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DEFENSORA DE LA IGUALDAD

La violencia, un problema de ellos

Eva Peruga

«La violencia machista no es un problema de las mujeres, sino un problema para ellas; es un problema de los hombres, que la ejercen para mantener el orden de género, la toleran y la legitiman con mayor frecuencia», escribe Luis Bonino en su trabajo Hombres y violencia de género. Solo el 20% de las denuncias ante estas agresiones las hacen los hombres. El 80%, las mujeres.

Esta reacción dispar es la consecuencia de una percepción distinta ante el mismo hecho. Detectar la importancia del compromiso masculino corre, de momento, a cargo de una minoría de varones. La primera manifestación de hombres contra la violencia machista tuvo lugar en Sevilla, en el 2006. La iniciativa, que este año ha mutado en ruedas de hombres, parte de colectivos, como Ahige, que trabajan por una nueva identidad masculina y reclaman el fin del silencio de los hombres ante la admitida violencia de género.

INCIDIR EN LA construcción de una nueva masculinidad, descargada del dominio sobre la mujer, no puede ser un hecho tomado a broma y despreciado por los hombres que, por otra parte, muestran una abierta disposición a enterrar otros patrones de comportamiento de su vida personal, afectiva y profesional. Decir «no soy un maltratador» o «no soy machista» no basta.

Acabar con esta violencia reclama de los hombres pasar a la acción, trabajar para transformar su propia identidad, que los tiene atrapados en una mística varonil en la que se encuentra enraizada la violencia de alta o baja intensidad. El ser hombre, la hombría, pintado en el suelo con una tiza para separar a los poderosos de los débiles, remite a una sociedad en desequilibrio, coja de la identidad de persona. Sobre todo, ese ser hombre con el recurso de la violencia como forma de marcar el territorio de los elegidos.

La respuesta social al problema tampoco alcanzará el aislamiento deseable del agresor solo con la acción de las organizaciones, las administraciones y las mujeres. Como dueños del poder, adquirido desde el nacimiento por el hecho de ser varones, pueden reorganizar el espacio público para llamar a las cosas por su nombre, ejercer la autocrítica e insuflar los valores positivos de una sociedad igualitaria. Puesto que son padres, hermanos, hijos y amigos, su silencio ante el ejercicio de la fuerza es todavía más doliente.

En ese sentido trabajan estos colectivos para los que el terreno familiar es la cabeza de puente para ganarle la batalla al abuso, como parte de la violencia, y los chicos jóvenes, la mejor inversión en el mercado de futuros de la igualdad.

En manos de ellos queda también el rechazo a esa multitud de acciones diarias que la costumbre envuelve en el olvido, pero que representan una agresión para ellas y que, según Luis Bonino, «quedan ignoradas, invisibilizadas y, por eso, poco investigadas». La violencia machista, que ha causado 65 muertes en España este año, no es un hecho surgido de la nada. El proceso, la cadencia de gestos, palabras, silencios también, acaban poniendo el puñal en la mano del asesino. Este no puede ser, de ninguna manera, un chico normal amparado por otros hombres movidos por el espíritu gregario. La violencia de género habla de nosotros como una sociedad enferma, incapaz de atajar un mal: ¿mayoritario, tolerado?

BAJO EL LEMA El silencio nos hace cómplices, los hombres por la igualdad proclaman: «Esperamos contribuir a un cambio social. Queremos un mundo en el que los hombres contemplemos el problema de la violencia ejercida sobre las mujeres como un asunto propio, en el que hemos de implicarnos sin reservas». No es este el momento de repartir virtudes pacificadoras y antiviolentas a las mujeres, pero sí está claro que una sociedad sin violencia es una sociedad capaz de dirimir sus diferencias con la palabra. Ya que la violencia machista es un problema de los hombres, convendría que fueran ellos los primeros en pronunciarse, alto y claro, contra ella. En las manifestaciones convocadas para el día 25, por ejemplo.

Las víctimas de la violencia tienen rostro femenino. El 57% de las víctimas de los delitos son mujeres, el 89% cuando se trata de delitos contra la libertad sexual y el 84% cuando se atenta contra la libertad.

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