmensas sumas de dinero que se destinan a su erradicación a promover un deporte más igualitario y seguro para la salud de los deportistas: que haya pruebas segregadas para deportistas dopados y no dopados. Personalmente prefiero las competiciones entre deportistas no dopados, pero no encuentro razones poderosas para prohibir a los deportistas que traten de mejorar su rendimiento ni tampoco para privar del espectáculo a los aficionados que elijan disfrutar de sus realizaciones deportivas.

Profesor de Filosofía del Derecho de la UPF.

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