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Alicia Giménez Bartlett: «La policía siempre debe ser escrutada»

La creadora de Petra Delicado recibirá el Premio Pepe Carvalho en BCNegra

ELENA HEVIA / BARCELONA

Hace casi 20 años y casi sin que su creadora se lo propusiera nació, como un desahogo, una de las policías más exportables de la novela criminal local. A la criatura de ficción, Petra Delicado, y a su autora, la real, irónica y reposada Alicia Giménez Bartlett (Almansa, Albacete, 1951) las ha bendecido ahora el Premio Pepe Carvalho, que este año llega a su décima edición y que la escritora afincada en Barcelona recibirá el próximo 5 de febrero en BCNegra, en el Saló de Cent del Ayuntamiento. Lo hará con un nuevo libro, 'Crímenes que no olvidaré' (Destino), una colección de nueve cuentos protagonizados por esa inspectora dura y sensible a la vez, como su nombre indica.

-¿Imaginó las muchas alegrías que le iba a acabar dando Petra Delicado cuando la imaginó por primera vez?

-Para mí solo fue intento de hacer algo divertido tras Una habitación ajena, una novela muy exigente para mí. Pero la carrera de Petra ha tenido una evolución muy lenta desde 1996, con unos pocos seguidores en España, cuando aquí la novela negra no acababa de cuajar. Luego poco a poco la fueron descubriendo en Alemania, en Italia, pero llevó su tiempo.

-Y por el camino Petra también fue transformándose, madurando...

 

-Yo creía que no. Que iba a ser siempre igual, pero me he dado cuenta de que a pesar de que se ha mantenido durante años en los 40 y de que tengo el propósito de que llegue a los 50, sus reflexiones sobre la vida se acercan más a la madurez

-Para ver esta evolución nada mejor que 'Crímenes que no olvidaré', cuentos escritos entre 1997 y 2014. 

-Son casi todo encargos. La mayoría de mi editor italiano Antonio Sellerio y otros de mi editor alemán. Sellerio suele proponer un tema. Pone a varios autores de su cuadra a trabajar sobre él, cada uno con su detective correspondiente y es un formato que tiene mucho éxito.

-Dicen no le gusta mucho hablar de sí misma.

 

-Pero tengo la habilidad de lograr que  la gente termine contándome sus cosas y así yo me libro de hacerlo. Sí, soy pudorosa,  me produce cierta tensión.

-Como Agatha Christie también arrastra literariamente el apellido de su primer marido. 

-Del nombre tiene la culpa la agente Carmen Balcells que al principio  de entrar en su agencia hizo una extraña profecía. Me dijo que con mi nombre completo, Alicia Giménez González, no iba a ninguna parte y nos pusimos a buscar apellidos hasta que llegué al de mi marido. «Barlett, es perfecto, porque harás más carrera fuera de España que aquí». ¡Esto me lo dijo el primer día que nos vimos y con mi primera novela todavía no publicada!

-Usted pertenece a una generación que corrió delante de los grises. ¿Qué hace fascinada por una policía nacional?

 

-Sí, lo confieso, corrí ampliamente delante de ellos. Pero también soy de esa generación que le ha echado ilusión a los cambios. Nos creímos que todo iba a ser perfecto y entre nuestros deseos estaba el querer una policía democrática. Eso se percibe en Petra, el deseo de tirar adelante y desmarcarse de la policía franquista.

-Se lo preguntaba porque el caso

4-F ha vuelto a poner en cuestión a las fuerzas del orden.

 

-Y está bien que así sea. La policía siempre debe ser cuestionada porque todo elemento de un país que tiene la fuerza en sus manos es potencialmente peligroso. Porque esa fuerza puede ser ejercida, alguna vez, de manera non sancta. Es evidente que la policía hace una gran labor social y hay gente estupenda en ella, pero como cuerpo debe ser permanentemente escrutado.

-¿Por qué en sus novelas policíacas ha huido sistemáticamente de la realidad más inmediata?

 

-Me interesa más encontrar lo esencial y huir de lo episódico. En mis novelas, Petra y Garzón en los, pasados, años de bonanza económica se sobresaltaban de que hubiera tiendas de velas o de pestañas. Esa especialización en el lujo, en la nada, por ejemplo, para mí es un reflejo más importante que una datación histórica o sociológica. Yo escojo los temas por cierta preocupación social y vuelvo a ellos recurrentemente como en el jazz.

-¿Cómo ha influido su pensamiento feminista en Petra?

 

-Yo diría que casi soy postfeminista. Me encantaría que no hubiera que batallar y ahora prefiero que batallen otras y logren ese mundo feliz en el que las mujeres puedan hacer  su voluntad sin sentimientos de culpa.

-La culpa. Ese sí que es un tema recurrente y jazzístico en sus novelas.

 

-Las mujeres siempre nos sentimos culpables. Quizá las más jóvenes logren zafarse de ello porque han sabido renunciar. No se puede ser a la vez una madre maravillosa, una profesional de primera línea y encima pintarte bien el ojo. Hay algo que debes relegar y muchas veces se hace una elección clara y dura: no tener, por ejemplo, una relación amorosa; o al contrario, estar en un momento profesional buenísimo y dejarlo todo por la familia. Mi generación eso no lo ha tenido claro, lo queríamos todo. Eramos gente,  y ahí incluyo a hombres y a mujeres, de duda eterna.

-En el fondo su novelas negras son muy amables. ¿Nunca ha sentido la tentación de oscurecerlas más?

 

-Eso tiene que ver con mi talante. Cada vez me vuelvo más cobarde. Las cosas me impactan y me duelen. Dudo que pudiera escribir algo oscuro, en el sentido de máxima tensión. Yo recuerdo que en Nido vacío, sobre la pornografía infantil en internet, la policía me dio datos y me ofrecieron consultar un dossier de fotografías. No fui capaz, ya no de describirlo, sino de verlo. Y si no lo veo no puedo trasmitir el horror. No soy capaz. Quien espere eso de mí no lo va a encontrar. Soy una débil mujer (ríe).

-¿Le habría gustado haber triunfado de igual modo con sus novelas no genéricas?

 

-Me parecería un abuso. Yo estoy contenta. He tenido éxito con las novelas que me han acercado a la gente. Gente que además te dice cosas que te ponen el corazón en un puño. El otro día en la Barceloneta una señora me contó que los libros de Petra hicieron reir a una amiga suya con cáncer en el proceso de la quimio.  Eso te pega un subidón. Luego está el prestigio y todo lo demás. Yo me conformo con lo que tengo. El prestigio cada vez me importa menos. Estoy encantada con lo que tengo. Me doy con un canto en los putos dientes.

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