Ir a contenido

Cuenta atrás para la gran cita de la historieta

Ifni: más que una mili

Jaime Martín relata la posguerra vivida por sus padres en 'Las guerras silenciosas'

ANNA ABELLA
BARCELONA

No son solo batallitas de la mili, aunque fuera en medio de un alto el fuego en el norte de África. Las guerras silenciosas (Norma) es mucho más. Es un retrato preciso del franquismo en los años 60, aquel que dirigía a los hombres «como borregos» con el inapelable ritual de «tener novia, hacer la mili, casarse y procrear», aquel en que niñas y adolescentes debían aprender a coser y cocinar bien para no quedarse solteras y cuya educación estaba mayoritariamente a cargo de «falangistas muy metidos en el papel de producir entes reproductores de siervos del régimen». Jaime Martín (Barcelona, 1966) presenta su nuevo álbum en el Salón del Cómic, que empieza este jueves. Estará presente en la exposición sobre la guerra pero bien podría estarlo también en la de Viñetas autobiográficas pues es la historia de juventud de su padre y su madre, 160 páginas con saltos al presente, en los que no faltan sus hermanos ni él mismo, en pleno proceso de creación, con sus dudas e inquietudes.

Cierto que todo surgió de las comidas familiares en las que el padre del dibujante les contaba una y otra vez sus anécdotas de la mili -cómo cayó un camión por un barranco, las picarescas para lograr comida decente...-, una fijación de la que parece que el cómic le ha liberado. «Pero fue cuando leí su libreta de memorias cuando me di cuenta de lo penoso que fue todo -cuenta Martín-. Mostraba su resentimiento hacia los mandos que abusaban de ellos y les golpeaban sin motivo. Él se había quedado con lo poco bueno y eso es lo que nos contaba, transformándolo en aventuras. Pero en realidad sentía que le habían secuestrado durante 18 meses y le habían robado la juventud».

Al padre del autor de Sangre de barrio lo enviaron en 1962 a África, donde los reclutas desconocían que el territorio seguía en alerta desde la guerra de Ifni, un conflicto silenciado por Franco, que el No-Do reducía a «escaramuzas de bandidos harapientos». Empezó en 1957, cuando el Ejército de Liberación Marroquí atacó las guarniciones españolas en la zona, cedida por Marruecos en 1860. Duró ocho meses, con un saldo para España de 198 muertos, 574 heridos y 80 desaparecidos. Muchos soldados eran de reemplazo, mal preparados y equipados con alpargatas y viejos fusiles de la guerra civil. Poco había cambiado cuando llegó su padre. «Él no estuvo en primera línea pero habría podido tocarle. Una vez que le enviaron al frente vio medidas extremas y trincheras pero sobre todo le llamó la atención cómo aquellos reclutas habían envejecido prematuramente. Pidió agua y le señalaron un depósito en el suelo. Dentro vio una rata muerta y se lo dijo. La respuesta fue: 'Siempre hay y todos bebemos de ahí'...».

Les comían los chinches y la suciedad, y «volvió obsesionado por haberse pasado 18 meses comiendo en el suelo, bajo el sol abrasador, y siempre tres reclutas a la vez del mismo plato», pero lo peor eran los mandos que «hacían lo que querían y volcaban sus frustraciones sobre ellos, aunque eso en la mili pasó siempre. Mi hermano la hizo en los 80 y también era de locos. Contaba que en Alcantarilla, un pueblo de Murcia, había un día en que todos se emborrachaban y podían saldar cuentas a golpes con los mandos». Un recluta estudiante de Medicina alertó a los mandos de que los síntomas que sufrían muchos soldados eran de meningitis. Y le arrestaron «por decir tonterías». Los sulfamidas que les dieron provocaron a todos graves mareos y les prohibieron informar por carta a la familia.

Las guerras silenciosas, publicado en el 2013 en Francia y nominado en Angulema, debe la dimensión de la vida civil a la madre de Martín, que murió antes de verlo acabado. «Ella sugirió que contara cómo las mujeres esperaban la vuelta de los novios de la mili». Había suegros que las espiaban para asegurarse de que les eran fieles.

Martín, que fue objetor de conciencia porque «sabía que no iba a llevar bien eso de obedecer sin opción a pensar y porque sí», no se imagina en el lugar de su padre o en una guerra. «Sé que nunca voy a matar por un político o una bandera. Es ingenuo ir voluntario a Irak creyendo que lo haces por la paz del mundo».  

Pero la historia familiar sí le hizo pensar en porqué su abuelo fue voluntario republicano. «Por su infancia de absoluta miseria. Con seis años ya trabajaba cargando sacos en una fábrica de vidrio mientras le golpeaban porque era lento. Y la República quería acabar con eso». Su vida, y la de su abuela, que escapó de ser fusilada al inicio de la guerra, Martín la atesora para su próximo cómic.

0 Comentarios
cargando