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500º aniversario de una obra fundamental del pensamiento occidental

Maquiavelo, en conversación con el siglo XXI

En otoño se cumplirán cinco siglos de la creación, en 1513, de 'El príncipe', el primer tratado político moderno

ELENA HEVIA
BARCELONA

En una de las más famosas cartas de la literatura italiana, Nicolás Maquiavelo explica a su amigo Francesco Vettori los pormenores de su austera existencia. Se encuentra exiliado, obligado a permanecer alejado de la política, a pocos kilómetros de Florencia, entonces centro del poder de los Médici tras la caída de la República. Su vida transcurre vendiendo madera, jugando a las cartas -y ojo al dato, haciendo trampas- con los campesinos. Pero en las noches de ese año de 1513 se opera una transformación, el político se quita de encima la ropa cubierta de lodo y lamparones del día y se recubre de ropajes curiales para escribir un opúsculo de apenas 30.000 palabras que todavía hoy, 500 años después, es capaz de conversar con los hombres del siglo XXI y aportar nuevos argumentos. No en vano, El príncipe, redactado en un único aliento entre finales de agosto y noviembre, es el primer tratado de política moderna, tal y como la entendemos hoy.

Pero todos los que conocen el significado del adjetivo maquiavélico, que puede traducirse por taimado y cínico, quizá ignoren que adentrarse en la lectura de aquel manual sobre cómo se alcanza el poder y cómo se mantiene es también entrar en un texto tan abierto y rico como cargado de ambigüedades. Y en el que, además, todo el mundo puede reconocerse. Eloy García, catedrático de Derecho Institucional de la Universidad de Vigo, director de la colección de ensayos de la editorial Tecnos, donde ha aparecido una muy completa edición del libro, asegura que existe un «príncipe para los economistas, un príncipe para los banqueros, un príncipe para los políticos y un príncipe para los periodistas». Se podría añadir que también para los mafiosos, porque El príncipe, o por lo menos su versión digest en internet, fue una de las infructuosas lecturas del televisivo Toni Soprano, que no comprendió las sutilezas de la obra y lo abandonó por aburrido.

El príncipe -libro en el que, por cierto, no hay que buscar la famosa y reduccionista frase «El fin justifica los medios», porque no aparece exactamente así- es como un mapa de nubes donde cada uno ve lo que quiere ver. ¿Un manual para tiranos? Eso se atiene a la concepción popular que irrita a los académicos. Pero sí, es cierto que Napoleón lo admiraba realmente, aunque sus supuestos comentarios sean hoy considerados apócrifos. Y que en el siglo XX haya sido el libro de cabecera de dictadores fascistas como Mussolini, quien en un acto de calculada (¿maquiavélica?) soberbia redactó un prólogo a la obra (idea que muchos años después copió Berlusconi, quizá por aquello de que la historia suele repetirse en forma de farsa).

También ha sido reivindicado por los marxistas como modelo revolucionario y no hay más que leer el fundamental ensayo de Antonio Gramsci que años más tarde sirvió a Jordi Solé Tura, uno de los grandes maquiavelistas catalanes, para la penúltima reformulación de su obra.

El círculo se cierra, no sin sorpresa, con las más modernas concepciones sobre el pensador político en las universidades anglosajonas donde consideran que abrió el camino a los derechos individuales y a la moderna democracia. Quizá por esa razón, en uno de sus discursos más famosos, John Fitzgerald Kennedy pudo recordar sin excusarse las palabras que Maquiavelo dirigió a su hijo Aquiles: «Estudia, aprende, esfuérzate, porque si tú te ayudas alguien te ayudará». No parece haber nada maquiavélico en ese consejo.

FRENTE AL CAMBIO / Maquiavelo escribió los 26 capítulos de la obra en un momento de cambio de paradigma histórico. El hombre europeo dejaba atrás la oscuridad medieval y se enfrentaba al dominio de la nueva técnica renacentista, la de Leonardo, su contemporáneo. «La modernidad

-explica Eloy García- es la convicción de que el hombre puede construir el mundo, pero también debe saber explicarlo. Y eso es lo que hacen humanistas como Maquiavelo, ver qué puede salvarse de lo viejo y cómo actuar frente a lo nuevo. La nueva actitud frente a lo nuevo es el principal tema de El príncipe».

Si bien no escribió «El fin justifica los medios» sí aseguró que es «mejor ser temido que ser amado, si no se puede ser las dos cosas» y perlas como «Y quien se convierte en señor de una ciudad acostumbrada a vivir libre y no la deshace, que espere a ser deshecho por ella». No es extraño que le persiga la consideración de no tener ética. ¿Sin ética? Lo que sí es Maquiavelo es un moderno hombre sin Dios. «Es inevitable que cada generación haga su lectura, pero hay que analizarlo en su contexto, que es como está siendo interpretado en los últimos tiempos -asegura García recordando a John G. Pocock, de la escuela de Cambridge-. Cuando él escribió, la fortuna había sustituido a la providencia, lo que hace que cada circunstancia deba generar su propia moral. El barquero que conoce bien el río sabe en qué aprietos debe enfrentarse y cómo sortearlos. Esto es lo que propone Maquiavelo».

ENCUENTROS Y CONGRESOS / ¿Puede servir Maquiavelo para interpretar este momento de crisis y transformación? Posiblemente sea este uno de los temas para los congresos internacionales que durante este año se están celebrando. En España, junto a recientes novedades editoriales, se ultima la edición de su Escritos de gobierno y el Centro de Estudios Constitucionales prepara una serie de actividades para este otoño.

Eloy García aventura un paralelismo entre el cinquecento y este primerizo siglo XXI: «Caído el muro de Berlín, se está redescubriendo la idea republicana frente a las ideologías de izquierda y derecha. La revolución tecnológica, como lo hizo en tiempos de Maquiavelo, ha roto nuestros parámetros. Hemos visto cómo el derecho ha sido incapaz de contener el mundo financiero y ofrecer garantías. La guerra ya no es la guerra. La informática ha cambiado la relación tiempo y espacio, como sucedió en el siglo XIII para los europeos. Este es un cambio radical, todo se ha quedado viejo y mientras tanto El príncipe sigue siendo un texto fresco».

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