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EXPOSICIÓN DE UN MAESTRO DEL MODERNISMO

Retratos para Júlia

El Cercle del Liceu descubre la personalidad de la que fue musa, amante y esposa de Ramon Casas a través de 70 obras, muchas de ellas inéditas

NATÀLIA FARRÉ / BARCELONA

Retratos de la primera parte de la exposición, en los que Casas plasmó a la Júlia más apasionada.  / RICARD FADRIQUE

Retratos de la primera parte de la exposición, en los que Casas plasmó a la Júlia más apasionada.
La última sala de la exposición, donde lucen los retratos de Júlia más íntimos.
La Rotonda, la sala de fumadores del Cercle, está decorada con 12 telas realizadas por Casas.

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'Sargantain' no significa nada en francés; tampoco en catalán, castellano o inglés, idiomas que Miquel Utrillo dominaba a la perfección. Aun así, el amigo de Ramon Casas (1866-1932), el que le titulaba los cuadros, se los enmarcaba y se los llevaba a exponer, puso ese nombre, 'La Sargantain', al que se considera el mejor retrato realizado por el pintor modernista de la que fue su musa, amante y esposa: Júlia Peraire. La historiadora del arte Isabel Coll tiene claro el porqué del título: "Es una manera suave de poner 'La sargenta'". Y es que Peraire gustaba tanto a Casas como disgustaba a sus amigos y familia. Además, si algo se sabe de ella es que era una mujer con mucho carácter. Poco más. El resto era un misterio que Coll ha intentado resolver y revela en 'Júlia, el desig', la segunda de las exposiciones que se celebran a raíz del Any Casas, efeméride que homenajea al pintor en el 150 aniversario de su nacimiento. Y la primera que se dedica por entero a Júlia. La muestra, además, tiene un entorno de lujo, el Cercle del Liceu, templo privado melómano que abrirá sus puertas al público, previa cita, hasta el 20 de julio.

La muestra rompe con el tópico de chica humilde, descarada y de vida fácil que sedujo a un hombre rico y mayor

La revelación de Coll rompe con la idea de que a la joven, vendedora ambulante de no sé sabe muy bien qué, la llamaban 'la Sargantana'. Y rompe también con otros tópicos sobre ella, como el de chica humilde, descarada, de vida fácil y ligera que sedujo a un hombre rico y mayor. Es cierto que Casas era un burgués de pro: con dinero, principal en el paseo de Gràcia y palco de propiedad en el Liceu. Y es cierto que se llevaban 22 años y que la joven apenas tenía 18 cuando se conocieron. Fue en la Maison Dorée, un café al estilo parisino que había en la plaza de Catalunya. Casas tomaba algo y ella vendía lo que fuera. Es lo que afirma la leyenda, que el propio Casas elevó a categoría de verdad cuando dibujó el encuentro en una carta que envió a su amigo Charles Deering años después.

HIJA DE UN LIBREPENSADOR

También es cierta la animadversión que sentían los amigos de Casas hacía Júlia, que Coll justifica con los celos. El pintor conoció a su musa y olvidó a sus amigos. Y no menos verdad es la antipatía que siempre le profesó la madre del artista. Lo que no está tan claro es que Júlia fuera tan sencilla o tan desvergonzada como siempre se ha afirmado. Las indagaciones de Coll han revelado que su padre era un funcionario de Sant Martí de Provençals que murió joven. Así que es posible que el ayuntamiento compensara a su viuda con la concesión de una administración de lotería o un estanco. De ahí, la venta ambulante de Júlia. También han desvelado lo más importante para explicar el comportamiento de la musa de Casas: su padre era un librepensador. Y de ahí que la relación del pintor y la modelo fuera bien vista por la familia de ella, tanto que en casa de Casas no solo vivía Júlia, también vivían su madre y sus hermanas.

"Mi deseo ha sido poner a Júlia en su sitio, una chica muy libre, sí, pero porque a la familia le parecía bien", afirma la comisaria 

"Mi deseo ha sido poner a Júlia en su sitio, una chica muy libre, sí, pero porque a la familia le parecía bien su comportamiento. Me gusta eso, su libertad. Quiero reivindicarla como una chica joven de 17 años a la que me cansa que le pongan adjetivos que no son ciertos, y a la que se menospreciaba por su libertad", afirma Coll, comisaria de la exposición, que reúne 70 piezas: 56 retratos de Júlia (postales incluidas) y otras 14 obras de Casas que forman parte de la colección del Cercle: los 12 plafones de la llamada Rotonda (la sala de fumadores), un dibujo y la no menos famosa tela 'Ball de tarda'. El 90% de las piezas son inéditas, no se han visto nunca, y el motivo es simple: provienen de colecciones privadas y no suelen prestarse. Esta muestra ha sido una excepción. ¿Por qué? Porque la mayoría de coleccionistas que se han desprendido momentáneamente de sus tesoros son también socios del Cercle del Liceu.  

EVOLUCIÓN EN EL TIEMPO

Situado el personaje, lo suyo es ver cómo la fue pintando Casas a lo largo de los años y cómo evolucionó la pintura del artista con el tiempo. Lo primero queda claro con la entrada a la muestra. Lo que sentía Casas por Júlia era una gran pasión, y 'La Sargantain' es la evidencia de ello: "Una de las mejores representaciones del poder de la modelo sobre el pintor", según Coll. El cuadro, pertenece a la colección del Cercle y es el que da paso al resto de retratos de Júlia, que con el tiempo evolucionaron, como evolucionó la relación entre los amantes. Así, de la Júlia pasión se pasa a la Júlia elegante y a la Júlia burguesa. "Si al principio domina el gesto sensual de la figura, después lo que domina es el vestido", explica Coll. La tercera parte, la última, es la más íntima. La que muestra a Júlia en casa, y la más realista de todas. Y es aquí donde luce uno de los cuadros más sorprendentes: un retrato de la musa vestida de monja. "No entró en Sant Benet de Bages hasta que murió la madre de Casas, en 1914; es una manera de decirle: es tuyo, eres la abadesa", apunta Coll.

La evolución pictórica de Casas es el último punto que toca la exposición. "La modernidad de Casas es a través de los grandes maestros; Casas no se mueve mirando a sus contemporáneos", revela la comisaria. De manera que el amarillo de 'La Sargantain' es el amarillo de 'Las lágrimas de San Pedro' de El Greco; los grises de Velázquez son los de 'Júlia amb mantellina, flor i ventall'; y la mirada a Tiziano se evidencia en la 'Violette', donde Júlia, al igual que la 'Venus d’Urbino', sostiene un ramo de violetas. Muchos retratos para una mujer que rompió el primero de los dibujos que Casas le realizó. No le gustó. Lo dicho, era una mujer con carácter. 

El Museu del Modernisme prorroga su exposición

La exposición que hoy abre puertas en el Cercle del Liceu coincide en el tiempo con otra de las grandes muestras del Any Casas, la que en marzo abrió puertas en el Museu del Modernisme, 'Ramon Casas. La vida moderna', y que ha prorrogado hasta 3 de julio debido al éxito de público. La exposición presenta algunos cambios, aunque mantiene el mismo eje conductor: la relación del pintor con la vida moderna a partir de la exhibición de 130 obras.

La novedad más importante es la exposición por primera vez de 'El retrat de Glòria Codina en la seva etapa de joventut', una tela en el que el artista plasmó a su sobrina en 1918 y que se muestra ahora tras haber sido restaurada. La pieza ha estado siempre en manos de particulares, de ahí que no se haya visto nunca en público. 

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