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Solsticio de verano

Anuméricos

Josep-Maria Ureta

Pese a considerarse un recuerdo de familia que sus descendientes van cambiando de estantería según la temporada, Felipe González no pierde ocasión de ejercer de estadista recluido en la grada. Sus últimas declaraciones han sido a cuenta del fallido pacto de Estado ¿así se llama cuando es cuestión solo del PSOE y del PP¿ para la educación. Reprochó el expresidente: «No puede seguir habiendo olas y olas de muchachos que no sepan matemáticas». Quienes saben de qué va el fenómeno no ven exagerado vincular resultados electorales con resultados escolares.

Lo malo es que aún los hay que consideran una maldición insuperable que el español medio ande flojo en cálculo. Al fin y al cabo, el franquismo se conformaba con acabar con el analfabetismo. De anuméricos nunca se ha hablado. Incluso se ha tomado como motivo de broma creativa. Recuerden si no ese anuncio raído ¿el mismo desde hace décadas¿ que aún se pasa en los cines donde un chico que vive solo para ser cineasta narra un día de su vida como una sucesión de planos desde que se levanta hasta que se acuesta. En uno de ellos dice: «Me desenfoco en clase de matemáticas». Plano muy realista, del que hoy mismo conoceremos los resultados en forma de notas de la nueva fórmula de evaluación de los bachilleres con aspiraciones a entrar en la universidad. El punto de partida, las notas medias del curso pasado, no es para echar cohetes, pese a ser época. De los exámenes de selectividad del 2009, en sus asignaturas de mayor referencia, el castellano alcanzó una media del 6,55 (4 décimas menos el catalán), y las matemáticas aplicadas, el 4,58. Y es un promedio. Nótese lo de aplicadas, es decir, no se pedía resolver grandes enigmas, sino demostrar que se era capaz de aplicar conocimientos básicos de matemáticas para entender cuestiones sociales, como calcular el porcentaje de fracaso escolar según sexo o clase social.

¿Acusamos a los profesores? Ya lo harán entre ellos, hoy que es día de relevo entre los de secundaria y los de universidad. Si se tratara de una ceremonia pública debería verse al conseller Maragall (Educació) haciendo entrega al de Innovació i Universitats, Huguet, del listado de alumnos disponibles para la formación superior. Por sus notas, dominan mejor leer y escribir que contar y calcular. Este déficit no es que disuada vocaciones para estudiar Exactas, es que aflora como una humedad cuando se quiere ser ingeniero, químico, arquitecto, físico, economista o empresario.

Que el problema es universal lo tenemos, por ejemplo, en lo que dice en sus memorias Alan Greenspan, aquel gurú de las finanzas que dominó la mundialización financiera durante un par de décadas. Aparecidas en el 2007, en las memorias mostraba gran preocupación porque las nuevas generaciones de norteamericanos dominaban poco las matemáticas y proponía acabar con la igualdad salarial de los maestros. Los mejor pagados, los profes de mates. (Cuestión aparte es que en ese libro Greenspan también pronosticaba que las subprime que aparecieron un año después no eran un peligro).

Quienes se preocupan por el bajo nivel escolar en matemáticas han de leer el recién aparecido Asesinatos matemáticos, del catedrático Claudi Alsina (Ariel). Título a lo Agatha Christie con un amplísimo muestrario de errores que cometen a diario políticos, médicos, periodistas y empresas en general a la hora del manejo básico de la aritmética. Muchas risas con los ejemplos, pero un aviso: «En matemáticas, o está bien del todo o no hay nada». Exacto.

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