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Himmler, en una imagen de Las confesiones de Himmler.

LA INFLUENCIA DEL MÉDICO DEL DIRIGENTE NAZI

Himmler, masajes y secretos

Las memorias íntegras del terapeuta del líder de las SS, Felix Kersten, revelan confesiones sobre la sangre judía y la sífilis de Hitler

Anna Abella

Cada uno de los más de 300 masajes y tratamientos con los que, de marzo de 1939 a 1945, con la caída del Tercer Reich, el fisioterapeuta Felix Kersten alivió los graves dolores y calambres estomacales crónicos del Reichsführer y jefe de las SS Heinrich Himmler fue una llave de acceso a su confianza y su pensamiento. Tanto, que el líder nazi y uno de los arquitectos del Holocausto le convirtió en su médico personal y le contó secretos de Estado aún hoy tan debatidos como que Hitler tenía sangre judía o que sufría sífilis, que le incapacitó para gobernar con cordura. 

    

Kersten (1898-1960), nacido en Estonia y con nacionalidad finlandesa, anotaba en su diario tras cada sesión sus conversaciones con Himmler y aprovechaba su amistad para influir y manipular al número dos de Hitler logrando que como favor liberara a numerosos presos (amigos o conocidos holandeses, luxemburgueses, noruegos, daneses, belgas, franceses, polacos y también judíos…). Con la guerra ya perdida, consiguió que desoyera las órdenes del Führer de volar los campos de concentración, que acabara con las marchas de la muerte de los evacuados y dejara de asesinar a judíos, salvando así a 800.000 prisioneros, como confirmaría Yad Vashem, la institución de la memoria del Holocausto.

Para ello, medió en secreto con el ministro de Exteriores sueco, Christian Günther, y propició los encuentros de Himmler con Folke Bernadotte, presidente de la Cruz Roja sueca, y con Norbert Masur, representante del Congreso Judío Mundial. El dirigente nazi quería negociar la paz con Eisenhower a espaldas de Hitler y actuó buscando "garantizar un trato positivo de su propia persona tras la guerra si tuviera que enfrentarse a los aliados como perdedor". Pero el 22 de mayo de 1945, tras ser detenido por los británicos, se suicidó mordiendo una cápsula de cianuro.

Himmler, con otros líderes nazis y con su médico, Felix Kersten (de civil), en Finlandia

Kersten publicó un libro de memorias en 1947 (en España, en los 50) pero se guardó mucha información sensible, dejando instrucciones sobre cuándo sacarla a la luz tras su muerte. Hace un año su hijo Arno, siguiendo sus deseos, publicó en Suecia 'Las confesiones de Himmler. Diario inédito de su médico personal' (Pasado & Presente), que reúne en forma de jugosas memorias reelaboradas, revisadas y verificadas por el historiador Christer Bergström ('Ardenas', 'Operación Barbarroja') los diarios, notas, apuntes y otros documentos que su padre custodió en una caja de seguridad de un banco sueco. 

"Es un ingrato y un traidor (…) ¡Este simio español no quería abandonar su neutralidad!", dice Himmler de Franco

Kersten combinó el masaje tibetano y chino de su maestro, el doctor Ko, con el finlandés, y con una terapia que era una especie de acupuntura sin agujas, se granjeó éxitos en Finlandia, Alemania, Italia y Holanda, donde trató a la familia real, y una fama que le llevó a ser requerido para tratar a Himmler, algo que aceptó con la condición de que fuera un paciente más y de no tener que afiliarse a las SS ni otros grupos nazis.

El asesinato de judíos

Las memorias de Kersten dan cuenta de la aversión de Himmler a los judíos, ya desde niño, inculcada por un profesor y por el "revelador" libro de Henry Ford 'El judío internacional' y por 'Los protocolos de los sabios de Sión'. "Los judíos deben ser aniquilados hasta el último hombre cuando termine la guerra. Así lo ha ordenado el Führer expresamente", le dijo. Sin embargo, no fue hasta julio de 1942 cuando Kersten oyó hablar por primera vez, en una charla casual con un SS destinado en el Este, de los "campos de extermino, donde se asesinaba a judíos y otros grupos étnicos". Le había preguntado inocentemente "¿Cómo va el negocio por ahí?". La respuesta es escalofriante: "Muy mal. Últimamente, solo hay judíos con buena dentadura (..) así que no hay mucho que sacar (…) Hace unos meses nos llegaban muchos de Holanda, Bélgica, Francia y del sur y del oeste de Alemania. De las cabezas de ellos sí que pudimos extraer grandes cantidades de oro. Es cierto que no es una tarea agradable matar a judíos, pero hay que hacerlo si Alemania quiere sobrevivir. El Führer lo ha ordenado y hay que obedecerle".  

