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CRÍTICA TEATRO

'Adossats', las tribulaciones de una familia catalana

Jordi Casanovas dirige en el Romea con buen pulso cómico la cuarta obra de Ramon Madaula

César López Rosell

Carles Canut, Ramon Madaula y Jordi Bosch, en un momento del montaje

Carles Canut, Ramon Madaula y Jordi Bosch, en un momento del montaje / FERRAN SENDRA

Cuarta incursión en el teatro como autor de Ramon Madaula. Después de la buena acogida recibida con títulos como 'Ignots', 'Coses nostres' y la sátira política de 'L’electe', le toca el turno a 'Adossats', una comedia en la que el reconocido actor propone un ácido retrato de una familia de clase media, que vive en un chalet adosado en el Vallès. Para conseguir que este artefacto tragicómico estrenado en el Romea funcione se ha aliado con Jordi Casanovas, un director y creador de obras de mayor vuelo identitario ('Vilafranca' y 'Una familia catalana') y con un solvente reparto en el que figura el propio Madaula y que reúne a primeras espadas de la escena del país.

El resultado de esta alianza es muy positivo. El público no para de reír con las situaciones a las que se enfrenta la familia Argemí. Como todos los años, y aprovechando la diada de Sant Jordi, sus componentes se reúnen en una comida en la que intentan estrechar lazos y hacer un repaso de sus activos y pasivos personales. El matrimonio formado por Jordi (Jordi Bosch) y Carme (Rosa Renom) ejerce de anfitrión de la cita, a la que acuden Joan (Madaula), hermano del dueño del adosado, y el ‘avi’ Jordi (Carles Canut) acompañado de su cuidadora dominicana Daisy (Marieta Sánchez). El nieto, también llamado Jordi (Ramon Balart), que vive con sus padres en el chalet, es el quinto partícipe del evento.

Comedia de costumbres

Madaula dibuja bien a los personajes de esta comedia costumbrista, pero le falta ir más allá en aspectos que ya han sido tratados con más profundidad en otras obras. El autor advierte que su pretensión es no salirse del territorio de una familia normal, sin aditivos morbosos. En este sentido, y a excepción de alguna acción de tono grueso, el tratamiento de las tribulaciones de las tres generaciones de Jordis (abuelo, hijo y nieto) y de quienes les acompañan resulta de lo más correcto. Desde la sencillez estructural de la pieza emergen cuestiones centrales como la soledad (en compañía o real), la incomunicación que afecta a las relaciones entre ellos o los efectos del paso del tiempo.

El eje del montaje es el personaje de un gran Jordi Bosch, un ecolodista que se siente frustrado

El eje del montaje es el personaje de un gran Bosch, un ecologista que quería cambiar el mundo y que se siente frustrado con su papel de responsable del tratamiento de los purines (¡"la merda"!) en Medi Ambient, donde aspiraba a llegar a más. Su vitalista esposa intenta ver las cosas con sentido positivo, pero se siente afectada por la carencia afectiva de su entorno. Madaula encarna muy bien a un escultor incomprendido por su mujer y su familia, pero convencido de la trascendencia de su arte. Acaba de ver culminados sus sueños instalando una escultura en una rotonda del pueblo, cuyo sentido nadie acaba de entender.

Aislamiento vital 

El 'avi', encarnado con solvencia por Canut, desprende humanidad. Distanciado de sus hijos, a los que ve tan blandos como él, solo se siente comprendido por su cuidadora dominicana, Daisy, quien acaba sorprendiendo a todos con su diferente perspectiva de la vida. El nieto aparece solo para mostrar su distanciamiento con la familia y su solidaridad con el abuelo, con quien se acaba fumando un porro. Irene, la esposa del artista, no es visible en escena pero está en el trasfondo del drama del escultor.

Una perrita, oculta en su casita, sirve de elemento utilizado para ironizar sobre la dependencia que muchas personas tienen de las mascotas con las que se comunican más que con sus propios familiares. Un hilarante incidente del funcionario con sus vecinos 'peperos' completa el paisaje de esta obra sin grandes pretensiones pero con la que se pasa un buen rato.

Temas: Teatro

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