Ir a contenido

Cinco verdades sobre la posverdad

Catorce ensayistas analizan qué hay de nuevo y viejo en 'En la era de la posverdad'

Ernest Alós

ealos36961448 tomas de posesin de trump y obama

STAFF

Los responsables del diccionario Oxford, conmocionados por la victoria de Trump y del 'Brexit', designaron el término posverdad como la palabra del año 2016. La RAE ya ha anunciado que la incorporará en diciembre. ¿Signo de los tiempos, o moda? ¿Una nueva cara de la peor propaganda política o un nuevo fenómeno que solo se entiende en el nuevo entorno comunicativo? ¿Una aberración que se depurará en breve, o el principio del fin de la democracia? ¿Instrumento de los populismos, o consecuencia del fracaso de las castas mediáticas y políticas? Un libro coordinado por Jordi Ibáñez, 'En la era de la posverdad' (Calambur) convoca a 14 autores (el propio Ibáñez, Manuel Arias Maldonado, Victoria Camps, Nora Catelli, Joaquín Estefanía, Jordi Gracia, Andreu Jaume, Valentí Puig, César Rendueles, Domingo Ródenas de Moya, Marta Sanz, Justo Serna, Joan Subirats y Remedios Zafra) para responder a estas preguntas en otros tantos ensayos breves. Reunimos a cuatro de ellos en un despacho de la Universitat Pompeu Fabra para debatirlas. 

-Hay una larga tradición de mentira desde el poder. ¿Cuál es la gran diferencia entre la mentira, o los usos más groseros de la propaganda política, y la posverdad, si es que la hay?

Jordi Gracia. La toma de conciencia del instrumento es la diferencia para mí: lo que era una práctica política de emergencia se ha convertido en una rutina normalizada porque da frutos: un mecanismo de márketing político un poco más siniestro que los convencionales.

Domingo Ródenas. No es concebible el poder político, ni la lucha política, sin el uso de la mentira o, lo que es lo mismo, de la tergiversación de la información para construir una imagen deformada de la realidad. El poder siempre ha manipulado esta imagen en tres ejes temporales (la construcción de un pasado colectivo, la distorsión del presente y la definición de un futuro) que han acogido mentiras distintas, unas nostálgicas, otras reivindicativas y otras idílicas o promisorias. Pero el político aceptaba que la mentira tenía que ser un perfecto simulacro de la verdad, y si era detectada y denunciada tenía que pagar un precio, la dimisión o el deshonor. El rasgo distintivo de la posverdad creo que tiene que ver con un nuevo pacto comunicativo entre los políticos y parte de los ciudadanos, según el cual los primeros pueden hacer uso de mentiras que todos saben que lo son y a los segundos les importa mas la defensa de sus derechos que la mentira. Unos incorporan con cinismo la mentira como instrumento de intervención, los otros aceptan este cinismo. Un pacto que genera una impresión de impunidad terrorífica. 

Jordi Ibáñez. Creo que sí existe esta diferencia. Es una novedad relativa. Hay un texto clásico de Hannah Arendt que establece claramente la relación entre verdad y política. La política no puede aspirar a un concepto científicamente objetivado de verdad o ella misma se acaba y degenera en tecnocracia, que puede acabar siendo una especie de tiranía con mentalidad empresarial y tecnológica. Los totalitarismos utilizaron en los años 30 y 40 del siglo XX, con cinismo, intimidación y terror, un concepto de verdad que era todo él un gran mecanismo de intoxicación, tergiversación, manipulación y mentira. Las democracias que se asientan en Occidente durante la guerra fría conocen una relación entre verdad y mentira diferente. Digamos que es un juego que tiene unas reglas; mentir es un pecado que lleva su pena. En un régimen totalitario el ciudadano o cree ciegamente lo que le dicen o procura ser invisible al poder. En una democracia el ciudadano está atento para percibir indicios de engaño y mentir se paga. ¿Cuál es la novedad? Para mí, una relación de total indiferencia ante el contenido de verdad factual por parte del receptor. Un ciudadano en régimen de posverdad, es decir, con tendencias posdemocráticas, cree, cínicamente o muy estúpidamente, lo que le dicen los suyos y declara falso lo que dicen los otros. 

