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De oficio, traductor

El pequeño ensayo de Javier Calvo 'El fantasma en el libro' invita a pensar en algunas de las claves de la profesión

Traductores como Miquel Sáenz, Enrique Murillo y Ferran Ràfols revelan las alegrías y las penas de su trabajo

ELENA HEVIA / BARCELONA

Recreación de un teclado imposible.

Recreación de un teclado imposible.  / periodico

Cuando se le pregunta a algún escritor joven (o ya no tanto) cuáles son sus influencias literarias, en la lista suelen mezclarse sin jerarquías ni distinciones autores locales y extranjeros, españoles, norteamericanos, franceses, japoneses, rusos y 'tutti quanti'. Tampoco hay diferencias para el lector común que apenas se da cuenta, salvo que el castellano o el catalán chirríe estrepitosamente, de que alguno de esos textos son obra de un profesional, cuyo esencia es, en palabras del escritor y traductor barcelonés Javier Calvo, la "invisibilidad". ¿Hasta qué punto somos conscientes de que detrás de una buena parte de los libros que leemos hay una persona, un traductor que ejerce de escritor en la sombra?

Sobre ese tema y sus efectos colaterales reflexiona Calvo en 'El fantasma en el libro' (Seix Barral) un opúsculo en el que ha vertido buena parte de sus experiencias y penurias sobre la labor de traducir. Él que se ha visto las caras desde ese punto de vista con autores como David Foster Wallace, J.M. Coetzee, Don DeLillo, Salman Rushdie o Denis Johnson. “Yo en los congresos sobre traducción a los que he asistido, con profesionales de mucha experiencia, jamás me he encontrado con alguien que tuviera una teoría convincente de cómo se tiene que traducir”.

La primera disyuntiva en una posible sistematización de la traducción tiene que ver con la fidelidad. ¿Cómo se consigue? ¿Hay que ser literal respecto al texto original como lo era Nabokov, que traducía al ruso los clásicos ingleses dejando a un lado su característico y muy florido estilo? ¿O bien es lícito meterle mano al texto y ‘mejorarlo’ con solía hacer Borges? Sin olvidar que Cortázar decidió eliminar bonitamente de su ‘canónica’ traducción de Robinson Crusoe nada menos que un 30% de la obra, como descubrió atónito otro traductor, Enrique de Hériz, que sirvió hace unos pocos años una versión completa.

MÁS FIABLES, MÁS PLANOS

"Hoy los traductores somos mucho más fiables que en el pasado -afirma Calvo-, en el sentido de que entendemos mejor el original, pero creo que los traductores anteriores a 1980 tenían un lenguaje mucho más rico y más autártico, porque la gente leía entonces mucha literatura española. Ahora escribimos en un idioma más plano, más influido por el inglés, que es el idioma del 80% de las traducciones". El resultado será siempre una aproximación endiablada. Calvo tiene una bonita definición para esa tarea a la tradicionalmente se asocia con la traición: "Es como reconstruir una casa de Lego con las piezas de otro juego de construcción".

"Traducir es como reconstruir una casa de lego con las piezas de otro juego de construcción", define Calvo 

Una de las denuncias del interesante libro de Calvo es la forma en la que se han extralimitado los mecanismos de control de las editoriales que, según él, no permiten la menor libertad a la hora de recrear la lengua original del autor. "No creo que un lector común sea capaz de distinguir el estilo de, por ejemplo, dos famosos autores británicos, aunque en realidad ambos escriban de una forma radicalmente opuesta. Hay un tipo de exigencia de las editoriales para que el lenguaje sea más común y para que el fondo todo suene igual".

