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La nueva visita de un icono del pop

Madonna reina en el Sant Jordi

La cantante ofreció un dinámico 'show' con numerosos gags provocativos

JORDI BIANCIOTTO

Madonna hizo anoche de Madonna, anoche en el Palau Sant Jordi, hasta las últimas consecuencias, hasta la frontera misma de la autocitación honorífica. La estrella neoyorquina debe de haber considerado que este no es el mejor momento para movimientos arriesgados, y el show del MDNA tour se asentó en su imaginario secular: alusiones sexuales non stop, guiños fashion ambiguos, escenas de sangre y fuego, y la religión como telón de fondo y clímax redendor a golpe de Like a prayer.

Aunque el repertorio del primero de sus dos conciertos en Barcelona se basó en su producción reciente y solo fue salpicado por algunos hits clásicos, en el fondo el show tuvo algo de grandes éxitos, pero más escénicos que musicales. Porque ver a Madonna entre cruces, altares y monjes musculosos, o desfilando con modelos que insinúan simpatías sadomaso, no es una novedad, y evoca en el espectador otras escenas protagonizadas por la artista en el pasado (vídeoclips, giras); momentos icónicos de la cultura pop. Madonna los explotó anoche a conciencia en un show de ritmo ágil, con coreografías vistosas y un escenario que tan pronto tenía un aspecto catedralicio como se transformaba en una pasarela de moda o un templo de gospel.

BOTAFUMEIRO BAUTISMAL / Las alusiones a la religión se manifestaron desde el inicio del show, que se produjo con 45 minutos de retraso, cuando un enorme botafumeiro se balanceó sobre el escenario, agitado por seis monjes (según la ortodoxia compostelana, deberían haber sido ocho) que poco después se transformaron en fornidos bailarines. La estrella apareció del interior de un confesionario que descendió desde las alturas movido por un mecanismo hidráulico; todo ello muy natural.

El escenario tenía aspecto de catedral gótica, aunque los monjes delanteros estaban tocados por gorros de la más rabiosa moda lama. La escena dio paso a la primera canción, Girl gone wild, del nuevo disco.

El efecto sorpresa en los conciertos, actualmente, ya no es lo que era: los fans han podido ver desde hace días en Youtube los cambios escenográficos y la evolución del show a través de las grabaciones disponibles de la noche inaugural de Tel Aviv y otras. Pero aquel impacto de folio en blanco de otros tiempos ha sido sustituido por el efecto guía turística: el espectador va al concierto a comprobar que las imágenes que ha visto antes en la red son ciertas. A ver la versión original, la torre Eiffel del pop a tamaño real. Madonna, convertida en monumento.

Un icono en rotación y de formas cambiantes, que en el Sant Jordi fue aquí relieve pop-art, allá efigie judeocristiana. En Revolver y Gang bang, el escenario derivó en plató de escena de cine negro, bañado en sangre cuando Madonna se dedicó a disparar, uno por uno, a seis bailarines. Un gran crucifijo daba cobertura espiritual al gag. Ese bloque condujo a una breve versión del hit Papa don't preach, Hung up (con su guiño a Abba a ritmo discotequero) y I don't give A. En esta, Madonna correteó con una guitarra eléctrica colgada.

OPA A LADY GAGA / Uno de los momentos más simpáticos fue cuando le dio un bofetón (figurado) a Lady Gaga al comparar el éxito de esta última, Born this way, con su clásico Express yourself, y rematar la jugada con unas estrofas de She's not me. Mala uva cósmica en el Sant Jordi. Ahí, Madonna apareció convertida en tierna majorette, secundada en Give me all your luvin`por un batallón de aerotamborileros que, sin inmutarse, tocó suspendido en la cúpula del Sant Jordi.

La fiesta siguió con Turn up the radio y un Open your heart con acentos folk suministrados por el trío vascofrancés de voces y percusiones Kalakan. A su término, Madonna se dirigió por fin al público. «Supongo que, después de todos estos años ya sabéis mi nombre, ¿no?», preguntó. «MDNA», se respondió antes de lanzar un mensaje de fraternidad humanista. «Somos un único mundo, no importa el color, no importa la preferencia sexual. Un alma unida», aseguró en inglés, antes de pasarse fugazmente al castellano. «¿Comprende? ¿Comprende mucho

Tras una cita a Justify me love vía pantalla de vídeo (asombra recordar que esa canción la compuso el hoy poco cool Lenny Kravitz) llegó uno de los momentos más álgidos de la noche con Vogue, sostenida sobre un ritmo house universal y con su desfile de mitos evocado en el texto y en la pantalla: Marlon Brando, Grace Kelly, Jimmy Dean... Desfile de modelos de Jean Paul Gaultier y confusión de roles sexuales. Secuencia mantenida con Candy shop, en una versión más suave y libidinosa que en el disco Hard candy. Momentos voluptuosos realzados con Human nature, cuyo guión de gira incluye un amago de striptease. Anoche no mostró ningún pecho, como hizo en Estambul, pero si el tanga, como en Roma. Y el mensaje de «no fear» (sin miedo) escrito en mayúsculas en la espalda.

Like a virgin sonó en versión vals minimal, antes del festín final. Tras el exhibicionismo y el pecado, la redención. I'm addicted y I'm a sinner fueron el mea culpa irremediable, y condujeron a la súplica mística de Like a prayer, con túnica y coro gospel, y al colofón de Celebration. Sin culpa ni remordimientos. El pop no suele tenerlos, y Madonna, menos

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