Himmler (de espaldas), saluda al militar finlandés Eino Suolahti; al fondo su médico Felix Kersten (de civil), en una imagen de 'Las confesiones de Himmler'.

Hacia el final de la guerra, Himmler se justifica ante Kersten sobre el asesinato de judíos. "Yo no di esas órdenes, fueron órdenes directas del Führer. (..) Me limito a seguir sus instrucciones. Yo no tengo la culpa (…) Personalmente no he cometido ningún crimen. Tengo la conciencia totalmente tranquila", afirma, enseñándole un certificado firmado por Hitler liberándole de toda responsabilidad. 

La sífilis de Hitler

Muchos son los rumores sobre si Hitler sufría sífilis, versión apoyada por unos historiadores y cuestionada por otros. Supuestamente se la contagió una prostituta siendo soldado en la primera guerra mundial. El primer síntoma fue ceguera temporal, atribuida oficialmente al gas mostaza, aunque los informes del hospital desaparecieron en 1920. Ya en 'Mein Kampf' dedicó seis páginas a llamar a luchar contra la enfermedad y "contra lo que la propaga, la prostitución". En 1942, Hitler ya tenía cambios de personalidad, trastornos afectivos y del habla, delirios de grandeza e impotencia, llagas, temblor y manos y piernas y ataques de rabia descontrolados y paranoicos, todo asociado al tercer estadio de la sífilis. 

El jefe de las SS estaba preocupado -"Las instrucciones que emite ya no son tan claras y precisas como antes"- y pidió a Kersten, bajo secreto, que estudiara el informe médico del Führer. Incapaz de ayudarlo con su terapia manual, le sugirió que ordenara que le internaran "en un hospital mental para tratarle las afecciones nerviosas". La respuesta fue: "No puedo hacerlo, y además no tengo estas potestades de poder. Por lo demás, le he jurado mi fidelidad hasta más allá de la muerte. En tercer lugar, el partido no aguantaría semejante revolución. ¡Se caería a pedazos! Mientras dura la guerra, el partido debe estar unido y apoyar al Führer".

En primera fila, de izquierda a derecha, Rudolf Hess, Himmler y Hitler

La sangre judía de Hitler 

"El propio Führer tiene sangre judía. Se siente manchado", le confesó Himmler a un sorprendido Kersten, cuando este preguntó de dónde venía "tanto odio a o los judíos". "Lo que acabo de contarle es el secreto más grande del Tercer Reich, igual que la enfermedad del Führer. Prométame que lo olvidará todo", añade tras detallarle que "tanto la abuela materna como su padre eran medio judíos. (…) Un astuto judío la conquistó". Pero no hubo matrimonio. Luego se casó con otro hombre, que adoptó al padre de Hitler. Himmler, le relata, se encargó de que nada pudiera verificarse, modificando los libros oficiales y eliminando a posibles testigos y parientes.  

Astrología y reencarnación

Según Kersten, Himmler, que periódicamente consultaba a los astrólogos, estaba "firmemente convencido" de que era posible contactar con las almas de personas fallecidas, siempre que "hubieran muerto hace por lo menos cien años", y de hecho le aseguró que el alma de Gengis Khan, "que insistía en que era germánico y no mongol", se le había aparecido a Hitler en tres ocasiones y le había mostrado el camino para "construir un gran reino germánico". "Himmler –añade el terapeuta- creía muy seriamente que era la reencarnación del rey Enrique I (de Germania, 919-936 d.C.)", cuya alma, estando él "medio aletargado", le había dado "consejos importantes y valiosos". El Reichsführer no creía "que acabemos en el infierno o el cielo tras pasar por el purgatorio, como dice la Iglesia" sino en la reencarnación. Según él, "todo lo que ha hecho el ser humano, lo bueno y lo malo, afectará a la siguiente vida y se manifiesta como karma (…) Refleja la idea germánica de que lo que hacemos en este mundo hablará bien o mal de nosotros. No podemos escapar a nuestro destino, pero tenemos la posibilidad de darle la vuelta al destino en otra vida". 