Para Miguel Sáenz, uno de los más prestigiosos decanos de la profesión, con Günter Grass, Thomas Bernhard o W. G. Sebald en su nómina, y el único traductor que como tal forma parte de la  Real Academia Española, el traductor jamás es invisible. "Es imposible escribir un texto sin dejar un rastro y con un buen programa informático incluso se podría averiguar quién lo ha traducido. Creo que nadie va a un concierto sin saber el nombre del director o el de la orquesta. Nadie va a oír una ópera sin saber quien canta". Los traductores quizá no se pongan de acuerdo en algunos detalles, pero casi todos se duelen de ser poco reconocidos. La gran reivindicación es que su nombre aparezca en las portadas de los libros, algo solo cumplen sellos independientes como Libros del Asteroide, Acantilado, Impedimenta, Nórdica y en el ámbito catalán, 1984, L’Altra o La Campana, por poner varios ejemplos. En el resto, el gran logro es constar en una de las primeras y más nobles páginas.

LA LEY DE LOS 80

El hoy editor Enrique Murillo, traductor en su día del 'best seller' 'La hoguera de las vanidades', de Tom Wolfe, recuerda el momento exacto en el que cambió la consideración legal del traductor. Fue en el 87 cuando un desliz en la redacción de la entonces nueva Ley de Propiedad Intelectual en la que se mencionaba directamente al "autor de la traducción" permitió a las asociaciones de escritores forcejear por un nuevo marco legal. "A partir de ahí toda traducción debía ser contratada, antes no había nada". Murillo recuerda como muchas de las traducciones que hizo entre 1976 y 1988 jamás llegaron a ser de su propiedad.

Traducir es llorar -Sáenz, en su discurso de aceptación en la RAE, aseguró que "la traducción es con la prostitución el oficio más viejo del mundo aunque está peor pagado"- y de ello da cuenta otro traductor mucho más joven, Ferran Ràfols, que ha vertido al catalán nada menos que a Raymond Carver, Evelyn Waugh, Thomas Pynchon, Richard Ford, Colm Tóibín o Toni Morrison. "Estos últimos años las tarifas se han congelado o han bajado  y los plazos acostumbran a ser muy ajustados". Ràfols llamó a su blog 'La màquina de fer llibres' por la primera sensación que le invadió al intentar vivir únicamente de la traducción literaria. "Lo hago, precariamente, desde el 2008", dice. La dura competencia con el fuerte y dinámico mercado en castellano es uno de los puntos flacos de la traducción en catalán: "El mercado es pequeño y el lector de preferencia catalana (por decirlo de alguna manera) también lee en castellano. Así, si un libro se ha traducido al castellano hace poco es terreno quemado para la traducción en catalán". 

El tira y afloja entre el escritor y su intérprete

"Un libro traducido es como un cadáver mutilado por un coche hasta quedar irreconocible. Se puede buscar los pedazos pero ya no sirve de nada. La verdad es que los traductores son algo horrible". Quien vertió este texto del radical Thomas Bernhard en buen castellano fue su traductor habitual, Miguel Sáenz, que se tomó con filosofía el exabrupto conociendo al personaje. "Cuando estaba ya muy enfermo, Bernhard se citó conmigo en Torremolinos, pero no llegamos a conocernos. La muerte le impidió acudir a la cita. Quiero creer que sentía que yo era alguien que le comprendía". Saénz fue durante años buen amigo de Günter Grass -"una relación que me ha hecho mejor traductor"- y también lo es de Salman Rushdie, toda una heroicidad, habida cuenta de que el traductor al japonés del autor de los 'Versos satánicos' fue apuñalado por la fatua dictada por Jomeini.

No hay secreto de confesión que valga; el traductor conoce muy a fondo los errores de los autores que un ojo poco experto no detectaría. "A los traductores les encanta hablar mal de sus autores", confiesa Sáenz. Y es que hay algunos son capaces de volver loco al traductor. Fue el caso de Jonathan Franzen con Ramón Buenaventura, traductor al castellano de 'Las correcciones' que juró no volver a repetir la experiencia -en descargo de Franzen hay que decir que la relación con Enrique de Hériz, traductor de 'Pureza', fue como la seda-. También Milan Kundera o Umberto Eco tuvieron fama de pejigueros, mal aconsejados, se empeñaron en corregir a los profesionales y en ocasiones saltaron chispas. 

Temas: Libros

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