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concierto en barcelona

Enciclopedia The Cure

El grupo británico recorrió su trayectoria en un largo y completo recital en el Palau Sant Jordi

Jordi Bianciotto

Concierto The Cure

Robert Smith, durante el concierto de The Cure en el Sant Jordi, este sábado. / FERRAN SENDRA

Bandas veteranas, un día aventureras, que se bajan del tren para contemplar el paisaje dejado a su paso. Exhibir el legado de los viejos días de gloria es el signo de los tiempos: lo vimos la otra noche con King Crimson, y este sábado con una formación más joven, The Cure, que no entrega material desde hace ocho años. Queda la destilación de su arte y el orgullo compartido. Y conciertos canónicos, asentados en una interpretación sentida, que viene muy de dentro, como el que Robert Smith y su tropa ofrecieron en un Palau Sant Jordi lleno hasta arriba.

Recital de amplísimos contornos, enciclopédico en su voluntad de representar los distintos períodos y acentos estilísticos de la banda, desde la tiniebla gótica al hit pop. Con un Robert Smith en álgido estado vocal, luciéndose entre las espesas capas de guitarras y teclados desde la primera pieza de la noche, Open.

TONOS INTENSOS 

Escenario y proyecciones con luces y espectros, colores vivos y siluetas borrosas. Expresionismo plástico envolviendo un repertorio que, en sus primeras estaciones, reposó repetidamente en el disco The head on the door (1985), con Kyoto song, A night like this, el éxito In between days, Sinking y The blood. Esta, con Smith a la guitarra acústica, que utilizó para una informal introducción de aires flamencos.

En el subsuelo, elaboradas, opacas, digitaciones del caballero Reeves Gabrels, que fue guitarrista y estrecho cómplice de David Bowie entre 1989 y 1999; un músico tendente a la textura extrema que aquí sonó en muchos momentos acotado. Los teclados Roger O'Donnell dominaban abundantes planos. Lejos, por tanto, de aquel concierto asentado en las guitarras que el grupo ofreció en el mismo Sant Jordi en el 2008. Y con la poderosa toma de tierra del bajo manejado por Simon Gallup, el compañero más longevo de Smith, al servicio de The Cure desde 1979.

Los repertorios de este grupo cambian drásticamente de una noche a otra. Aquí irrumpió pronto la cuña saltarina de The walk mientras que Disintegration (1989), obra cumbre protagonista en otros conciertos, tardó en hacerse notar y lo hizo en dosis moderadas. Ahí, Pictures of you Lovesong marcaron territorio y ejercieron de estilizados arietes. Cruzaron caminos con otros viajes al pasado más lejano, con Three imaginary boys, Primary y la melancólica, siempre bella, Charlotte sometimes.

Robert Smith, ahorrador en palabras, soltando de vez en cuando algún parco «gracias», con correcta pronunciación de la letra ce fricativa dental sorda. Bien, era la música la que hablaba, y con acentos muy cambiantes: la melodía soleada de Just like heaven dando paso a una From the edge of the deep green sea en la que Gabrels alzó el tono camino de esa larga noche llena de distorsiones y angustiosos acordes menores llamada One hundred years. The Cure, acudiendo a sus fuentes más turbias pero paradójicamente felices para los fans de la ola siniestra. Y End como última parada del set central, de hora y media.

Para The Cure, los bises no son propinas sino que dan forma a otro concierto en sí mismo. Anoche fueron tres generosos bloques de canciones que se abrieron con It can never be the same, una canción inédita de aspecto de lo más denso y sentido que el grupo estrenó el pasado mayo (otra novedad de la gira, Step into the light, no sonó en el Sant Jordi). Luego, una pieza más bien menor, Burn, que hace dos décadas ilustró la banda sonora de la película El cuervo, y otro par de excursiones a los viejos tiempos de la blanca palidez, los del álbum Seventeen seconds (1982). Play for today y un A forest incisivo, abrumador en ese crescendo en el que Robert Smith dice correr hacia la nada, persiguiendo una sombra entre los árboles, psicóticamente, «again and again and again», en fin, como corresponde a una sufrida alma gótica. Pieza recreada sin prisas, rematada por las graves pulsaciones de Gallup.

LLUVIA DE 'HITS' 

El segundo bis trajo gratos rescates de piezas como Shake dog shake Fascination street, y en el tercero y último el grupo tiró la casa por la ventana. Muchos hits seguían pendientes, y ahí vimos por qué: la sinuosa Lullaby y el funk de Hot hot hot pusieron los pilares para que, de un tirón, y acercándose a las tres horas de concierto, Friday I'm in love, Boys don't cry, Close to me y Why can't I be you? saciaran a los fans y recordaran que detrás de sus aires afligidos, The Cure siempre tuvo un alma pop. Con tesoros que pueden seguir paseando unas cuantas giras más.

Temas: Música

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