Andreu Jaume. Desde el punto de vista conceptual, no hay, a mi entender, ninguna diferencia entre mentira y posverdad. La posverdad es una mentira. Creo que que lo verdaderamente sintomático es que se haya inventado una nueva palabra para esta forma de mentira. Ya hace mucho tiempo que Occidente vive en el reino de su posverdad, en un post-Occidente, y en este sentido la posverdad es un intento de crear una nueva realidad, o una forma de relación con la realidad, basada en el exterminio de la complejidad, el consumo frenético de información y el imperio de la publicidad. La verdad es difícil y el mentiroso lo sabe muy bien. La posverdad es un simulacro que intenta acabar con esta tensión.

Cuando mentir tenía un precio

«Nunca se mintió tanto como en nuestros días», escribía Alexander Koyré en sus Reflexiones sobre la mentira... de 1943. En su ensayo, Valentí Puig recuerda algunas de «las viejas posverdades», desde Los Protocolos de los sabios de Sión hasta la utilización nazi del incendio del Reichstag. Y es que nazismo y estalinismo mintieron lo suficiente para inspirar un 1984 y para que Hannah Arend definiese la «mentira organizada». Pero de mentira a posverdad hay un trecho: un gran mentiroso como Nixon debía preocuparse por ocultar sus falsedades y perdió la presidencia por mentir para ocultar sus mentiras. «Se ha perdido la vergüenza lo falso», concluye Andreu Jaume. 

-¿Qué instancias que hasta ahora tenían reconocida una autoridad han entrado en crisis hasta el punto de permitir la impunidad de la mentira?

Jordi Gracia. La crisis de autoridad la han generado los mismos medios serios al tragarse una montaña de trolas magníficas del poder por conveniencia, oportunismo o propia debilidad. Al descubrirse las sucesivas falsedades han ido perdiendo sucesivos grados de credibilidad, y por lo tanto, la sobreactuación alarmista de los medios serios debería empezar por una, aunque fuese tibia, autocrítica.

Domingo Ródenas. Se podría responder fácilmente que el debilitamiento de la prensa, debido en gran parte a la multiplicación de fuentes informativas a través de internet. La dificultad para el ciudadano medio de adivinar qué fuentes son fiables y cuáles no ha extendido la sospecha de que todas las fuentes pueden transmitir datos manipulados, falsos o sometidos a intereses partidistas. Pero creo que hay otro factor más profundo que afecta al proceso de globalización por un lado y a los corrientes relativistas de la cultura del último medio siglo. La idea de que la verdad es múltiple y de validez circunstancial, el convencimiento de que no hay una verdad sino muchas, se ha extendido en todas las áreas del conocimiento. La verdad relativa o de consenso de pequeños grupos ha sustituido en buena medida a la verdad como valor sostenido para toda la comunidad. La crisis del principio de autoridad intelectual que forma parte de la cultura posmoderna ha dejado un legado muy pernicioso.

Jordi Ibáñez. Hay una relativa degradación del periodismo a causa de la interrelación entre grandes empresas, grandes intereses financieros y, naturalmente, el poder político. La pregunta es con qué actitud un lector medio leía los diarios en España en 1973 y cómo los lee ahora. No creo que se los creyese más. La democracia vivió un gran destape intelectual, una gran 'glasnost' a la española. Y aún se pueden saber cosas leyendo los diarios. Leyendo muchos. Y sabiendo muy bien cómo mirar la tele y cómo moverte en internet. Pero este esfuerzo, ¿garantiza algo? Fácilmente, que te acabes tragando el pequeño veneno del frasco diseñado especialmente para tí, hecho a medida de tu supuesta inteligencia. 

Andreu Jaume. La crisis de la autoridad es un problema en Occidente por lo menos desde la Ilustración. La autoridad se convirtió en un espacio vacante y siempre impugnable, en una lucha que ha nutrido el conocimiento en todas sus dimensiones. Su lugar estaba vacante pero se reconocía una 'aura' de autoridad a la que se quería aspirar. Ahora, lo que se empieza a ver es una especie de superstición fruto de una especie de totalitarismo democrático.

