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ÓBITO

12 opiniones contundentes de Zygmunt Bauman

Zigmunt Bauman, en el CCCB de Barcelona.

Zigmunt Bauman, en el CCCB de Barcelona. / EFE / TONI ALBIR

Todas las medidas emprendidas en nombre del 'rescate de la economía' se convierten, como tocadas por una varita mágica, en medidas que sirven para enriquecer a los ricos y empobrecer a los pobres.


Los europeos nos encontramos con la llegada repentina de millones de personas que, hasta hace unos años, tenían vidas muy parecidas a las nuestras. Y, de golpe la aparición en masa de los refugiados nos hace conscientes de cuán frágil es la presunta seguridad de nuestras vidas. La inmigración nos provoca tanta ansiedad porque ese miedo a perderlo todo ya estaba ahí, latente, por la creciente precariedad de la vida occidental. Y cuando ves a miles de refugiados que acampan en una estación de tren europea, te das cuenta de que ya no son simples pesadillas, sino realidades que puedes ver y tocar.


El amor puede y suele ser tan aterrador como la muerte pero encubre la verdad bajo oleadas de deseo y entusiasmo.


Una vez que hayamos construido los muros, que hayamos enviado más soldados a los aeropuertos y espacios públicos, o que hayamos denegado el asilo a más refugiados, se hará evidente, por suerte, la poca relación que todo esto tiene con las verdaderas causas de nuestros miedos.


Podemos decir que el mundo generado por el 'proyecto moderno' se comporta, en la práctica si no en teoría, como si los humanos tuvieran que ser impelidos a buscar la felicidad (al menos la felicidad esbozada por los que se han erigido en sus asesores y consejeros, así como por los redactores de publicidad).

Mientras está vivo, el amor  está siempre al borde de la derrota.


Con nuestro culto a la satisfacción inmediata, muchos de nosotros hemos perdido la capacidad de esperar.


A diferencia de las relaciones reales, es fácil entrar y salir de las relaciones virtuales. Estas parecen elegantes y limpias, fáciles de utilizar, en comparación con el pesado, lento, desordenado proceso de las cosas reales.



Además de tratarse de una economía del exceso y los desechos, el consumismo es también, y justamente por esa razón, una economía del engaño.


El progreso ha dejado de ser un discurso sobre la mejora de la vida de todos para convertirse en un discurso de supervivencia personal.


Ésa es la materia de la que están hechos los sueños y los cuentos de hadas de una sociedad de consumidores: transformarse en un producto deseable y deseado.


Es estéril y peligroso creer que uno domina el mundo entero gracias a internet cuando no se tiene la cultura suficiente que permite filtrar la información buena de la mala.

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