Franco, "este simio español"

Himmler se despachó a gusto contra Franco, que "causó una mala impresión al Führer", que esperaba que se involucrara en la guerra. "Es un ingrato y un traidor (…) ¡Este simio español no quería abandonar su neutralidad! Al parecer esperaba conseguir ciertas ventajas con los aliados. (…) "¿Dónde habrían estado España y Francia ahora si Alemania no hubiera prestado su apoyo desinteresado a Franco en 1936? Si los comunistas hubieran vencido en España, el comunismo habría afectado a Francia inmediatamente y probablemente a muchas otras partes de Europa". Y asegura que cuando ganen la guerra, "aun sin España", ahorcarán "al desgraciado de Franco y a sus obispos y cardenales". 

Felix Kersten, terapeuta de Himmler.

Homosexuales y bigamia

El libro de Kersten da cuenta también de las intrigas en el entorno de Hitler y entre los líderes nazis. De quien sabe que tiene que andarse con más cuidado es con "el hijo de puta de Goebbels (ministro de Propaganda), "ese cojo de pie zampo". Pero también reflejan sus opiniones sobre los homosexuales: "Queremos erradicarlos por todos los medios posibles. Constituyen un quiste peligroso para la población sana. Imagínese la cantidad de niños que no nacerían por esta razón (…) La mejor solución sería castrarlos". 

O sus planes para las "mujeres arias, rubias y criadas en el ideario nacionalsocialista", que deberían casarse solo con elegidos de las SS para procrear, o para "disolver los matrimonios que tras cinco años no tengan hijos" porque "el Gran Imperio Alemán que está por venir necesita hijos". O para facilitar la bigamia, porque "un hombre no puede limitarse a tener una sola esposa a lo largo de una vida entera. Eso le obliga a ser infiel, y cuando después quiere mantenerlo en secreto se convierte en un hipócrita. El resultado son matrimonios destrozados, enemistad y varios tipos de difamaciones mutuas". 

  

Arresto y emboscada

El entorno nazi de Himmler desconfiaba de Kersten porque gozaba de su amabilidad y agradecimiento por sus tratamientos y porque era civil, extranjero, podía moverse a sus anchas (en la foto, autorización firmada por Himmler) y tenía contactos con Suecia, Finlandia y Holanda. De ahí que el jefe de la Gestapo Reinhard Heydrich sospechara que era espía de los aliados y ordenaran su detención e interrogatorio. Himmler le liberó. Tras el asesinato de Heydrich, Kersten se salvó de morir en una emboscada urdida por su sucesor, Ernst Kaltenbrünner.

Débil pero brutal

En 1941, tras dos años y medio tratándolo, Kersten hizo un retrato de Himmler. "Su gran debilidad era su Führer, por el que sentía una fanática devoción que no admitía críticas (si le hubiera ordenado que se ahorcase lo habría hecho sin cuestionarlo)", escribe. Y opina que es "una persona débil, que vivía en un temor constante de que otros descubriesen su debilidad. Esto explicaba su comportamiento, a menudo brutal. Su otro lado estaba marcado por la astucia y siempre estaba al acecho". Añade que era "un gran pedante" que "no aguantaba que le llevasen la contraria", que trabajaba muchas horas y dormía poco y que tenía debilidad por las mujeres, rubias y de ojos azules, y por todo lo rubio, símbolo "de la raza pura germánica". 

La despedida

La última vez que se vieron, el 20 de abril de 1945, Himmler, enigmático, le dijo a Kersten: "Hemos cometido graves errores (…). Mi vida acabará en breve. Queríamos que Alemania fuera grande y poderosa, pero solo vamos a dejar un montón de ruinas. Sin embargo, los aliados no van a tener el placer de capturar al Führer enfermo y con vida. De ello me ocuparé yo". Diez días más tarde Hitler se suicidaba en el búnker de Berlín. 

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