El trío de las Azores y aquel vídeo de Bush

Las informaciones incontrovertibles sobre la disponibilidad de armas de destrucción masiva por parte de Sadam Hussein formap arte de la historia clásica de la mentira política. Y que el trío de las Azores pagasen por su mentira, aunque fuese en forma de descrédito diferido, los sitúa aún en la era previa a la posverdad. O no. Según Jordi Ibáñez, la confirmación del engaño «alcanzaba a una opinión pública ya desmovilizada o desenteresada por la guerra de Irak». Y el chiste de Bush en la cena de la asociación de periodistas de Washington, aquel vídeo en que buscaba las armas en el Despacho Oval, ¿no era un frívolo aviso de la impunidad por venir?

-¿Se puede hacer una correlación directa entre posverdad y populismos? ¿Y a qué fenómenos deberíamos aplicar este calificativo?

Jordi Gracia. La dramatización y magnificación de los conflictos es un clásico de la democracia: la novedad es la difusión masiva de estos excesos, y en el caso del 'procés' es flagrante en la medida en que se ha nutrido de eslóganes y falsedades intensivamente difundidos en primer lugar desde los medios públicos catalanes, en un modélico ejercicio de propaganda de Estado (y aún quieren que quieren otro).

Domingo Ródenas. Sí en la medida en que tanto la posverdad como el populismo crecen en el mismo caldo de cultivo: la promesa de satisfacción de los impulsos primarios (territoriales, identitarios, de seguridad y bienestar material... sin excluir prejuicios y mitologías heredados) de buena parte de la ciudadanía. Tanto la posverdad como el populismo tienden a la simplificación de situaciones complejas, a análisis reductivos de las causas de los problemas colectivos, que casi siempre se basan en una distinción implícita y a veces explícita entre 'ellos' y 'nosotros'.

Jordi Ibáñez. La definición de la posverdad es que se trata de una proposición que ignora los hechos, o la complejidad de los hechos, e interpela directamente a las emociones y los afectos. La cuestión del populismo, según sus detractores, encaja muy bien con esto. A mí no me gustan los populismos y no suelo participar en las imaginaciones e imaginarios que los articulan.

Creer la versión más confortable de la verdad

El coordinador  del volumen, Jordi Ibáñez, esgrime el concepto de «hedonismo cognitivo» como una de las características de la era de la posverdad. Una percepción de la realidad que no responde a la racionalidad sino al deseo de que las cosas sea de un modo y no de otro. Manuel Arias Maldonado plantea un ejemplo: el debate entre Solbes y Pizarro sobre política económica en el 2008. El socialista vendió las bondades de la banca española y minimizó la crisis. Pizarro auguró el desastre que vendría. El segundo tenía razón. El primero ganó el debate y las elecciones. «De alguna manera, los españoles eligieron creer aquello que deseaban creer», concluye Arias.

-¿El triunfo de la posverdad nos lleva a una posdemocracia? ¿Y a la inversa, un sistema democrático sano puede acabar por reaccionar y neutralizarla?

Jordi Gracia. No creo que haya ningún triunfo de la posverdad y tiendo a creer que la vivimos ahora con un escándalo algo farisaico que es el inicio de su retirada por compensación: la credulidad de la gente necesita renovarse, y el último recurso ha sido la posverdad, que ahora mismo está en fase de retirada (empezando por Trump y May y acabando por la casi prescrita omisión de los peores eslóganes independentistas).

Domingo Ródenas. Me niego a aceptar el triunfo de la posverdad; que sea un mecanismo de intoxicación o de manipulación del estado de ánimo de los votantes no quiere decir que haya triunfado. Hay dispositivos de control y alerta en los sistemas democráticos que pueden detectar y denunciar las formas más deshonestas o delictivas de mentira política, como el sistema judicial o el periodismo más riguroso. El término 'posverdad' contiene la perversión de negar la verdad con el prefijo 'pre', que no solo señala posterioridad sino negación. Cuando decimos 'posverdad' no designamos un nuevo tipo de verdad sino que negamos la verdad. De la misma forma, no deberíamos aceptar el término 'posdemocracia' porque el prefijo actúa con el mismo efecto, el de negar la democracia. No puede haber un sistema 'posdemocrático' que sea democrático. Las palabras no son inocentes y nosotros tampoco deberíamos serlo utilizándolas acríticamente. 

