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Brexitraíl (1)

La balada del payaso enterrador

Donde el autor intima con un clown que trabaja en una funeraria de Brighton, en la primera parada de su ambicioso viaje en tren por la Gran Bretaña del Brexit

Miqui Otero

Cuando esa mañana enseñé mi pasaporte en un aeropuerto de Londres no sospechaba que apenas tres horas después un enterrador, que también trabaja como payaso infantil, pondría una cuarta sidra en mi mano, cerraría la puerta del comedor de su casa de Brighton y se dirigiría hacia mí, arrinconado en el extremo derecho de su sofá, frotándose las manos y gritando: "¡Vamos a ser un poco gamberretes!".

Todo esto sucede en el primer día de mi Brexitraíl, el Interraíl británico, el viaje en tren que he decidido hacer por Gran Bretaña  poco después de que el país haya decidido abandonar la Unión Europea. El mar se riza en los pilares de los muelles y el sol restalla contra carteles de colores modernos sobre el conjunto de pálida acuarela victoriana de esta ciudad costera.

En la playa, las tumbonas de tela a rayas han soportado el paso de las décadas desde que fueron empleadas como munición en aquellas batallas teatrales que enfrentaron a los jóvenes de 1964. Ahora no hay mods y rockers, sino padres tatuados y sin dientes y niños con chándal y con dientes de leche que apuestan en las máquinas de la feria, donde los graznidos histéricos de las gaviotas se confunden con el chirriar de las atracciones oxidadas. Aquí, pienso, es donde llega el primer personaje de 'Brighton Rock', la novela que Graham Greene arranca con una frase que en un rato me parecerá premonitoria: "Hale no llevaba ni tres horas en Brighton cuando se dio cuenta de que querían matarlo".

Nuestro primer anfitrión no solo colma las expectativas, sino que las rebasa preocupantemente cuando a las tres de la tarde nos propone la primera sidra

Por suerte no viajo solo. Si hasta nuestro ministro de Interior tiene un ángel de la guarda que le ayuda a aparcar el coche ("ahí no, que es un vado, Marcelo". "Sí, domingos y festivos, Jorge"), a mí me acompaña un ángel custodio mucho más agraciado y que tiene bastante más trabajo conmigo: no es su verdadero nombre, pero la llamaremos Rita. Yo, que me desoriento incluso en mi barrio y que fui a un colegio salesiano, bisbisearé una oración cada vez que 'lovely' Rita mire el plano de una nueva ciudad: "Ángel de mi guarda, dulce compañía / no me desampares, ni de noche ni de día / No me dejes solo / que me perdería".

Gracias a Rita, logramos llegar cargando mochilas desproporcionadas al lugar donde pernoctaremos. Sabíamos que Brighton es diferente del resto del sur de Gran Bretaña: aquí se viene a pasar fines de semana traviesos desde que en el siglo XVIII el rey Jorge IV se construyera una 'party house'. Gary, nuestro primer anfitrión, una especie de doble de Nick Hornby que nos recibe en calcetines, no solo colma las expectativas, sino que las rebasa preocupantemente cuando a las tres de la tarde nos propone la primera sidra.

En la tercera lata (estas elipsis serán habituales en Gran Bretaña) pone un disco de Bowie ("todo va mal desde que murió David; mira el Brexit") y filosofa:

-Hay mucha gente que le tiene miedo a dos cosas... ¿A qué le tienes miedo tú?

¿A ti?, pienso y no digo, mientras busco la mano de Rita ("no me dejes solo que me perdería") para palparla bajo el cojín.

-A los payasos –se contesta-. Absolutamente brillante. Bien, pues yo soy payaso. Es más, soy el Payaso de la Scooter.

Rita y yo sorbemos la tercera lata de sidra mientras un rayo de sol lame los barrotes de la ventana tras agrietar las nubes negras que rondan esta casa.

Pero el Payaso de la Scooter es un payaso travieso.

-¿Sabéis el truco de la flor que echa agua?

-Me suena –me suena mal,  pienso.

-Pues yo le pongo vodka.

Su nombre artístico es Tommy Tickles y es una versión casi marxista de Pogo el payaso. Cuando lo contratan ejecutivos forrados de la City londinense, le gusta enseñar valores a sus hijos: el juego de las sillas musicales le parece la peor expresión del darwinismo social y el capitalismo más voraz, así que en todos los juegos premia al niño que pierde.

-Cuando los padres, tan exitosos, vuelven de currar, encuentran a sus hijos saltando encima del sofá y gritando: "¡Quiero ser un 'loser'! ¡¡Quiero ser un gran perdedor, papá!!".

Entonces nuestro anfitrión hace un mutis para aliviarse en el baño mientras Bowie canta que podemos ser héroes solo por un día. Fuera ya ha empezado a llover.

-Pero aún hay otra cosa a la que la gente le tiene miedo... -dice cuando regresa.

Gary se frota la calva para luego posar sus ojos en los míos. Y yo me veo en posición de acertar.

-Exacto. ¡La muerte! Y yo soy... ¡el rey de la muerte en Brighton!

Gary explica que se vio asaltado por una epifanía cuando asistió a un funeral irlandés. Fundó la empresa The Modern Funerals, que abarata costes y ofrece una ayuda específica para superar el primer duelo. Si al difunto le gustaba el cine, organiza un cineclub en el que los familiares ven, entre pintas de cerveza, una película con los mejores momentos de su ser querido. Su empresa se ha convertido en líder del sector en la ciudad gracias a su imaginación y a sus tarifas: no poseen frigoríficos para los fiambres, sino que los alquilan por horas.

-Es como un Airbnb, pero para muertos –nos dice nuestro anfitrión de Airbnb.

Gary es todo lo que amo de muchos ingleses: buenos discos, mejores historias, conciencia de clase y se ríen hasta de la muerte

Es entonces cuando exclama "¡vamos a ser un poco gamberretes!", porque vamos a fumar dentro de casa, y al poco rato sé que Gary es todo lo que amo de muchos ingleses: buenos discos, mejores historias, conciencia de clase y se ríen hasta de la muerte. Mientras nos pasea por los mejores pubs, suelta una retahíla de sentencias lúcidas: "La risa es nuestra única religión", "la música pop inglesa es honesta; las pelis, no. Excepto 'Trainspotting'", "el pub es nuestro Parlamento... lo malo es que algunos tienen mal beber". 

Seis horas después de la primera sidra, sorbemos la que será la última mientras nos pone en la televisión un documental de la BBC 4 sobre los clowns de Brighton. Aparece nuestro amigo algo más pasado de peso: actúa en la calle ante algunos niños distraídos e incluso su hija adolescente tiene un cameo para decir que se avergüenza de él. Cuando lo hace, Gary se encoge de hombros y nos ofrece más pizza casera.

Y yo sé entonces que hemos empezado con buen pie. Y yo sé, como dice un personaje de 'Brighton Rock', que "el hecho de fundirse con la Unidad no tiene la más mínima importancia comparado con un buen vaso de Guiness en un día esplendoroso". En un día esplendoroso de lluvia como este.

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