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UNA SÁTIRA SOBRE LA CIENCIA FICCIÓN

Laura Fernández, creadora de mundos

La autora publica 'Connerland', fantasía grotesca sobre el oficio de escribir

ELENA HEVIA / BARCELONA

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ALBERT BERTRAN

La cosa va de un escritor de ciencia ficción, Voss, Voss Van Conner, muy preocupado por su estilismo capilar que un mal día se da de bruces con una muerte estúpida al electrocutarse con el secador de pelo. Lo que podría parecer el fin es tan solo el principio de un viaje lisérgico en el que Van Conner, convertido en fantasma -un fantasma con permanente toalla de microdelfines al cinto- se verá obligado a visitar a todos los que representaron algo para él en el pasado. Todo ello, en un presente de atmósfera rarita y un punto retorcida en el que los dinosaurios pueden ser oficinistas, las mesas hablan, el más allá se parece terriblemente a una nave espacial y una nómina de personajes grotescos y brillantes en un número no inferior a 150 se pasean por sus páginas.

La madre de ese delirio titulado ‘Connerland’ (Random House), una novela arborescente y anárquica, “un monstruo de 100.000 cabezas”, es una mujer de sonrisa pura y desarmante que merecería tener un nombre especial y exótico pero sencillamente se llama Laura Fernández. Lo que bien mirado también es una rareza.

PASEN Y VEAN

Lo que Fernández (Terrassa, 1980) ha construido aquí tiene su génesis y referentes en otros escritos suyos. Su última novela, ‘El show de Grossman’, acababa con un encuentro entre los escritores Robbie Stamp y, ¡oh!, Voss Van Conner con un ‘cliffhanger’ de campeonato:  “Ella no lo sabía pero [Van Conner] se convertiría algún día en su mejor amigo”. Pero mucho más atrás, bebe directamente de sus lecturas de las que ella habla con encendido apasionamiento y ahí se citan: Kurt Vonnegut –“tengo la sensación de que todas mis novelas son una reescritura de ‘Dios le bendiga, Mr. Rosewater’”- Thomas Pynchon y Robert Coover, por supuesto. Amén de viejas y amables series de televisión de los 80. Pero también cualquier novelita, con vocación pulp o no, que encuentre de saldo en la librería Gigamesh y que le llame la atención por lo loco de su información en contraportada. “No importa si el libro es malo, a veces encuentro algún detalle excelente que me permite inventarme lo que no me ha gustado”. Esas cosas seleccionadas con mimo y no poca arbitrariedad encajan en el big band explosivo  de sus ficciones.

La idea que sustenta la novela es que la imaginación (y su libro es pura imaginación) no solo es superior a la realidad, sino que además tiene la rara cualidad de liberarte de sus miserias. Fernández se viene arriba en la explicación: “La ficción reconcilia al escritor con su realidad, sea la que sea, aunque se trate de la muerte. Te reconcilia con la vida que tengas y la hace apasionante. Pero naturalmente eso solo funciona para el que escribe, la gente que te rodea no tiene por qué sentir esa pasión”.

PARA QUE ME QUIERAN

El ingrediente no muy secreto es el humor, marca de la casa, que Fernández considera un lenitivo para el dolor, que también lo hay. “El humor ayuda porque la vida del escritor, en el fondo, es muy miserable comparada con los mundos que es capaz de crear. Decía Vila-Matas que su función es desactivar la realidad. De ahí que todos mis personajes, tan grotescos, sufran la inadecuación de no haber aprendido a estar en el mundo”. La autora pierde por un momento su sonrisa luminosa cuando asegura: “Un escritor vive con mayor intensidad ese desencaje y quizá por eso inventa cosas para que le digan que le quieren y que es muy especial”.

¿De eso se trata, de que te quieran? ¿De ser un niño pequeño y pedir cariño? “La escritura es el más infantil de los oficios. Convives con personajes que solo son ecos en tu cabeza. Un escritor jamás pierde la mirada de niño. La escritura realista lo intenta maquillar un poco pero, desengañémonos, todos somos iguales, hablemos de la guerra civil o de naves espaciales. Estás jugando. De todos ellos, los escritores de ciencia ficción son los que más conviven con el niño interior y lo muestran. Son los más vulnerables pero también los más honestos”. 

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