Jordi Ibáñez. Lo que es interesante de Trump es ver cómo las instituciones le plantan cara. No se puede volver a quemar un Reichstag tan fácilmente. Por lo tanto, la guerra será larga, y veremos cómo evoluciona la cuestión de la posverdad. En el Reino Unido parece que May también ha chocado con la realidad. No estamos en la posdemocracia. Pero quizá estamos más orientados a ella, es decir, a una democracia formal para acontentar a cínicos e idiotas, y muy represiva para los descontentos y desesperados, con mucha intoxicación informativa, muy madura para el tirano del futuro, que de la profundización de la democracia institucionalmente potente, con una clara y eficaz división de poderes, con un fuerte reconocimiento de derechos y deberes y con una ciudadanía libre y mínimamente ilustrada.

Andreu Jaume. Se está formando una nueva sociedad, un nuevo mundo controlado por grandes corporaciones virtuales que tendrán el poder de vigilancia, de creación de opinión y de hechos. Y no sabemos qué forma política adoptará. Tengo la sensación de que vamos a un sistema de grandes elecciones espectaculares, publicitarias, que dan una versión reducida y fácilmente consumible de la realidad. Y que al mismo tiempo, la realidad aparecerá de una forma cada vez más virulenta.

Los "hechos alternativos"

Quizá el instante inaugural de la era de la posverdad fue aquell día en que la consejera de Donald Trump Kellyanne Conway justificó la falsedad de que su toma de posesión (izquierda) había reunido a más público que cualquier otra (a la derecha, la de Barack Obama) como un simple «hecho alternativo». Victoria Camps considera que «el récord en la acumulación de mentiras en el periodo de tiempo más corto» que ha batido Trump es «la culminación» de una tendencia que «empieza defendiendo la legitimidad de las medias verdades», sigue con las teorías de la conspiración» y «socava las raíces de la democracia representativa cuya base es la confianza».

-¿Qué papel tienen determinadas características de la comunicación en las redes sociales en esta nueva situación?

Jordi Gracia. Sin ellas no viviríamos este fenómeno, pero sin ellas tampoco hay instrumentos para desactivarlo. Creo que esto de la posverdad está acabándose porque no da de sí: fuegos de artificio corruptor (pero no hay corrupción que dure cien años, ni con redes ni sin redes).

Domingo Ródenas. La atomización de la comunicación a través de las redes, que ha creado pequeñas comunidades de intereses y afinidades ideológicas, ha favorecido la manipulación de los ciudadanos. Ahora es muy fácil obtener información sobre las opiniones, los deseos y las expectativas de cada una de estas microcomunidades y, por lo tanto, de gran parte de la población. También es fácil detectar los creadores de opinión y actuar sobre ellos para orientar una tendencia o una preferencia que se extenderá por la red como una mancha de aceite. Por otro lado, la proliferación en la red de opiniones arbitrarias y gratuitas, exentas de control, mezcladas con las que son razonables y fundamentadas, hace difícil distinguir entre unas y otras y genera confusión y sospecha: cualquier opinión o información es susceptible de ser insolvente o puede ser puesta en duda. En esta disolución de lo que es fiable y lo que no lo es, el lanzamiento de mentiras encuentra un contexto favorable. El problema de la pérdida de jerarquía y autoridad en las informaciones y opiniones aún no ha encontrado una solución óptima.

Andreu Jaume. La posverdad ha nacido en este nuevo ecosistema, lleno de ruido y en el que todo el mundo puede dar su opinión sobre cualquier cosa. Es dar la palabra a todos para que no se escuche a nadie. Y así estamos entretenidos mientras unos cuantos se dedican a lo que de verdad importa. De todas formas, no nos queda más remedio que vivir en este mundo y trabajar en él, con nuestras herramientas, con la palabra, defendiendo los significados y los saberes, la lentitud de la complejidad, el silencio de quien escucha y discrepa, sin miedo.

Temas: Ensayo Libros

0 Comentarios
cargando